Mamdani, el alcalde que Trump ayudó a elegir

NEW YORK (United States), 27/10/2025.- Democratic nominee for the mayor of New York City Zohran Mamdani speaks during the 'New York Is Not For Sale' rally at Forest Hills Stadium in the Queens borough of New York, New York, USA, 26 October 2025. The event, hosted by Democratic frontrunner in the New York City mayoral race Zohran Mamdani, will feature Senator Bernie Sanders and US Representative Alexandria Ocasio-Cortez, ahead of Election Day for New York City mayor on 04 November. (Alejandría, Nueva York) EFE/EPA/SARAH YENESEL

René Betancourt

Guayaquil, Ecuador

Donald Trump se está convirtiendo en el mejor jefe de campaña de sus propios adversarios. Cada insulto, cada arrebato, cada “yo primero” es combustible para el fuego que dice querer apagar. Su estilo confrontacional, su retórica provocadora y su visión binaria de “nosotros contra ellos” están logrando lo que los demócratas no consiguieron en años: devolverle al progresismo una causa, un enemigo y, sobre todo, un público que vuelve a salir a las calles.

El ejemplo más claro tiene nombre y acento: Zohran Mamdani, nuevo alcalde de Nueva York. Un socialista sin miedo a decirlo, hijo de inmigrantes, musulmán y orgulloso de ser todo eso que el trumpismo suele usar como insulto. En otro tiempo habría sido un candidato testimonial, destinado a perder con dignidad. Pero el clima de furia y fanatismo que Trump sembró dio oxígeno a quienes estaban cansados de la arrogancia del poder. Mamdani no necesitó atacarlo; le bastó con encarnar lo contrario.

Su elección fue una bofetada dialéctica al discurso del odio. Mamdani no pidió permiso para existir. En un país atravesado por la islamofobia y el nacionalismo, hizo de su identidad una bandera. En su discurso de victoria lo dijo sin rodeos: “Soy musulmán. Soy socialista. Y no voy a disculparme por serlo.” En tiempos en que los ataques contra inmigrantes se multiplican, un alcalde musulmán recordó que Nueva York sigue siendo “una ciudad construida por inmigrantes, impulsada por inmigrantes y, desde esta noche, liderada por un inmigrante.”

En una sociedad donde la diversidad todavía se confunde con amenaza, su triunfo fue una herejía política. Lo logró sin padrinos, sin millones en publicidad, con un ejército de jóvenes que organizó mítines, videos, memes y hasta un rave para recaudar fondos. No prometió el paraíso americano, solo dignidad. Y con eso arrasó: obtuvo el 62% del voto joven y provocó la mayor participación juvenil en dos décadas.

Esa autenticidad fue su mayor fortaleza. Mamdani habló un idioma que la política tradicional olvidó: el de la gente común. No prometió milagros, ofreció coherencia. En una era de cinismo, su voz sonó como una anomalía necesaria.

Pero su victoria trasciende lo local. El fenómeno Mamdani revela cómo la figura de Trump reconfigura el tablero político global. Cuanto más divide, más cohesiona a quienes lo rechazan. Su política del enfrentamiento no destruye a sus adversarios, los alimenta. Les ofrece un enemigo visible, una narrativa de resistencia y un sentido de propósito.

En Canadá y Australia ocurrió algo similar: bastó una provocación de Trump para despertar un voto de dignidad nacional y revertir los pronósticos. En Canadá, su desprecio por el multilateralismo y su ataque comercial a Trudeau encendieron una oleada de patriotismo liberal que consolidó al gobierno en las urnas. En Australia, sus comentarios despectivos sobre el “liderazgo débil” de Canberra provocaron el efecto contrario: una campaña que reivindicó la autonomía frente al manoseo extranjero y fortaleció a los laboristas. En ambos casos, Trump jugó sin proponérselo el papel de antagonista perfecto. Su arrogancia exterior funcionó como pegamento interno.

En Estados Unidos, sus excesos están dando oxígeno a una nueva generación política. Mamdani es su símbolo más reciente, pero no el único. En Nueva Jersey y Virginia, las demócratas Mikie Sherrill y Abigail Spanberger ganaron gobernaciones en 2025 en contextos donde la retórica del presidente dominó el debate. En esos casos, Trump actuó más como un catalizador involuntario de las causas que combate que como un actor directo.

Trump se ha convertido en un espejo deformante: al exagerar los rasgos del poder, ha permitido que muchos votantes redescubran el valor de la participación política. Su retórica del miedo despierta respuestas cívicas; su desprecio por el pluralismo impulsa movimientos que lo reivindican. En su intento de dividir el mundo entre amigos y enemigos, está forjando, sin quererlo, una generación de adversarios con una claridad moral que su propio entorno perdió.

Mamdani entendió ese momento antes que nadie. Su victoria no se explica solo por la demografía o la indignación social, sino por haber capturado el espíritu de una época que ya no teme confrontar al poder. “Cuando el poder de la gente supera la influencia de los poderosos, no hay crisis que el gobierno no pueda enfrentar”, dijo en su último mitin.

Quizás otros candidatos aprendan la lección y usen estrategias similares: convertir la furia de Trump en su música de campaña. Porque vencerlo es encarnar todo lo que él no puede ser: empatía frente a su ego, serenidad frente a su furia, decencia frente a su espectáculo.  Si el presidente sigue gritando desde el podio, seguirá fabricando enemigos a la medida de su ego. No los une un programa, los une su ruido. Y en tiempos así, nada hace más por la oposición que Trump mismo.

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