Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Arquitectura inspiradora

Por Bernardo Tobar

Hay que repensar el diseño de los recintos donde se debate y sancionan leyes, decretos, o se cocinan hierbas para consumo masivo, especialmente las de carácter monopólico u oficial, pues podemos optar perfectamente por no regresar a un restaurante donde los gusanos caminan a sus anchas entre las lechugas, pero no hay más remedio que indigestarse con las larvas y parásitos que anidan bajo la letra chiquita de los textos legales.

Por Bernardo Tobar


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Hay que repensar el diseño de los recintos donde se debate y sancionan leyes, decretos, o se cocinan hierbas para consumo masivo, especialmente las de carácter monopólico u oficial, pues podemos optar perfectamente por no regresar a un restaurante donde los gusanos caminan a sus anchas entre las lechugas, pero no hay más remedio que indigestarse con las larvas y parásitos que anidan bajo la letra chiquita de los textos legales.

No pude evitar esta reflexión al contemplar una fotografía del salón plenario del salón plenario del nuevo parlamento de Edimburgo. De arquitectura limpia, y geométricamente pródiga, pura madera y amplios ventanales en lugar de murales recargados; el detalle que acentúa todavía más la diferencia con las edificaciones tradicionales es el cono que forman en el techo las imponentes vigas de madera en convergencia, apuntando hacia abajo, con el entablado dispuesto horizontalmente en la cubierta, todo a modo de un desván invertido, en plan vanguardista. Las curules no cuentan con más espacio que el indispensable pra la tarea a mano, algún ordenador portátil, sin amplitud para distracciones ajenas a la función que debe cumplirse.

Al frente del anfiteatro,  presidiendo las sesiones, amplios ventanales mirando la realidad, apenas provistos con persianas para modular el acceso de luz. Es una poderosa afirmación arquitectónica, que deja a los parlamentarios a solas con el ícono de sí mismos, sin predisponerles con imágenes históricas, ni murales ideológicos, que las más de las veces nos entregan los fragmentos, mitos y leyendas nacionales convertidos en fetiches, un historia rescatada a medias, secuestrada por los dueños de la cultura, distorsionada respecto del suceso real que sirvió de inspiración o pretexto, bajo el prejuicio del ldueño del pincel y el antojo del patrono.

Imaginemos a los ingleses deliberando sobre la monogamia, la indisolubilidad del matrimonio o las relaciones con la
Santa Sede mientras miran la figura de Enrique VIII, el monarca que ante la negativa del Vaticano a romper el vínculo conyugal terminó fundando Iglesia propia y dando de baja -tan bajo como al sepulcro- a  una de sus incontables mujeres; o a los italianos censurando a Berlusconi en sesión presidida por un mural que recordase las bacanales orgiásticas de la antigua Roma. O a los españoles inspirándose en “Saturno devorando a sus hijos”, de Goya, para legislar contra el aborto, o sin ir tan lejos, esta vez ya no en plan hipotético, a nuestros asambleístas escribiendo leyes de comercio a la sombra de las teorías de conspiración que se asocian a la CIA, cuyo símbolo roba la mirada del mural del recinto legislativo, para no hablar de las confusiones de quienes contemplan la figura de Alfaro, también protagonista en esta escena plástica, un mercenario liberal para los señores del gran cacao, tan conspirador como se podía en la época, y sin embargo tan democrático y socialista para la onda Montecristi.

Buen ejemplo los escoceses, que podrán legislar para el futuro a partir de visiones, no de pesadillas del pasado.