Ecuador. viernes 22 de septiembre de 2017
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El Louvre acaba con el mito del Vermeer solitario

Foto: art.latech.edu

París,  (EFE).- A menudo considerado un pintor taciturno, concienzudo y solitario, el holandés Johannes Vermeer fue, sin embargo, la punta de lanza de una corriente que se formó en su país en la segunda mitad del siglo XVII, al abrigo de la expansión económica, industrial y comercial de la floreciente república.


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Así lo demuestra la exposición “Vermeer y los maestros de la pintura de género”, presentada hoy a la prensa en el parisiense museo del Louvre y que estará abierta al público del 22 de febrero al 22 de mayo.

La muestra hace dialogar obras del genial artista (1632-1675) con otras de sus coetáneos, desde Gabriel Metsu a Gerard ter Borch, para mostrar que Vermeer no fue más que el más brillante de entre ellos.

“Vermeer no trabajaba aislado, era, en cierta forma, un artista en red, que vivió en un país rico y que tenía las mejores comunicaciones del momento gracias a sus canales”, afirmó el comisario de la muestra, Blaise Ducos.

No hay rastro de si esos artistas, establecidos en diferentes ciudades, se conocían, de si se hablaban o compartían experiencias.

Pero la élite económica que se formó en las entonces denominadas Provincias Unidas, una república comerciante e industrial odeada de monarquías, que llegó a dominar los mares durante años, se aficionó a coleccionar pinturas y a mostrarlas con orgullo.

La exposición del Louvre prueba que esos artistas “se copiaban, se admiraban, se hacían homenajes, guiños”, señala Ducos.

Cuando un adinerado mecenas mostraba su colección, sus pares querían tener los mismos temas, pero mejorados. En ese ambiente se puso de moda la llamada “pintura de género”, que retrataba escenas de la vida cotidiana.

foto bonjourparis.com

Una competencia que enriqueció la actividad y que convirtió a Holanda “en la Nueva York de la época”, en palabras de Ducos, quien señala que se pintaron más de cinco millones de cuadros.

En París se aprecian largas series con el mismo tema pintadas por diferentes artistas, cada uno a su manera, hasta que irrumpe el virtuosismo de Vermeer, “casi siempre al final de la cadena”, que fue quien les dio una mayor maestría, una teatralidad más cuidada.

El artista afincado en Delft “no fue tanto un creador de estilo como un maestro de la metamorfosis”, quien mejor supo interpretar esa corriente.

Mientras que algunos pretenden mejorar el tema añadiendo detalles lujosos, Vermeer busca una mayor profundidad psicológica en los personajes y una mayor teatralidad en la escena.

De esa forma, se convirtió en el paradigma de un arte moderno, revolucionario, en una época, la de Luis XIV, en la que las grandes monarquías que circundaban a las Provincias Unidas apostaban por la grandilocuencia, las escenas excelsas encarnadas en Rubens.

Pero el artista no se resignaba a ser menos sofisticado que los pintores de corte y aplicó ese virtuosismo a escenas de la vida cotidiana de esa aristocracia de nuevo cuño que apadrinaba su arte.

En ese contexto, su obra más conocida, “La lechera” -prestada por vez primera por el Rijksmuseum de Amsterdam en medio siglo-, es “un intruso” en la obra de Vermeer, puesto que no retrata a la burguesía holandesa sino a una sirvienta.

El artista, que apenas contaba con 25 años, quiso “mostrar la mayor sofisticación de la que era capaz en la escena más banal posible”, la de una “joven humilde, a quien nadie presta atención” vertiendo un jarro de leche, pero elevada por el pintor “al mayor refinamiento”.

Considerada la “Gioconda del norte”, esa obra es para Ducos “el icono de una nación, el testimonio del periodo más fastuoso de la historia de Holanda”.

La exposición la ha colocado junto a otra obra del artista de Delft, “La encajera de bolillos”, que muestra a una joven de esa floreciente burguesía, “una buena metáfora del espíritu de la muestra”.

Vermeer pintaba poco, apenas dos obras al año. Se calcula que debió acabar medio centenar, aunque solo han llegado 36 a nuestros días. De ellas, 12 estarán en París, mezcladas con otras 60 de sus coetáneos.

Padre de 11 hijos, la fama de sus pinceles le permitió tener una vida acomodada hasta que Francia invadió las Provincias Unidas y acabó el esplendor económico de la república.

Sus días acabaron en la miseria y su vida envuelta en un halo de misterio que le llevó a ser considerado un artista solitario, un mito que quiere romper esta muestra del Louvre. EFE

lmpg/er/cr

(F)