Ecuador. Martes 27 de septiembre de 2016
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Mariana Andrade: “Una Secretaría de Cultura se mide por su nivel de influencia”

Mariana Andrade, gestora cultural. Foto de Archivo.

Quito.- Mariana Andrade es gestora cultural desde hace más de treinta años. Encuentra rastros de Cultura  en todas las actividades de la vida diaria, por lo tanto entiende a la cultura más allá del entretenimiento. Fue Secretaria de Cultura durante los primeros ocho meses de la gestión de Mauricio Rodas. Actualmente continúa al frente de las salas de cine Ochoymedio.

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Ante la necesidad de reflexionar sobre la Cultura en los tiempos actuales, ante la necesidad de aprobar una Ley de Cultura y de que el país (y la ciudad) tengan claras las políticas públicas que tendrán en este sector, Mariana Andrade conversó con este portal sobre lo que para ella es cultura y sobre cómo fue su paso por la Secretaría de Cultura de la Alcaldía.

– ¿Cómo ha cambiado la cultura en la ciudad desde que usted es gestora?

– Siempre ha existido la gestión cultural y los gestores hemos ido cambiando de acuerdo a la época que nos ha tocado vivir. Algunos hemos ido madurando, otros han caído en el camino, otros hemos persistido y continuado hasta ahora, pero siempre hemos estado batallando por el reconocimiento de nuestros derechos y demandando políticas públicas. Lo que ha ido cambiando es la forma en la que el Estado ha ido tratando a la Cultura. En la década de los 80 y 90, la Cultura en la ciudad de Quito y en el país, se movía fundamentalmente desde las iniciativas independientes que fueron dinamizadores de movimientos culturales importantísimos, creados por gestores culturales nacidos desde el territorio mismo. Existía en esa época una Dirección Cultural que estaba adscrita al Banco Central del Ecuador y que cumplía las veces de una institución dedicada al fomento, pero sus decisiones dependían fundamentalmente de su Director. Se promulgó en esa época, una Ley de Cultura, que creo que casi nadie la conoce, pero que está vigente hasta ahora, es decir, no ha servido para mucho porque nadie la ha necesitado. En la ciudad, existía también la Dirección de Educación Cultura y Deporte del Municipio de Quito, una sola dependencia, donde Cultura se vinculaba fundamentalmente a eventos de tarima y a provisión de equipos, organización de desfiles y comparsas. El Director encargado debía asistir tanto a las juras de la bandera, como a organizar concursos de libros leídos y el desfile de la confraternidad, entre otras cosas de ese tipo. Desde el 2009, se crea ya una Secretaría de Cultura en el mismo Municipio y desde hace 9 años, un Ministerio de Cultura, creado mediante mandato de la Constitución del 2007. La gestión cultural se ha ido moviendo en esos escenarios, enfrentando a estas instancias que no han logrado incidir en la importancia de entender a la Cultura más allá de eventos de entretenimiento. En vez de emitir políticas de larga duración, han cedido a la presión y al deseo de obtener votos fáciles. Han creado por esto, una dependencia de estos fondos en los gestores, que desarrollaron una relación enfermiza con el Estado, pues su creación ha dependido de fondos públicos. Otros gestores se han mantenido en la independencia.

Usted me habla de la Secretaría de Cultura, del Ministerio… ¿eso quiere decir que se institucionaliza la cultura?

– Claro. Soy de una generación que ha peleado por años para que el Estado considere a Cultura como sector estratégico, igual que Salud y Ambiente,  y que promulgue políticas que sean respetadas por todas las instituciones y que funcionen con eficiencia. En los artistas siempre hay el temor de que al institucionalizar la Cultura, pierden su libertad de creación. Pero Cultura no es solo el sector cultura; es decir, los artistas. Institucionalizar la Cultura significa, la responsabilidad del Estado con respecto a la sociedad, pues Cultura está vinculada a desarrollo, por lo tanto atraviesa todas las competencias y espacios por donde transitamos, convivimos y actuamos como sociedad. Al institucionalizar la Cultura, se promueve el fomento, la protección, la creación, la circulación del hecho cultural, del patrimonio y de la memoria.

– ¿Fomento es apoyo o es algo más que solo económico?

– Es una gran pregunta. El fomento tiene que ver con la generación de condiciones favorables para la creación artística y las expresiones culturales, pero se piensa que fomento se vincula solamente con entrega de recursos mediante fondos concursables, auspicios o de manera discrecional. Las asignaciones económicas son solo una parte. Fomento es también inversión. Invertir en obras culturales o infraestructura por ejemplo. Fomento tiene también que ver con protección. Protección para sostener el trabajo de los gestores culturales con el tiempo. Fomento para tener políticas diversas para distintas audiencias.

– ¿Y ahí entran los ciudadanos también?

– Claro. Todo el mundo. Es por eso que yo no estoy de acuerdo con vincular Cultura únicamente con el uso del tiempo libre. Es como decir “vamos a recrearnos un viernes en la noche para hacer cultura” o “culturicémonos un sábado yendo al teatro”. Es decir, tenemos solo tiempo libre luego de las miles de ocupaciones del día, para dedicarnos a la Cultura, cuando es lo contrario. La recreación, el entretenimiento son importantes, pero no pueden ser las únicas líneas de acción de una política cultural en una ciudad. Ese fue un criterio superado ya en las nuevas agendas para Cultura del siglo XXI, donde Cultura ya ocupa el cuarto nivel de desarrollo de una sociedad. Yo plantee en el Seminario “Ciudades, cultura y futuro”  realizado en Buenos Aires en septiembre del 2014, en el contexto previo a la reunión de la Comisión de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos CGLU, cuando era Secretaria en funciones, que Cultura esté en el segundo nivel. Una ciudadanía creativa y cultivada siempre será una ciudadanía capaz de construir su propia historia de mejor manera. Nuestra propuesta esta en este link.

– En una entrevista para El Comercio, dijo que la cultura de una ciudad es lo que la gente quiere y demanda que sea. Entonces quería preguntarle si puede definir de alguna manera a la cultura en Quito.  ¿A qué se refería con eso?

– Tuve la oportunidad de conocer a fondo a Quito cuando fui Secretaria de Cultura y navegué por sus aguas profundas. Para entender a una ciudad hay que hacer eso todos los días,  así como para entender al sector cultural, obligatoriamente hay que pasar por el sector público. La ciudad entiende, por ejemplo, que Cultura son las fiestas de diciembre y las celebraciones. La ciudad también entiende, que Cultura es ir a un museo o al Teatro Sucre. También está la ciudad que entiende por Cultura, las fiestas parroquiales, es decir, las expresiones culturales en territorio. Otra parte de la ciudad, cree que Cultura es el desfile de la confraternidad y las competencias de coches de madera. También están los que creen que Cultura, es el nacimiento en el Panecillo y su novena. Podría seguir enunciando muchos ejemplos. El concepto de Cultura de una ciudad depende mucho de dónde se genera y quien lo enuncia. Quito es una ciudad de ciudades y por eso, existen esta cantidad de definiciones. La Secretaría de Cultura termina anclada en responder y satisfacer cada una de estas demandas y es incapaz de formular política cultural seria a largo plazo por esto mismo. Termina destinando y repartiendo fondos públicos y justificando estas inversiones como actividades culturales que terminan el mismo momento que culmina el evento. Yo creo que la Cultura de una ciudad tiene que ver con generar condiciones favorables para la creación y la expresión cultural, para que esas expresiones sucedan espontáneamente. Así mismo como fomento, inversión, acceso, democratización de los espacios culturales, con respeto y reconocimiento a todos, desde las prácticas ancestrales hasta los movimientos contemporáneos.

– ¿Cree usted que la política de audiencias para eventos culturales de Quito, como la reciente obra de Los Miserables, requiere ser más inclusiva?

– Creo que no es una cuestión de políticas de audiencias más inclusivas, sino de políticas para una diversidad de audiencias. El Teatro Sucre tiene muy definidas las suyas en cada proyecto que hace. Es indudable que este tipo de proyectos, por un lado, fomentan la participación y el crecimiento de elencos artísticos nacionales; producen intercambio de experiencias y saberes con artistas foráneos; incrementan un público que se interesa por este tipo de obras y que puede costear una entrada entre 50USD y 30USD y ubica a la ciudad dentro de escenarios mundiales. Pero por otro lado, sin embargo, es urgente y necesario diferenciar a las audiencias, pues el público no es una masa homogénea. Si en la construcción de estas políticas, se prioriza un evento de esta magnitud, para una audiencia que no rebasa los 2000 beneficiarios, necesariamente algo debe ser revisado, pues es evidente que se está dejando de lado a otros sectores. Los verdaderos “Miserables” no están contemplados en estas audiencias. Los “Miserables” están afuera, son parte de un sector cultural cada vez más pauperizado que trabaja en condiciones precarias, al que las políticas de fomento rara vez lo alcanzan. El presupuesto en Cultura en la ciudad tiene que ser repartido de manera más equitativa en todos los sectores y debe atenderse a más audiencias, que tal vez no conocen ni de cerca la existencia de un Teatro como ese.

Dijo una palabra muy importante, que es democratizar la cultura. Para lograrlo, ¿necesita que exista una relación súper estrecha? ¿O, cómo tiene que ser la relación entre los gestores, los administrativos, los artistas? 

– La relación que hemos tenido los gestores culturales entre nosotros siempre ha sido muy dinámica. Los independientes hemos sido los que hemos forjado el territorio cultural de la ciudad y el país. Los independientes y las iniciativas privadas hemos construido todo lo que ha sido una movida cultural durante décadas. Pero muchos artistas y el Estado se han mantenido unidos por un cordón umbilical enfermizo e irrompible. Las instituciones del estado han funcionado, como siempre dije, como un cajero automático. Hemos sido un sector que actúa como el perro de Pavlov: le das de comer mediante ínfimas cuantías, y vuelve siempre, no cuestiona, ni reclama nada. Desde ahí es difícil construir otro tipo de relación con los administradores de las políticas culturales.

En esta disyuntiva y contexto uno piensa, ¿tiene que existir una Secretaría de Cultura? ¿Es necesaria?. ¿Si la respuesta es que si, para que?. Para organizar buenas Fiestas podría ser una respuesta. Pero si le quitamos las Fiestas y el Verano, ¿qué le queda mas allá de esa relación? ¿Se ha analizado, por ejemplo, la cantidad de fondos que se invierten en estos eventos y en conciertos masivos y cuál ha sido su impacto en la ciudad a futuro? ¿Se ha hecho un análisis cualitativo de esto? Yo creo que no. Tal vez lo que debería existir a estas alturas, es una oficina de celebraciones, de contrataciones, una oficina que organice el verano y las fiestas de diciembre y ya.

¿Tú para qué crees que sirve una Secretaría de Cultura? ¿Te has preguntado? Yo no sabía por ejemplo para que servía, es más, se lo pregunte en algún momento al ex Alcalde Barrera en una reunión antes de las elecciones, porque no conocía las competencias de la misma. Lo único que sabía era que organizaba la Velada Libertaria…y las Fiestas.

Por eso, al asumir el cargo, uno de los objetivos a largo plazo en mi gestión, era justamente lograr que por lo menos el 30% de la población supiera para qué sirve una Secretaría de Cultura y no solamente medir la pertinencia de la misma, por los miles de espectadores que asisten a conciertos o visitantes a los teatros. Eso hubiera cambiado la relación clientelar existente con los administradores de la cultura y se hubiera hablado del fomento a la lectura, por ejemplo, y la democratización de la misma.

– ¿Cree que esta forma de democratizar la cultura que te puede acceder a ella es necesaria para que la gente pueda tener más acceso tanto en literatura como arte en general o realmente depende de cada persona? ¿Tiene que ser algo que el Estado te dé o es una cuestión más personal?

– El Estado tiene que acompañar procesos, tiene que ser un facilitador. De la oferta tienen que encargarse los artistas, los gestores, los creadores. Del consumo, por supuesto la ciudadania, es personal, pero tiene que creérsele el habito, como en otras sociedades. De la demanda tiene que encargarse el Estado y de las políticas de acceso y fomento. La oferta tiene que provenir del creador, de los que hacemos el hecho cultural, de los espacios que albergamos el hecho cultural. El Estado no puede ser un ejecutor.  Tiene que ser el que delimite la cancha y cree las condiciones para que la oferta se desarrolle, es decir, para que crear en el público, en la gente, el habito del consumo cultural.

– ¿Pero también tiene que organizar eventos una Secretaría de Cultura?

– Obvio, es parte de eso, no puede evitarlo lamentablemente, así ha estado por décadas. Y los eventos dan votos y esta obligada a organizarlos. Por eso yo siempre decía ojalá y nos dejaran sin presupuesto. Ojalá no haya plata para hacer las fiestas., porque eso nos hubiera dado tiempo para detenernos y reflexionar sobre lo que debe hacerse desde una institución como esa. Una Secretaría de Cultura se mide por su nivel de influencia, por su nivel de diálogo, por su nivel de injerencia en las otras áreas que diseñan políticas de desarrollo en una ciudad, en un país, en una sociedad, y no por organizar unas buenas Fiestas. Este entendimiento es el que no existe y falta mucho para tenerlo. No sé si yo lo logre vivir. Tengo 53 años y vengo más de 30 años en la gestión cultural peleando por lograr instituciones que nos hagan un mejor país.

– Tengo una duda, ¿la cultura transforma a la sociedad o la sociedad transforma a la cultura o es algo que va de la mano?

– La cultura transforma a la sociedad. Siempre.

– ¿Por qué? ¿Por qué no al revés?

– Más bien yo te revierto la pregunta, ¿qué entiendes tú por Cultura para preguntarme eso? Tal vez tienes el concepto de creer que Cultura únicamente es la creación artística. Y ese es el problema. Se cree que Cultura únicamente son los artistas y no es así. No es así. La creación artística la hacen unos seres privilegiados con talento para hacerlo. Pero si nos asimilamos todos como gestores culturales, incluida la señora de la tienda que vende empanadas, seremos capaces de transformar cualquier sociedad.  La cultura y la sociedad no son dos cosas diferentes.

– Entrando hacia el Verano de las artes, entiendo que antes había el Agosto mes de las artes. ¿Por qué se cambió de Agosto a Verano de las artes? 

– Esa es una chevere pregunta. Te contesto ahora como ex Secretaria, no como gestora. El “Agosto mes de las artes” fue una iniciativa que surgió hace muchos años y fue decayendo porque no se pensó en los cambios que la ciudad experimentaba. Una ciudad que debía convivir con la tradición pero que debía abrirse también a la contemporaneidad. Eran eventos aislados, no respondían a ninguna idea de política pública. Simplemente, se satisfacía a diferentes sectores, se contrataban artistas dentro de las redes clientelares existentes y ya. Sin embargo fue una ventana bien interesante que promovió las actividades culturales en el mes de agosto, pero que no quedaba nada luego de que terminaba. Cuando nosotros entramos, empezamos a pensar la ciudad de otra manera y nos propusimos crear la mayor ventana de circulación de productos culturales que recorriera la ciudad entera y que nos permitiera entender la misma, para la elaboración de políticas públicas para cada sector. Esa ya era una diferencia. El cambio de nombre a VAQ, Verano de las Artes Quito, devino también porque teníamos que imprimir una marca propia, teníamos que mostrar un cambio de época.

– ¿Qué son, específicamente, los productos culturales?

– Todo lo que puede ser creado para ser distribuido y consumido. El teatro, la danza, el cine, la música, las expresiones culturales, las artesanías, la gastronomía, son productos creados y puestos en distribución y circulación para su consumo cultural. Estos productos circularon en el VAQ, a través de las Administraciones Zonales, en parroquias urbanas y rurales. Se utilizó toda la infraestructura cultural de la ciudad por donde estos productos culturales circularon, tanto en espacios públicos como privados. Quisimos integrar, mediante corredores previamente establecidos, varias rutas que atravesaron la ciudad entera. Entonces el concepto cambió. De ser una actividad meramente clientelar, cuyos recursos eran entregados de manera discrecional, pasamos a repensar la ciudad de una manera integral donde el intercambio entre parroquias rurales y urbanas, fue lo más potente. El concepto de “Quito, ciudad de ciudades”, permitió que el intercambio de prácticas, saberes, expresiones, fueran puestos en valor en estos corredores culturales. Eso nos permitió realizar un diagnóstico y un reconocimiento de la ciudad. Estábamos recién llegados, además. Nosotros entramos el 14 de mayo de 2014 y el VAQ teníamos que hacerlo ya en junio. Tuvimos solo 5 semanas para armar todo lo que armamos y fue hermoso. Creo que ha sido una de las experiencias más potentes que he tenido. La ciudad se puso de cabeza! y la gente lo sintió. Los Talleres Abiertos, por ejemplo, un proyecto institucionalizado ese año por mi equipo, constituido por Miguel Alvear, Mayra Estevez y Ana Fernandez, permitió visibilizar prácticas culturales de creación y distribución de artesanos y oficios en algunos barrios de la ciudad.  Por primera vez, los artistas y artesanos mostraban a los vecinos y a la gente, sus formas de trabajo, la manera en como desarrollaban sus micro economías. Demostramos con el VAQ en el 2014, que Quito es mucho más que el centro histórico, mucho más que museos y teatros públicos, mucho más que la Velada Libertaria y eso se sintió bien.  El VAQ puso en evidencia que los productos culturales habían armado un circuito en el territorio mismo que duró 45 días seguidos.

– También leí que un grupo de gestores y artistas estuvieron en contra y dijeron que los dejaron afuera. ¿Qué pasó?

– Eso fue un panfleto hecho por un grupo de artistas que habían sido, por mucho tiempo, parte de estas redes clientelares y que nosotros llegamos a romper. Los artistas cuando no están incluidos en una programación, dicen sentirse excluidos. Siempre es así. Unos se creen los “verdaderos artistas” que acusan a otro grupo de artistas de ser “los de siempre”. Yo les pregunté cuál era cuál y que se identifiquen, que alcen la mano, para hacer una lista. Yo les preguntaba ¿Ustedes son los verdaderos o los de siempre? Es un complejo de auto-exclusión permanente y pensar que “si a mí no me toman en cuenta, ninguna cosa que se haga sirve”. Es una cuestión de egos y de complejos. Eso me tuvo y me tiene sin cuidado hasta ahora. Fue parte de entender al sector cultural, cómo funciona, su inmadurez y su dependencia de los fondos del Estado. Fue parte de reconocerles a cada uno en sus distintas maneras de actuar. Hay otros artistas en cambio, que permanentemente están fuera y que no quieren ser parte de estas actividades y que desde su independencia, pueden ser mucho más creadores y mucho más vitales que muchísimos que están pegados a las instituciones del Estado. Y este grupo, que denunció esto, lo que hizo fue eso: auto-excluirse y calificarse como los “verdaderos”, pero fueron poquísimos. Nunca me explicaron porqué creían que eran los “verdaderos”. En las Fiestas de Quito, se contrataron 1.126 artistas nacionales y 65 internacionales.

– ¿Qué diferencia de visiones motivaron su salida de la Secretaría?

– Lo que pasa es que nuestra visión, como te dije desde un inicio, no priorizaba la tarima y el evento, sino el rol de la cultura en el territorio y su posible vínculo con el desarrollo social. Nuestra tarea empezó por revisar lo hecho hasta entonces, entender cuáles habían sido las competencias de esa institución para luego definir un Plan de Cultura para Quito, a un mínimo de 20 años. Empezamos a revisar la estructura orgánica de la Secretaría; analizamos sus objetivos y metas, más allá del número de espectadores que asisten a un concierto o museo; revisamos el rol que había tenido la Secretaría frente a las dos fundaciones -a la Fundación Teatros y a la Fundación Museos de la Ciudad- y cómo se distribuía el presupuesto total. Nos encontramos con una realidad bastante compleja, con una Secretaria casi invisibilizada por estas dos Fundaciones que además recibían cerca del 50% del presupuesto y albergaban cerca de 500 funcionarios, que hacían ver, a nombre de una supuesta eficiencia, que la Secretaria era sinónimo de ineptitud e ineficiencia. Es decir, mataban lo público para priorizar lo privado. Había un desorden absoluto, donde la duplicidad de funciones y la ineficiencia era la norma. Hay una nómina de cerca de 1.000 funcionarios que están en el área de Cultura del gobierno local, que ni siquiera se conocen ni saben que existen, y sectores totalmente desatendidos por la repartición de un presupuesto de manera desigual. Había que primero poner la casa en orden, darle rectoría a la Secretaría, hacer que las Fundaciones hagan su trabajo de levantar fondos y no vivir con sueldos de privados con fondos públicos. Había que pelear porque la Secretaría no se dedique únicamente a hacer eventos de tarima, había que darle institucionalidad y competencias en todos los sectores donde la misma intervenía.

– ¿Entonces, ante la diferente visión, usted salió?

– Cuando quisimos plantear al Alcalde esta urgente necesidad de cambio estructural, de reordenamiento de objetivos, metas y competencias de esta Secretaría, de exigir a las Fundaciones cumplir la norma que indica la Ordenanza 028; cuando quisimos redistribuir de manera más justa y equitativa el presupuesto para atender a la mayor cantidad de actores culturales de la ciudad, y no tuvimos eco en la máxima autoridad, tuvimos que salir. Mantener las estructuras establecidas y hacer de ojos ciegos ante la injusticia, no estaba en nuestros planes ni principios. Yo he creído siempre que lo público tiene que funcionar, tiene que ser eficiente, tiene que ser pertinente y esa Secretaría no lo era. Nos enfrentamos a la disyuntiva de quedarnos siendo una Secretaría de Cultura que seguía administrando y organizando  bien los eventos, que programaba las Fiestas, o dábamos el paso fundamental hacia el ordenamiento de la institución, a la repartición equitativa del presupuesto y a la construcción de una gestión con sentido de lo cultural, anclada en su estrecha relación con el territorio. Nos habían invitado a ser parte de un gobierno responsable, pero no era eso lo que veíamos. Al darnos cuenta que nuestro Plan de Cultura era inviable, decidimos renunciar de manera irrevocable. El resto ya es historia.

– ¿Y ahora cómo ve el trabajo que está haciendo la Secretaría? ¿Cómo evaluaría? 

– Es complejo emitir un criterio, menos una crítica de manera pública por haber sido parte de esa institución, pero lamentablemente no hay cómo construir una continuidad de procesos, una memoria institucional que pueda ser tomada en cuenta, cuando hay cambio de autoridades. Como gestora puedo decirte que todavía no veo una sola política que haya sido implementada y visibilizada en la ciudad. No conozco el Plan de Cultura de la Secretaría ahora. En los 8 meses que nosotros estuvimos se habló mucho de una propuesta. Los medios discutían. La gente discutía. Los gestores opinaban, se quejaban, aplaudían, maldecían, agradecían, es decir, se hablaba, para bien o para mal, pero se hablaba por primera vez de Cultura en la ciudad. Hablábamos de construir una Ordenanza Cultural, algo así como una Ley de Cultura para la ciudad. Se hablaba, porque pasaba algo, porque había una propuesta. Una propuesta de cambio, de ordenamiento, de decir aquí estamos para cambiar y para irnos hacia el futuro, para construir una ciudad de aquí a 20 años. Ahora solo hay silencio. Es como que la Secretaria tiene un perfil ahora exclusivamente funcional. No conozco el Plan de Cultura actual.

– O sea, ¿no cree que se mantuvo lo que ustedes hicieron durante 8 meses?

– No. No. Esa es una tristeza. No existe la voluntad de la continuidad cuando hay cambio de funcionarios, como te dije. Cuando hice un comentario sobre lo inoportuno de seguir vinculando Cultura con entretenimiento y tiempo libre, bloquearon toda la comunicación, no fue posible construir un puente de dialogo. Es una tristeza porque era una propuesta de equipo nuestro Plan. Yo no entré sola, entramos toda una generación que pretendía un cambio profundo, esperado por años. Digo una generación porque finalmente lográbamos el mayor espacio de poder que tenía la ciudad para la creación de políticas en Cultura.

Hicimos muchísimo en tan solo 8 meses, cerca de 528 procesos y por supuesto, no pudimos concluirlos. Muchos de esos procesos quedaron pendientes de cierre porque la Secretaría no estaba en capacidad de terminarlos y quedaron como herencia para las nuevas autoridades. Lamentablemente, el puente de diálogo no se dio y se necesitaba trabajar en continuidad porque la obligación del funcionario entrante es cerrar los procesos del saliente. Eso no se produjo y es una pena. De todos modos, yo me siento satisfecha. Creo que en 8 meses se hizo muchísimo. Lo más grande fue demostrar y visibilizar las costuras que tiene la institución cultural de la ciudad. Eso es oro, es un aprendizaje enorme. Es una pena enorme que esto no se haya producido, porque a mi me encantaría que los ex presidentes, los ex ministros, los ex-secretarios, puedan sentarse con los nuevos, que se conviertan en consejeros permanentes del funcionario entrante…pero nunca sucede, mas bien es lo contrario.

Que no comentan los errores… 

– Exacto, que no comentan los errores, que puedan recoger lo bueno y analizar lo malo también que puedan volverse consejeros, que puedan volverse Yachays o sea gente que está dispuesta a que su vocación de servicio esté siempre a disposición del otro y de la ciudad. Esos puentes de comunicación no se dan nunca, y eso es lamentable.

El VAQ se mantiene

– Son eventos y seguiremos hablando de eventos. Yo quiero hablar de política. Quiero hablar de gestión política en Cultura. Quiero hablar de actores político culturales y de actores culturales políticos. Quiero hablar de la diferencia entre la gestión y la creación. Quiero saber cuál es el Plan de Cultura de aquí para los próximos años. ¿Cuál es?. Yo no lo sé todavía… (I)

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