Ecuador. jueves 23 de noviembre de 2017
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El festival de Artes Vivas de Loja

Gabriela Ponce Padilla
Quito, Ecuador

Parte de lo que sabemos de la primera  edición del festival de Artes Vivas de Loja, es que costó veintidós millones de dólares (2 millones el festival como tal y 20 millones la construcción del teatro que se inauguró a propósito del evento).

Este año, para su segunda edición, se estima se manejarán cifras similares.


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No  se trata de juzgar si valdría o no la pena una inversión de ese tamaño en un proyecto escénico, de hecho me parece que sí. Sin embargo, creo importante contrastar estas cifras con el impacto del festival, su relevancia y pertinencia en nuestro contexto y las prácticas de política pública que a través de este se ponen en evidencia.

El festival respondió en su momento a un empeño que en gran medida da cuenta de cómo se manejó la política cultural en el anterior régimen. En resumidas cuentas, el presidente se fascinó por Avignon,  coincidencialmente su hija era aficionada al teatro,  y para entonces se construía ya una de las obras más absurdas y erráticas en las que invirtió el régimen: “el teatro más moderno del Ecuador” en la ciudad de Loja. Todo  para que el presidente hizo clic y por lo tanto, se convirtió en proyecto emblemático y se hizo, punto.

No se consideró ni por un momento su contexto de producción, los festivales que históricamente se realizan en nuestro país, las condiciones propias de nuestra teatralidad, el momento histórico que atraviesa el arte escénico y cómo nos insertamos o desearíamos insertarnos en él aquellos que nos dedicamos a lo escénico; tampoco se pensó en el público para quien en última instancia se hace teatro.

Sucedió el festival, no hubo propuesta curatorial alguna, una convocatoria abierta bastó para incluir a las propuestas que cumplían criterios de lo más elementales y generales, se invitó a grupos internacionales respondiendo a los gustos y preferencias del director nombrado (grupos muchos de ellos que se han visto una y otra vez desde hace décadas en nuestro medio). Se organizaron talleres y otros eventos paralelos desde los formatos también más tradicionales y anacrónicos, en su mayoría brindados por artistas ecuatorianos también elegidos a dedo.

Después de semejante inversión y a las puertas de una segunda edición que no da señales de ser diferente, resultan pertinentes algunas preguntas: ¿Qué impacto tuvo el famoso festival, más allá de los réditos turísticos que supuestamente produjo? ¿En qué medida el festival movilizó, actualizó, conmovió a la comunidad escénica nacional? ¿Qué estrategias de vínculo con su comunidad inmediata generó? ¿Qué políticas de formación de públicos se pusieron en marcha para y con el espectador?

El medio escénico ecuatoriano es complejo, sus lenguajes se han renovado poco y sus espacios de formación han sido históricamente escasos;  que una inversión tal se haga de modo tan incompetente e improvisado, indigna. El argumento de que el festival sirvió para descentralizar no puede ser justificación suficiente para semejante desacierto. La descentralización implicaría un proceso integral de aplicación de políticas públicas en artes escénicas a nivel local, y esto no se resuelve con un festival de esas dimensiones sin una vinculación real con el contexto, eso es demagogia.

Preocupa además, cómo la programación de obras y de espacios de formación e investigación no responden ni siquiera al concepto que da nombre al festival, el de Artes Vivas. Cuando se escuchan las declaraciones del director o se miran las obras seleccionadas fácilmente uno cae en cuenta que no existe la más mínima consistencia sobre lo que esto significa (¿o será el absoluto desconocimiento?). Las Artes Vivas dan cuenta de una serie de prácticas que hoy en día pueblan los escenarios regionales y que han expandido y complejizado lo escénico desde una multiplicidad de frentes. Nada más lejano a lo que se observó en la programación del año pasado. Esto da cuenta, otra vez, de una apropiación anodina e irresponsable de los términos y los procesos.

Pero si más allá del título, el festival, sus organizadores, se habrían planteado de modo transparente mecanismos de selección y criterios curatoriales mínimamente consistentes habría sido bastante. Si rebasando intereses personales, amiguismos, se habría pensado en el teatro, se habrían procurado la circulación de estéticas diversas, renovadas, fomentando los procesos locales, incluyendo a las comunidades próximas  para entrar en diálogo con creadores internacionales, se habría generado alguna circulación, algún intercambio, algún impacto.

Vital sería para el escenario ecuatoriano exponerse de ese modo, ampliar las perspectivas pedagógicas, reflexionar sobre lo escénico, asumir las preguntas que se le vienen haciendo a la disciplina desde hace décadas (y que aquí parecen haber pasado desapercibidas), abrir residencias, laboratorios, intercambios, diálogos entre creadores, procesos y públicos, fomentando las escrituras, la dramaturgia, las formatos experimentales, los desmontajes críticos, las prácticas escenográficas, la lectura, publicación y difusión de textos escénicos, etcétera. Vinculando además todo este proceso con el contexto local y sus circuitos de creación y circulación. Sin embargo nada de esto sucede. Los mismo grupos vistos una y otra vez, muchos de los cuales de tan experimentales han devenido tristemente convencionales (en nombre de la resistencia y el compromiso, único y vaciado vocabulario con el que muchas veces manejan sus discursos plagados de cursi misticismo y sus prácticas patriarcales y jerárquicas). Los mismos “maestros”,  los talleres de siempre, algún conversatorio.

Y para colmo en esta segunda edición se vuelven a invitar a los mismos grupos. Como si en nuestra propia región no existieran dramaturgos, directores, pensadores, colectivos cuyo trabajo expone la diversidad, la complejidad y la potencia del arte escénico contemporáneo. ¿Será únicamente ignorancia o pereza de quienes lideran el festival?  ¿O la voluntad de seguir acomodándonos en un sistema que secunda la comodidad y la vagancia?

Si el público son los jóvenes estudiantes de teatro de universidades nacionales, la gente de teatro y el público en general, cómo no ser generosos y responsables para hacer de un festival con semejantes recursos un espacio de exposición, formación, circulación, del teatro más suscitador, más provocador o simplemente de mejor calidad estética (y política).  Los modos en los que se maneja la política cultural han sido y siguen siendo corruptos, movidos por influencias, favores y amiguismo. Mientras así se manejen las cosas y la autocomplacencia y el adulo sean el discurso de los artistas y de quienes conciben y ejecutan las políticas culturales no habrá manera de salir de esa mediocridad que caracteriza, y es responsable reconocerlo así, al teatro ecuatoriano.