Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Verde que te quiero verde

Por Bernardo Tobar Carrión

No hablo de la canción ni del color del dinero. Me refiero a la moda. Ojeaba una de esas revistas llenas de fotos y textos para todos los gustos, de las que entretienen en la etapa final de la digestión, esos rincones de papel donde los aspirantes a élite quieren ser vistos, porque muchos dicen públicamente renegar de las jerarquías, pero pocos se resisten a formar parte de una y a salir en la foto.

Por Bernardo Tobar Carrión


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No hablo de la canción ni del color del dinero. Me refiero a la moda. Ojeaba una de esas revistas llenas de fotos y textos para todos los gustos, de las que entretienen en la etapa final de la digestión, esos rincones de papel donde los aspirantes a élite quieren ser vistos, porque muchos dicen públicamente renegar de las jerarquías, pero pocos se resisten a formar parte de una y a salir en la foto.

Así que pasaba las páginas y me topé con una veintena de celebridades internacionales y unas cuantas empresas operando en el Ecuador y todos tenían, muy originales, el mismo reclamo publicitario: soy verde, amante de la naturaleza. Las divas, de cualquier sexo, tenían invariablemente fundaciones dedicadas a preservar el verde de su preferencia o los animales que lo habitan, el bosque húmedo, la Amazonía, los monos aulladores, la mariposum quetecabreum y cualquier bicho en peligro de extinción. ¡Conmovedor! Para ser consistentes, hacen de los vegetales el único ingrediente de su dieta, y no cualquiera, si no los que se desprenden del tronco de puro maduros, sin la artificial poda de la mano de ese ser extraño al entorno: el hombre. Y las tales fundaciones por la sustentabilidad son la prioridad de los ricos y famosos y de cuantos quieren aparentarlo o simpatizar con el consumidor; si no articulas dos oraciones abogando por mantener los ríos limpios, el aire libre de emisiones y la tierra inmune a los químicos,
si no estas en la onda de lo orgánico, eres inorgánico y necesitas cambiar de publicista.

Me preocupa la naturaleza tanto como al que más, estemos claros; quiero para mis congéneres, generaciones futuras incluidas, agua pura y aire limpio, y me agradaría que Quito, a la que solía llamarse la carita de Dios, no tuviera por maquillaje la atmósfera pesada y sombría, las cicatrices de cables aéreos, las huellas de la viruela vial, el colesterol que tapona sus arterias, los brillitos de la caótica rotulación publicitaria que la adornan cual madrina de casa de citas o, lo que es peor, las manchas de sangre de la inseguridad rampante. Porque la contaminación visual y, peor aún, la espiritual, la que proviene del irrespeto, de la resistencia a ceder el paso o de la miserable muerte a manos de un sicario, importan poco en esta sociedad verde. A los monos, les atraviesan una carretera en la selva y arde Troya porque este pariente lejano en la evolución de las especies tiene que bajarse de las ramas para cruzarla.

La humanidad ha sido desplazada por la naturaleza. El rey de la creación, en sentido bíblico, es tenido por el mayor depredador y tratado en consecuencia. Nada escapa de esta intoxicación verde, ni las constituciones. Hoy, se adoptan árboles y las mascotas usurpan el cariño destinado a los hijos que ya no vienen al mundo, mientras sus dueños tranquilizan su conciencia de ciudadanos globales enviando unos dólares a organizaciones de activismo ecológico, aunque no están dispuestos a procrear un hijo que altere su comodidad, y son, vaya coincidencia, indolentes ante el aborto. Y siempre sale mejor una foto con una cascada de fondo que rodeado de niños desnutridos; estas no las quiere ver nadie.

1 Comentario el Verde que te quiero verde

  1. Hay que buscar un equilibrio, entre ecologismo radical y el materialismo depredador.

    Me parece bien defender la supervivencia de cualquier especie animal o vegetal, sean o no bichos para el juicio de quien fuere. La extinción provocada por el hombre me conmueve. Y no soy un ecologista extremo, ni un vegetariano, ni un antitaurino, peor aún un “verde” a la usanza política ecuatoriana del momento. Apoyo la actividad hidrocarurífera ambientalmente responsable, ingiero tantos vegetales como carne, las corridas de toros me tienen sin cuidado, me divierte escuchar las posturas ecologista radicales de ciertos segmentos de este gobierno aunque también me indigna (una veces por ridículas, otra veces insostenible)

    En fin, como decía, me conmueve que la actividad humana lleve a la extinción a otras especies,  y aún así no envío ni un solo dólar a la organizaciones de activismo ecológico, sin embargo admiro su vocación y la respaldo siempre y cuando esta no enmascare actividades radicales, como el sabotaje, la extorción, etc. Por lo que no encuentro nada de malo en que “los ciudadanos globales” donen dinero a estas causas, ni en que opten por no tener hijos. ¿Por qué habría de inmiscuirme o criticar desiciones que no me incumben? Por ahí, más bien, resulta beneficioso para el planeta entero, y para nuestra propia especie, aplacar la sobrepoblación humana con estas decisiones.

    Mi esposa y yo no tenemos hijos, no estamos seguros de querer hacerlo algún día. ¿Por qué? Porque alteraría nuestra comodidad. ¿Es eso malo? ¿Le incumbe esto a alguien más que a nosotros? ¿Somos indolentes al aborto? Depende de las condiciones en que este se suscite.

    El hombre de hecho es el mayor depredador, estamos en la cima de la cadena alimenticia. Pero así como evolucionamos con la destreza intelectual para destruirlo todo en nombre de la humanidad, podemos usar nuestra intelegencia para aprovechar al máximo los recursos,  minimizando el impacto por supuesto, y a la vez convivir en paz con los otros animales, monos y “bichos” incluidos.

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