Guayaquil, Ecuador
Desde niño siempre tuve muy en mi interior el anhelo de ser una de aquellas personas que escriben en un diario. Deseaba poder observar una columna de opinión y en una esquinita la imagen de mi rostro. Quería formar parte de aquel grupo privilegiado de personas que pueden con su opinión ir dando forma a aquello que llaman “opinión pública”. Sin duda es un honor, un privilegio y una responsabilidad.
¿Pero cuál era la motivación de fondo? ¿Para qué debía servir el privilegio de escribir? Creo que eso lo descubrí algo más tarde. Un buen día llegado a cierta edad, probablemente a mis 17 o 18 años, entendí que la gente de bien, debía hacer algo para mejorar el mundo en el que vive. Qué todo buen ser humano, debía intentarlo de manera humilde y sincera. Parafraseando a Edmund Burke, “si los buenos no hacíamos algo, el mal triunfaría”. A partir de ahí, ya contábamos con la razón que motivaría, de hecho, gran parte de lo que hago en mi vida.
Ahora bien, ¿Cómo cambiar o mejorar al mundo? No es una pregunta menor. Algo más adelante, descubrí que más allá de la intención sana y honesta (condición necesaria, pero no suficiente), había “una forma de lograrlo”, que, en pocas palabras, mejorar las cosas, era posible.
Descubrí un mundo de ideas que, de ponerse en práctica, podían mejorar las condiciones de vida de quienes viven en mi país y —aún más curioso— podían mejorar las condiciones de vida en cualquier país. Una vez encontrado el cómo lograrlo, solo quedaba un camino: ponerlo en práctica.
Descubrí que, como sostenía Carlos Alberto Montaner, las naciones más prósperas del mundo tenían ciertos elementos comunes, que la condición natural del hombre era la de extrema pobreza. Que todo lo que habíamos logrado hasta ahora, había sido creado por nosotros. Qué esta condición (la de pobreza), se podía abandonar y que podíamos llegar muy lejos, si tomábamos el camino que las naciones más prósperas habían tomado décadas atrás.
Descubrí qué, tomando como referencia la experiencia humana, podíamos explicar y promover, para luego aplicar, un conjunto de lecciones que nos ha dejado nuestra propia experiencia, la historia humana.
Lo que descubrí es que lo que permite al hombre y a las sociedades alcanzar la prosperidad es la libertad: libertad para escoger, emprender, comerciar, innovar, elegir a tu pareja, construir tu propio futuro y hacer lo que desees, con la única restricción de no violar los derechos de los demás. Libertad para elegir quién gobierna, pero, más importante aún, libertad para vivir la vida que cada uno considere conveniente.
En lo económico, sucedía así: Lo que diferencia a las sociedades más exitosas es que éstas poseen mercados libres totalmente integrados al mundo. Mientras que, en lo político, se puede elegir a quien gobierna. A lo primero se le conoce como libertad económica, a lo segundo como libertad política.
Tal vez muchos puedan estar de acuerdo con lo que acabo de sostener, pero permítanme indicar que no es solo una opinión. La evidencia científica nos muestra una y otra vez, que las naciones más libres del mundo son precisamente las más prósperas. Hasta aquí todo bien, pero ¿cuál es la otra cara de la moneda de aquello que acabo de enunciar? La historia también nos dice algo al respecto.
La creencia equívoca de que se puede diseñar, trazar y planificar la economía y la vida de las personas desde el estado, no es solo una creencia tremendamente errónea, sino que también conduce a las más terribles experiencias de la historia humana.
Todas las formas de colectivismo —entendidas como planificación desde arriba por grupos que se creen superiores y suponen saber mejor que tú lo que necesitas— han conducido, históricamente, a la pobreza extrema y al totalitarismo.
Las variantes del colectivismo (hijos todos de la misma puta) son el socialismo, el comunismo, el fascismo y el nacional socialismo. Todas formas inequívocas de ingeniería social. Creencia que tiene su origen en el siglo XVIII y XIX cuando por una especie de optimismo ingenuo, se llegó a creer que se podía planificar y diseñar la vida del hombre, así como erradicar todo lo malo que existe sin que medie nada más que la intención para hacerlo. Se llegó a creer que era posible traer el cielo al mundo terrenal. Su resultado, el infierno en la tierra. De ahí, innumerables conflictos, guerras y genocidios.
A la libertad económica, se han opuesto todas las formas de colectivismo mencionadas, por tanto, siempre han sido empobrecedoras. En América latina gozamos de una precaria libertad política, salvo por Nicaragua, Cuba y Venezuela, países atacados por el virus carnívoro del socialismo. A esta libertad hay que agregarle la adecuada división de poderes, el imperio de la ley y los límites necesarios al poder. Pero sin duda, lo que más necesitamos es libertad económica, aquella libertad que ha sido atacada de manera sistemática por las ideas de izquierda, e incluso de forma aún más perversa por los estados.
Ahora bien, ¿qué nos queda por hacer? Promover la libertad en todas sus formas, para que podamos vivir en una sociedad más libre y próspera. Porque es en este tipo de sociedades donde se han resuelto, o se han podido resolver, la mayor parte de los problemas que enfrentan a diario todos los ecuatorianos.

Hasta aquí lo que quería compartir en esta columna especial. Sin más por el momento, les deseo un feliz, próspero y libre año 2026.
Seguimos conversando.
