Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador

La pregunta que se plantearía a los electores era muy simple: sí o no. Sí, si estaba de acuerdo en que el Gobierno de Pinochet prosiguiese 10 años más. No, si debía convocar a elecciones presidenciales y legislativas. La campaña era muy corta: 15 minutos diariamente para cada opción, durante un mes. El triunfo de Pinochet parecía asegurado de antemano: el poder del Estado, las transformaciones económicas del país, el miedo no solo a la represión política sino sobre todo para los indecisos la amenaza de volver a vivir períodos de escasez, especulación e inestabilidad.

Joaquín Hernández
Guayaquil, Ecuador


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La película chilena No dirigida por Pablo Larraín y escrita por Pedro Peirano a partir de la obra de teatro de Antonio Skármeta, “El plebiscito”, resulta ejemplar en el momento actual que vive América Latina, más que para hacer memoria de lo sucedido como para comparar el momento histórico que fue el de 1989 y el que ahora vivimos en 2013.

Como se recuerda, la película trata de los días en que se convocó por parte del Gobierno militar chileno presidido por Augusto Pinochet a un plebiscito para que este continuase o no 10 años más en el poder.

Evidentemente había muchas presiones nacionales pero también internacionales que exigían un cambio en Chile y que eran parte del “zeitgeist” del final de década: en 1989, un año después caería el Muro de Berlín que daría inicio a la disolución de los gobiernos socialistas alineados con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Un final nada predecible para quienes habían vivido las tensiones de la guerra fría y que pensaban que sin enfrentamiento militar de incalculables consecuencias resultaría imposible eliminar el enfrentamiento entre los dos bloques de poder. Paradójicamente, el plebiscito celebrado en Chile en 1988 abriría la instauración de democracias liberales más allá de las definiciones ideológicas de sus Gobiernos.

La pregunta que se plantearía a los electores era muy simple: sí o no. Sí, si estaba de acuerdo en que el Gobierno de Pinochet prosiguiese 10 años más. No, si debía convocar a elecciones presidenciales y legislativas. La campaña era muy corta: 15 minutos diariamente para cada opción, durante un mes.

El triunfo de Pinochet parecía asegurado de antemano: el poder del Estado, las transformaciones económicas del país, el miedo no solo a la represión política sino sobre todo para los indecisos la amenaza de volver a vivir períodos de escasez, especulación e inestabilidad.

La Concertación de partidos para la democracia afrontó un serio debate para definir la campaña. Los sectores de izquierda tradicional no querían el triunfo “sino hacer conciencia” sobre lo que había significado el pinochetismo. Difícil para unas clases medias emergentes contagiadas del optimismo del crecimiento del país y que no buscaban volver atrás sino más bien impulsar adelante.

La película da cuenta precisamente de las graves discusiones que se vivieron y como triunfó la tesis del joven publicista de dar un mensaje abierto al futuro, es decir de construir sobre lo vivido en estas últimas décadas. Decisión difícil no solo porque para muchos miembros de la Concertación pesaba el dolor y la amargura de la represión y de la pérdida de los seres queridos.

Pero hay cambios en el presente que aparecen a contraluz. Pareciéramos vivir al revés. Hoy, en países donde Gobiernos que se declaran de izquierda han llegado al poder por elecciones libres, se utiliza la fuerza del estado para influir y manipular las elecciones para continuar en el uso del mismo, como lo hiciera en su momento el Gobierno militar chileno. Solo que este perdió y los actuales triunfan arrolladoramente.

* El texto de Joaquín Hernández ha sido publicado originalmente en el diario HOY.