Guayaquil, Ecuador
Empecemos por sostener que lo que sucede en Medio Oriente —es decir, el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos— tiene, como todos podemos observar, implicaciones importantísimas. Analicemos algunas lecciones básicas de naturaleza económica que se desprenden de este conflicto.
Primero, el precio del barril de petróleo actúa como una especie de termómetro de las circunstancias. Aquí, los elementos que dan lugar a la formación de los precios son particularmente fascinantes: la percepción de los participantes, sus expectativas, lo que suponemos que va a pasar o, más precisamente, lo que se especula en los mercados internacionales que puede llegar a suceder, es lo que termina marcando la temperatura del termómetro.
Y por especulación entiéndase lo que se cree que puede ocurrir, no necesariamente lo que finalmente sucede.
Conversaciones, treguas, alto al fuego, aumento de la intensidad del conflicto, o una mayor escalada son todos elementos que dan lugar al carrusel de la temperatura en nuestro termómetro: el precio del barril. Se deriva de esta lección que los precios cambian, para expresar cambios en las condiciones de mercado, es decir, para mostrar cambios en el mundo real. Ese es, precisamente, el papel de los precios (de todos, absolutamente todos) en la economía.
Cabe mencionar, ya que estamos por aquí, que los “precios” controlados o fijados por el Estado son “precios” políticos que, desde luego, lejos de coordinar, descoordinan.
También se desprende de este hecho lo integradas que hoy están todas las sociedades, pues un fenómeno que tiene lugar en una región muy distante del mundo llega a afectar a todos. No importa si eres pacifista o vives en la Guyana Francesa, o si tu país es “petrolero” o no. El petróleo es energía, y la energía es necesaria para gran parte del proceso productivo. Mientras más alto se encuentre el precio de dicho bien, más caro será producir para el resto del mundo. Situación que finalmente se traduce, en un mundo temporalmente más caro y, por tanto, más pobre.
¿Pobre? Desde luego que sí. Lo que usualmente no se logra “observar” detrás de las guerras es que, al final de ellas, tenemos a un mundo empobrecido. Todo ello sin tomar en cuenta, lo más importante: la pérdida de vidas humanas.
¿Por qué empobrecido? La lección económica detrás de esto es que luego del conflicto, a lo sumo volveremos a reconstruir lo que ya teníamos; pero lo que jamás veremos es todo “lo que se pudo hacer con esos recursos”. En lugar de reconstruir una casa, podríamos haber utilizado esos recursos para mejorar la educación, producir más tecnología o destinarlos a la lucha contra el cáncer, en fin. Nota al pie de página: todo eso se pierde y, regularmente, el keynesiano (seguidor de J. M. Keynes) ni se da por enterado.
Otro tema no menor es la temporalidad del conflicto, y por temporal entiéndase que el shock de oferta en el mercado petrolero, es transitorio. Por lo tanto, dependiendo de si la estructura petrolera o “energética” permanece relativamente intacta, los precios del petróleo volverán “a la normalidad” una vez haya terminado el conflicto.

Corolario de esto último, es que no debemos bajo ninguna circunstancia, tomar “esos ingresos temporales por concepto de petróleo” para agrandar al estado ecuatoriano, cosa que hizo tiempo atrás el prófugo de la justicia, y que aún hoy termina explicando “el elevadísimo nivel de deuda” que tenemos en el Ecuador.
Es todo por ahora; seguimos conversando.
