Bernardo Tobar Carrión
Quito, Ecuador
La búsqueda de la perfección, en apariencia loable, no deja de ser una necedad, como pasarse golpeando una puerta que jamás se abrirá. Es una tentación que deja a muchos con sus proyectos en el tintero, pues prefieren no hacerlos a permitirse ejecutorias por debajo de su intolerancia al error. Así, la búsqueda de la perfección luce excusa decente, casi una justificación virtuosa de la parálisis, cuando no es más que inútil fuente de frustración crónica, causa de estreñimiento intelectual, porque la perfección no existe por definición: ¿qué es perfecto, bajo qué vara de medida? ¿Lo eran las mujeres un tanto rollizas y generosas de pliegues que Rubens inmortalizó como las Tres Gracias o la Maja desnuda de Goya, o lo son más bien las modelos esqueléticas con cara de muerto viviente que desfilan en las pasarelas en nuestros días? El exitosísimo Botero resolvió el dilema –su dilema- inventando una descomunal vara de medida.
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