¡Hasta cuándo la eterna ruralidad!

Combo de fotografías de Keiko Fujimori (i) y Roberto Sánchez (d), candidatos a la presidencia del Perú. EFE/ Paolo Aguilar/ Renato Pajuelo

Emilio H. Morocho Abad

Guayaquil, Ecuador

El Perú y sus elecciones quizá —o de seguro— sea un tema que a muchos poco nos importe. Pero, si nos detenemos un segundo a mirar con atención, notaremos que tal vez sí haya algo que nos interese; porque el hecho de tenerlos tan cerca nos hace semejantes en comportamientos, expresiones y ciertas costumbres —unas más que otras—, pero sobre todo, en realidades.

Los resultados electorales de primera vuelta, aquellos que podemos denominar como una remontada histórica, han despertado gran interés entre quienes consumimos material político internacional. ¿Por qué? Porque vimos cómo un candidato de aquella izquierda relegada del poder, que ganó sorpresivamente las últimas elecciones, logró colarse en la segunda vuelta, dejando atrás a un candidato como López Aliaga, quien parecía ser el contendor definitivo de Keiko Fujimori.

Pero detengámonos un minuto. ¿Quién fue ese “loco pueblo” que le dio la mayoría al izquierdista para meterlo en segunda vuelta? La respuesta sonará poco derechista de mi parte, pero está sumergida en la realidad: el pueblo olvidado de la sierra peruana.

Sí, aquellas personas de las comunidades y nacionalidades indígenas; la ruralidad de la sierra; aquellos sectores donde la modernidad todavía parece algo de otro continente. Esa gente fue la que lo llevó a la segunda vuelta.

Entonces, ¿podemos entender que ellos son de izquierda? No, no podemos entenderlo así de simple. Aquí hay algo mucho más crudo: el candidato de izquierda les dio la dádiva que el de derecha no les dio: incluirlos en su plan de gobierno.

Porque se puede visitar cualquier pueblo, disfrutar de sus maravillas naturales, gozar de sus encantos típicos y milenarios; pero, si solo vamos, disfrutamos y observamos por encima, ¿a qué vamos realmente?

Y aun así, después de disfrutar de esos encantos, la gente de la ciudad —especialmente de Lima— salió a decir frases como “indios tontos”. Y permítanme decirles que les estoy mintiendo, porque eso no dijeron; esa es apenas la versión más educada de los calificativos que utilizaron contra quienes solo querían ser incluidos, contra quienes solo querían ser escuchados.

Sonará vano, pero me inspiré a escribir este artículo cuando vi esos comentarios y, acto seguido, una publicación que decía: “Disfrutas de sus pueblitos mágicos, pero cuando hay elecciones pides que no se les dé derecho al voto”. Qué profundo. Qué interesante. Qué real.

Pedimos que no les den el derecho al voto porque no nos resulta cómodo saber que el presupuesto del Estado se destine a una localidad alejada, beneficiando enormemente a mil personas. Pero esperen un momento, ¿acaso no es eso mismo lo que ocurre cuando arreglan una calle en el sector más caro de Guayaquil? Exacto. La verdad y la razón de la obra pública no deben impulsarse desde la subjetividad, sino desde la objetividad.

Entender que el agua potable, las escuelas públicas, las calles, las casas de cemento y no de caña, la seguridad y la atención médica no deben ser privilegio exclusivo de la gran ciudad o de quienes ya viven en sectores consolidados, sino también derechos de los recintos, las localidades, las comunas, las tribus y los grupos más pequeños donde exista vida humana.

Excluirlos solo genera una cosa: que quienes buscan dañar al país tomen provecho de su abandono. Porque nosotros —la derecha y los defensores del mundo libre— muchas veces olvidamos que todavía falta justicia. Que no es posible que existan pueblos condenados a vivir la eterna ruralidad; condenados a permanecer en las mismas condiciones durante los últimos cincuenta años. Lugares donde la educación digital no es una prioridad porque todavía se lucha por algo más básico: educación digna. Donde no se piden laboratorios de computación porque la necesidad urgente sigue siendo un salón de clases con suelo y techo.

Antes de insultarlos, sentémonos a pensar en sus necesidades. Dejemos a un lado el privilegio citadino y entendamos el porqué del voto indígena. Porque, si vamos a disfrutar de sus maravillosos pueblitos mágicos, primero debemos entender que quienes los habitan tienen los mismos derechos que nosotros.

Este artículo no es un llamado a votar por la izquierda, ni mucho menos. Es un llamado a la derecha a no olvidar que, si van a gobernar, lo harán por todos; no solo por las ciudades ni por sus barrios altos, sino por todos.

Es un llamado de justicia. Y también un llamado de atención para quienes insultan, porque denigrar a un pueblo olvidado que únicamente busca lo mínimo demuestra que el verdadero problema no está en quien reclama dignidad, sino en quien cree que esa dignidad sobra.

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