Ecuador. Martes 28 de Marzo de 2017
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El Premio de Poesía Paralelo Cero 2016

Xavier Oquendo Troncoso
Quito, Ecuador

Miguelangel Rengifo es un poeta descubierto.

Vive en Latacunga. Fue funcionario de la Casa de la Cultura núcleo de Cotopaxi. Estudió en Quito. Es periodista y excelente fotógrafo. Sencillísimo y sin poses. Escribió un bello e intenso libro llamado “Pánfilo” que resultó ser su primer libro y también el ganador del Premio Nacional Paralelo Cero 2016. El libro  está constituido por una serie de textos (en verso y prosa) que dibujan una voz poética que siempre está luchando con el autor para protagonizar la primera persona de este libro. Los que conocemos algo a Miguelangel Rengifo sabemos que, por estas páginas, se pasea él y la voz poética se confunde.

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Rengifo ha creado una suerte de libro-diario, de bitácora, en donde el poeta se presenta, se enamora, reconoce su ciudad natal, sus exilios de amor y de geografía, su dolor frente a ese enamoramiento idílico, al sexo desgarrador y a la escritura. Temas, todos de dolor y angustia, pero también de asombro.

Una voz sobria se expande por el libro, que combina su formalidad con la segunda persona (la amada) a la que le arrincona entre la pérdida y el olvido: Una vez que te vas aunque regreses, ya nunca vuelves;/ el azar siempre sabe del porqué de las demoras… O este otro de mayor desfachatez: A mí también me dan ganas de que un día cualquiera/ a ti te den ganas de largarnos a donde sea (…) al Gólgota, al cine Rex, al teatro, a una de Lorel, a un concierto… Las descripciones eróticas como parte del gran dibujo simple de un amor total que es igual de importante siempre, en medio de los grandes y desconcertantes momentos: Hacer el amor con ella resumía en sumergirse hasta el fondo del mar, tibia caída al abismo….; estuvimos en el amor hasta dolernos los cuerpos… Llegando a la reflexión casi académica (parecida a aquella de los curas de Salamanca que parafraseo: “toda intuición tiene lenguaje, menos el orgasmo”) dice el poeta: Hacer el amor no signa de este hecho, nunca ha existido razón gramatical ni fonética ni una sola onomatopeya que simplifique el color de un espasmo en mitad del coito… La amada que se pierde y desaparece: …Nunca más supe de ella, un día la vi aferrada a la mano de un desconocido… Y luego la extrañeza distinta, individual, dolorosa a su manera: La verdad de todo es que no es nada de ti lo que extraño,/ sino es todo aquello que te hace lo que necesito./…/ y me odio a mí mismo/ por envejecer cada vez más convencido de que llegas,/ Odiseo templando la red junto a su hijo.

Latacunga es la ciudad cantada, anhelada (Ciudad nativa./ Génesis y final del círculo./ Luna, amanecer, romería…) en la que comienza a escribir una suerte de poema iniciado en el amor (En la intersección del final,/ en el borde de la ciudad al norte/ conocí el amor), desde un pasado inmediato que aún duele, que no se ha asentado. De hecho, el libro presenta casi una fundación de la ciudad, como el Buenos Aires de Borges: Déjame decirte ciudad absoluta, mía, que/ debí firmar otro apellido,/ y es que uno no escoge donde nacer,/ al menos morir te está permitido;/ déjame entonces. Para ello utiliza los mitos griegos de Ariadna, Ulises, las historias judeo-cristianas y la crucifixión. El autor concibe, además, un texto vertido en la intertextualidad, un paralelismo de realidades: como que el poeta sospecha que la vida es una repetición de hechos e historias.

Queda también en alta estima la descripción enumerativa de un paisaje cotidiano, citadino y libre que enriquece el ritmo del poema y lo acerca al lector común y cotidiano: Aún extraño los paseos por cualquier parte hurgando veredas,/ baratillos, piernas, brazos, besos,/ una cantina hacia atrás/ una hueca/ una estantería…

Un sujeto convertido en voz poética se presenta para el gusto de la poesía ecuatoriana joven (un “pánfilo” lento, tranquilo, camina por este libro en donde vive y reflexiona al mismo tiempo). De él exigimos más libros, más trabajo y siempre humildad y amistad. Ni más ni menos.