El tuerto y los ciegos
Buenos Aires, Argentina
Habrá que hacerse el ciego, quizá pensaría Saramago, cuando uno conserva la vista pero son los demás los que no pueden ver ni siquiera la mano que les ponen delante. O, tal vez, podría más bien ocurrir que la persona que funge de ciega deba hacerlo, no tanto por un deber como porque sólo así podrá guiar a los que verdaderamente padecen la ceguera. Sin embargo, ¿no ocurre que hay mucha gente de ojos abiertos señalando con el índice estirado lo que cómplicemente no todos quieren ver?
