Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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La mosca, el pizarrón

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

En la película La Mosca de David Cronenberg (la segunda versión, ochentera, la primera es de los años 50) un científico pone a prueba su máquina de tele-transportación y pasa por alto que el experimento que lleva a cabo incluye dos sujetos en lugar de uno: el inventor y una mosca común, que ingresa a la cabina de transportación de manera inadvertida.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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En la película La Mosca de David Cronenberg (la segunda versión, ochentera, la primera es de los años 50) un científico pone a prueba su máquina de tele-transportación y pasa por alto que el experimento que lleva a cabo incluye dos sujetos en lugar de uno: el inventor y una mosca común, que ingresa a la cabina de transportación de manera inadvertida.

En la película La Mosca de David Cronenberg (la segunda versión, ochentera, la primera es de los años 50) un científico pone a prueba su máquina de tele-transportación y pasa por alto que el experimento que lleva a cabo incluye dos sujetos en lugar de uno: el inventor y una mosca común, que ingresa a la cabina de transportación de manera inadvertida. El resultado es la fusión del adn de ambos seres, a nivel molecular. Dada la desproporción de la masa corporal de ambos, el efecto de modificación biológico de Seth Brundle (el protagonista) tarda en manifestarse. Cuando finalmente lo hace, Brundle se convierte en una versión tecno-científica de Gregor Samsa y empieza a experimentar cambios drásticos en su anatomía. En la medida en que las diversas partes de su cuerpo se vuelven superfluas, Brundle inicia un pequeño “museo del yo”, un gabinete tras el espejo de su baño en que despliega objetos orgánicos que ahora solo guardan para él, valor sentimental, o intelectual: sus oídos y dientes por ejemplo.

Pensé en La Mosca hoy, con el mismo frisón de lo grotesco y de nostalgia, al rememorar mis experiencias con un objeto que rápidamente se encamina hacia el olvido, el pizarrón. Aunque la pizarra individual se utilizaba como parte del aprendizaje desde la antigüedad clásica, el pizarrón moderno no aparece sino hasta principios del siglo XIX, cuando un maestro escocés de geografía, James Pillans, cuelga un fragmento grande de piedra laja en el muro de su salón de clases. Desde entonces los maestros y las maestras cuentan con una ayuda visual tan flexible como versátil, un dispositivo a la vez libro de texto y página en blanco, un laboratorio y también un centro de atención. El pizarrón ilustra y contiene ilustración, contiene y es contenedor, los estudiantes que presenciaron este salto cualitativo en el aprendizaje compartido ahora tienen causa para alzar la mirada desde sus pupitres.

 Al igual que los mejores inventos, el pizarrón es una máquina sencilla que, en el Ecuador reciente, se producía localmente, juntando tablones de eucalipto y en el siglo XIX cubriéndolos con una mezcla de claras de huevo, carbón y papas quemadas. En el siglo XX las pizarras se cubrían con pintura verde, con esmalte de porcelana y tenían una longevidad notable, sobretodo si la comparamos con el factor de obsolescencia de las computadoras que hoy en día aparecen como indispensables en las aulas. Aunque el elemento indispensable en mi historia personal con este elemento de la memoria es el borrador, un aditamento generado para sustituir el trapo o la ocasional manga de camisa del profesor novato, o entusiasta. Los borradores, de fieltro por lo general, acumulaban polvo de tiza hasta que en un momento, de gran portento para algunos de nosotros, la maestra pedía a un alumno que los descargue. Uno de los grandes placeres de mi experiencia educativa reside en el puro gusto de provocar un mugrero con autorización, un escándalo aprobado por el poder que estimulaba todos mis sentidos y que me cubría en una nube irracional de alegría. Recuerdo con enorme entusiasmo el haber sido delegado a limpiar el pizarrón y de hacerlo con el borrador mojado. La estela reluciente de una superficie húmeda y brillante todavía me eriza de placer.

 El pizarrón podía convertirse también, por momentos, en el lugar más temido, sobretodo cuando se trataba, en clase de matemáticas, de resolver problemas en caliente. El pizarrón era entonces un lugar inhóspito ante el deseo de pasar desapercibido, el sitio para ensayar la equivocación pública y el error; en esas ocasiones, el pizarrón se convertía en un mecanismo para enmarcar la vergüenza.

 La sala de clases más un pizarrón ofrece una gama de posibilidades educativas, en un buen día los alumnos se centran en la docente, que se convierte en una lente que produce y clarifica una lección. La docente atrae hacia sí a la clase, aunque proyecta las lecciones sobre el pizarrón a su alcance, que se convierte en un lugar de encuentro en que las ideas menores, junto con sus pecas, se asocian y convierten en ideas más grandes. El pizarrón es la superficie en la que pensamos.

 Los residuos del trabajo en la pizarra también tenían peso simbólico. Recuerdo el polvo de la pizarra que acompañaba a los mejores maestros, que los distinguía con la pelusa de su labor y que se asentaba sobre su cabello y hombros como el recuerdo de una tormenta de la que guardaban la marca elemental. Recuerdo también el infernal chillido de la tiza mal empuñada, el familiar staccato de la anotación, las instrucciones ortográficas susurradas a los escribas-compañeros y la manera íntima en que las líneas trazadas entre las palabras escritas por mis maestros representaban un viaje seguro que, sin embargo, siempre regresaba al pizarrón.