Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Dilma y Cristina: dos mujeres, un camino

Por Martín Santiváñez
Lima, Perú

Que las mujeres latinoamericanas adquieren, cada vez más, un creciente protagonismo en la política no es algo novedoso. Nuestra historia está llena de “lideresas” que actúan en primera plana de la vida pública. Sin embargo, los estilos de gobierno de las presidentas latinas difieren en grandes aspectos. Basta con señalar la distancia que existe entre Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner.

Por Martín Santiváñez
Lima, Perú


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Que las mujeres latinoamericanas adquieren, cada vez más, un creciente protagonismo en la política no es algo novedoso. Nuestra historia está llena de “lideresas” que actúan en primera plana de la vida pública. Sin embargo, los estilos de gobierno de las presidentas latinas difieren en grandes aspectos. Basta con señalar la distancia que existe entre Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner.

Dilma, más que una política, es una tecnócrata. Una funcionaria especializada en el gobierno corporativo, una gerente experta en formar equipos, capaz de trabajar en base a datos y modelos empíricos. Economista de profesión, la presidenta brasileña es la antítesis de la viuda de Kirchner.

Cristina, abogada, ha hecho del discurso político, en la vieja tradición del populismo latino, su signo distintivo. CFK, sin llegar a tener el carisma de su esposo, apela al liderazgo personalista, al voluntarismo que maquilla la realidad con soflamas y demagogia. Dilma, tras una juventud de radicalismo rabioso, se ha transformado en una funcionaria equilibrada, nostálgica de Cuba y el Che Guevara, pero alejada del extremismo y de su antiguo compromiso con la lucha armada. De experta en marxismo, la antigua Juana de Arco revolucionaria se ha convertido en una amante de la gestión pública y de los comités de planificación. Aunque la corrupción sistémica del Estado brasileño crece a la par que su economía, es una buena señal que la presidenta funja de “gran barrera política” ante los escándalos que envuelven a miembros de su gobierno. El excesivo estatismo de Rousseff, su incapacidad de transformar el sistema político y el asistencialismo del que hace gala su partido (PT) son signos negativos de su gestión. Sin embargo, al menos en el plano personal, debemos reconocer que la presidenta de Brasil ha optado por liquidar a sus colaboradores implicados en escándalos de corrupción, siguiendo la estrategia del “ay si eu te pego”. Eso, tratándose de un político latino, es ya un gran avance.

CFK, por el contrario, es una lideresa de plaza pública, una especie de Evita posmoderna que se rodea de un grupo de lobbistas expertos en mediatizar la cosa pública. Su populismo es de manual y el peronismo al que se adscribe (en el fondo es del sector montonero) ha servido para todos los propósitos y en todos los escenarios. Cristina es consciente del poder de la mística peronista e interpreta su presidencia en clave monárquica, sin querer renunciar a esa tradición de autoridad cuasi semi-feudal, tan propia de la Pampa. El cóctel que conforma con el nacionalismo es indigesto y peligroso. Esto de REPSOL-YPF (la crónica de un expolio anunciado) es el comienzo de su fin, pero hay agonías que duran años en el tiempo patagónico. El cortoplacismo peronista terminará pasando factura a los argentinos, hoy, en su mayoría, extasiados por el clientelismo y los subsidios.

En todo caso, dos mujeres que provienen de una misma cantera ideológica han llegado a la cumbre de sus carreras políticas actuando de modo bastante opuesto. Hay muchos caminos para arribar a los puertos del populismo. Pero el sendero angosto del desarrollo es semejante en todos lados. Latinoamérica se merece liderazgos eficaces y racionales, no berrinches interesados que minan la credibilidad y nos empobrecen. Las mujeres latinas son capaces de transformar el continente militando en la política. Son capaces de eso y de mucho más.