Quito, Ecuador
A pocos días de haber celebrado el Día de la Madre, vale la pena detenernos -aunque sea un instante- para comprender la verdadera dimensión de lo que celebramos.
La maternidad suele reducirse al hecho de dar vida. Sin embargo, su esencia es mucho más profunda: no está únicamente en engendrar, sino en la capacidad de sostener la vida de otra persona, de acompañar su fragilidad, de cuidar su crecimiento y, con el tiempo, aprender también a dejarlo ir.
Ese vínculo temprano no solo garantiza la supervivencia sino que empieza a construir la manera en que un ser humano se relacionará consigo mismo y con su entorno. Gran parte de lo que somos ha sido moldeado por ese vínculo con nuestra madre. Nuestra manera de amar, de confiar, de relacionarnos con el mundo lleva la huella de ese cuidado inicial de nuestras madres.
El trabajo de una madre -muchas veces silencioso e invisible- es esencial; no sólo cría hijos: forma personas.
Una frase popular -a menudo atribuida a Victor Hugo, aunque sin fuente comprobada- dice: “Una madre es alguien que puede tomar el lugar de todos, pero cuyo lugar nadie más puede tomar”.
Más allá de su autoría, la idea encierra una verdad profunda. Es fácil ver que cuando ese vínculo falta -sobretodo en la infancia- no se trata solo de una ausencia física, sino de una marca que puede acompañar toda la vida. Por eso en esta fecha, también merecen reconocimiento quienes han tenido que maternar sin ser madres: padres, abuelos, hermanos, tíos, o cualquier persona que haya asumido ese rol de cuidado, presencia y sostén.
Pero precisamente por la importancia de ese vínculo, es urgente mirar nuestra realidad. Hoy, millones de niños crecen atravesados por distintas formas de separación de sus madres. Algunas responden a circunstancias dolorosas e inevitables, como la migración forzada o contextos de vulnerabilidad.
Otras, en cambio, se han ido instalando como prácticas socialmente aceptadas como las jornadas laborales extendidas, la maternidad subrogada o la hiperconectividad. No todas estas situaciones son equivalentes ni responden a las mismas decisiones o contextos. Pero incluso reconociendo sus diferencias, comparten un riesgo común: debilitar un vínculo que no es accesorio sino fundamental para el desarrollo emocional y psicológico de una persona.
Poco a poco, hemos empezado a normalizar estas rupturas. A veces por necesidad, otras por comodidad, y muchas veces sin dimensionar sus consecuencias. Pero si de algo podemos estar seguros es que el vínculo materno-filial no se rompe sin dejar consecuencias. Lo que está en juego no es únicamente una relación privada, es la forma en que se construyen las personas y, en consecuencia, la sociedad entera.
Una cultura que relativiza ese primer vínculo corre el riesgo de debilitar sus propios cimientos. No podemos seguir tratando esta realidad como si fuera inevitable o de poca importancia. Detrás de cada separación hay una historia concreta, pero también hay decisiones sociales, políticas y culturales que la permiten, la justifican o la invisibilizan. Y ahí es donde todos tenemos responsabilidad.
Defender el vínculo entre madre e hijo es una tarea urgente. Implica exigir condiciones laborales que permitan maternar sin ausencia forzada, cuestionar prácticas que convierten la vida de un niño en un objeto de intercambio, acompañar a las madres que están solas, y, sobre todo, dejar de normalizar la idea de que ese lazo puede romperse sin consecuencias profundas.
Porque no se trata solo de proteger a las madres. Se trata de proteger a los hijos. Y, en última instancia, proteger la sociedad que estamos construyendo.
Que este Día de la Madre no se haya quedado en flores ni en palabras bonitas. Que no solo haya sido un homenaje simbólico. Que nos incomode, que nos movilice, que nos obligue a mirar de frente lo que estamos permitiendo.

Que cada decisión -personal, social y política- se incline a favor de proteger con todos los medios que tengamos a nuestro alcance, ese primer vínculo que nos enseña a ser humanos. Que cada vez haya menos niños sin madres, ni madres que deban renunciar a sus hijos.
- María de Lourdes Maldonado es parte del colectivo Dignidad y Derecho.
