Opinión

El ruido necesario de una orquesta vacía

Por Aníbal Páez

Muégano nos trae una nueva versión de su Karaoke que ya desde su primera presentación en septiembre de dos mil nueve, nos invitaba al nacimiento de un nuevo modelo estético por lo menos para Guayaquil -ciudad signada en sus procederes, es decir en su cultura, o sea en su teatro, por una marquesina supuestamente indeleble cargada de representaciones (no me refiero sólo al teatro) donde la chabacanería y el histrionismo de sus habitantes se han erigido desde los discursos del poder y del arte que lo aúpa, en símbolos patrios de su “identidad”, recurrente palabra que es utilizada para describirnos a los guayaquileños, en general, como gente imposibilitada de relacionarse desde el respeto por el otro y sobre todo, por sí mismo.

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