Guayaquil, Ecuador
Remontemonos a la historia y observemos el común denominador de aquellos regímenes que terminaron consumidos por el poder. ¿El socialismo? No necesariamente, porque también han existido dictadores de derecha. ¿Las juntas militares? Tampoco, ya que muchos —especialmente en la actualidad— llegaron al poder por la vía electoral. Entonces, ¿cuál es ese factor común? El desprecio por la libertad.
Y decirlo no debe ser minimizado, porque esta palabra significa mucho más que un simple concepto político; en ella se encuentra, quizás, la cura para muchos de los males que hoy padecen varios países de Iberoamérica.
¿Por qué el tirano desprecia la libertad? Algunos dirán que la respuesta es sencilla, pero en realidad requiere un análisis más profundo. La mayor expresión de libertad se encuentra en la posibilidad de expresarnos, de manifestar nuestras ideas y de decir, a viva voz, si estamos a favor o en contra de determinada administración, sea local o nacional.
Sin embargo, la libertad de expresión no es la única libertad a la que los tiranos le temen. También existe una profunda aversión hacia la libertad de decisión. A lo largo de la historia, los regímenes autoritarios han entendido que controlar las elecciones y limitar la capacidad de los ciudadanos para escoger libremente es una de las formas más efectivas de mantenerse en el poder.
Por eso, cuando el gobernante empieza a extender sus manos sobre el sistema electoral y sobre las instituciones encargadas de garantizarlo, deja de tratarse de una simple disputa política y comienza a convertirse en una amenaza estructural para la democracia y la libertad misma.
Tenemos entonces libertad de expresión y libertad de decisión. Parecería suficiente para frenar a quienes buscan perpetuarse en el poder o gobernar como si se tratara de monarcas medievales. Pero existe un tercer elemento indispensable: la independencia de las instituciones.
Cuando el tráfico de influencias, la impunidad y el descaro se apoderan de las instituciones del Estado, es señal de que la alergia a la libertad ha alcanzado su punto más alto. Y entonces revertir el daño deja de depender únicamente de tener buenos candidatos, porque incluso estos podrían ser apartados del camino mediante decisiones revestidas de aparente legalidad.
En ese escenario, el primer objetivo del autoritario suele ser el Legislativo. La casa de la democracia, la institución que históricamente representa al pueblo, pasa a convertirse en una herramienta para construir obediencia. Porque un dictador necesita un parlamento que no legisla, sino que simplemente alce la mano; una Cámara que no debate, sino que secunde lo ordenado por el poder; un Congreso donde el peso de la ley sea de toneladas contra los detractores y de pluma contra los propios.
La cura frente a todo esto sigue siendo la libertad. Porque la solución no yace en el encierro, sino en caminar; no se encuentra en callar, sino en escuchar incluso a quienes piensan distinto; no está en debilitar el juego democrático, sino en respetar y aprender la lección que representa la derrota. Está, en definitiva, en respetar el mandato popular.
Lo que hoy ocurre en Bolivia es una muestra de lo que sucede cuando un líder abandona el poder después de haber construido un aparato político profundamente dependiente de su figura. Un aparato que, incluso tras su salida, continúa condicionando la institucionalidad y dificultando que se respete plenamente el mandato otorgado por el pueblo en las urnas.
Porque en democracia no solo debe respetarse el resultado electoral, sino también la posibilidad de que el proyecto elegido por la ciudadanía pueda realizarse sin presiones ni desestabilización permanente.

Este artículo nace desde el respeto al pueblo boliviano y como un llamado a defender la libertad en toda Iberoamérica. Porque, en palabras del presidente John F. Kennedy: “La libertad se enfrenta a muchas dificultades y la democracia no es perfecta, pero nunca hemos tenido que levantar un muro para encerrar a nuestro pueblo, para impedir que la gente se vaya”.
