El gobernante de las dos caras
Miami, Estados Unidos
Rafael Correa, el presidente de los ecuatorianos, es un personaje contradictorio hasta bordear la esquizofrenia. Tiene, por lo menos, dos caras. Veamos.
Rafael Correa, el presidente de los ecuatorianos, es un personaje contradictorio hasta bordear la esquizofrenia. Tiene, por lo menos, dos caras. Veamos.
Ya está la ley que tanto soñaron. La aprobaron entre tanta algarabía, como si con ella hubiesen descubierto el remedio a todos los males que sufre nuestro país. Lo festejaron, como quien festeja la buena noticia del nacimiento de una fórmula mágica, que elimine de pronto, en un abrir y cerrar de ojos -como lo hicieron con esta ley- las injusticias crónicas y la impunidad que siguen reinando en un sistema que se olvida de tratar a los poderosos, como se trata a los que no tienen nada.
Sin duda es mamotreto -igual que la vetada reforma a la Ley de Inquilinato del diputado Mauro Andino- la propuesta del mismo diputado, que consta en el proyecto de ley de comunicación, de crear el siguiente monopolio: «La publicidad que se difunda en territorio ecuatoriano a través de los medios de comunicación deberá ser producida por personas naturales o jurídicas ecuatorianas, cuya titularidad de la mayoría del paquete accionario corresponda a personas ecuatorianas o extranjeros radicados legalmente en el Ecuador, y cuya nómina para su realización y producción la constituyan al menos un 80% de personas de nacionalidad ecuatoriana o extranjeros legalmente radicados en el país» (Art. 103). Igual mamotreto es el corolario del mismo artículo: «Se prohíbe la importación de piezas publicitarias producidas fuera del país por empresas extranjeras».
En todos los países, la relación entre el periodismo y el poder da pie a permanentes conflictos. Es natural que así sea. La prensa, perro guardián de la democracia, busca develar lo que funcionarios y poderosos no tienen interés en que se conozca. Pero cosa distinta es que los gobernantes busquen limitar o cercenar los fundamentales derechos a la expresión, información y prensa.
Parece como si Chile, el país latinoamericano señalado como ejemplo de estabilidad, crecimiento económico sostenido, de reformas cuya implementación ha sido sujeto de análisis a nivel regional y mundial, de pronto se encontrara en una encrucijada que va a marcar el tono de las elecciones presidenciales de este año. No solo bastaba una lógica económica-político-institucional estable y progresiva para que una nación subdesarrollada transite al desarrollo, como sugeriría la idea del modelo chileno. También era importante –y de ahí el problema- que las brechas sociales no se profundicen y que la ciudadanía, más allá del sistema de partidos, pueda repensar y participar en la construcción del tipo de sociedad que desea.
A pocos días de cumplirse un año del asilo otorgado por el Gobierno ecuatoriano a Julián Assange, el ministro Patiño viajará a Londres para visitar al australiano y presentar, una vez más, sus argumentos jurídicos ante el Foreign Office. Adicionalmente, el presidente Correa acaba de designar a Juan Falconi, exministro de la administración de Jamil Mahuad, como embajador del Ecuador ante el Reino Unido.
De aprobarse el proyecto de Ley de comunicación tal como se viene anunciando, se daría el absurdo de que los asambleístas que debatieron el proyecto no sean quienes lo aprueben finalmente y que quienes lo aprobarían no sean quienes lo hayan debatido. Si se preguntase a las decenas de asambleístas elegidos por primera vez en las últimas elecciones si ellos han debatido dos veces el citado proyecto, tal como manda la Constitución, la respuesta sería no.
Hace pocos meses, -marzo y abril para ser más exactos- muchas personas en el mundo «contuvieron el aliento». La guerra entre Corea del Norte con Corea del Sur y su aliado los Estados Unidos de América era casi inevitable. Los únicos que no parecían –quizá porque sabían demasiado— asustados ni nerviosos debido a que no iba a estallar la famosa contienda eran los ciudadanos de Corea del Sur. De los del Norte, imposible saberlo por razones fácilmente comprensibles. Las declaraciones del líder norcoreano subían ciertamente de tono cada media hora. Su lenguaje bélico encendía titulares y cables y convocaba a expertos a programas internacionales para dar su criterio mientras en la pantalla aparecían tanques, misiles, soldados y toda la parafernalia bélica posible. Ciertamente, ni los gobiernos de Corea del Sur ni Estados Unidos se contagiaron del lenguaje. Unas pocas declaraciones y unos cuantos movimientos en medio de la expectativa mundial.
Ganar tiempo es una de las consignas usuales, todo un paradigma, en cuyo empeño paradójicamente lo perdemos. Hacer más con menos -menos recursos, menos tiempo- define la eficiencia, gran becerro de oro posmoderno que todos buscan, premian, admiran, profesan. Pero el tiempo ahorrado en la consecución de un resultado no libera al individuo, sino que lo esclaviza más pronto a la tarea siguiente, a la próxima cita en la agenda, al curso adicional en la cada vez más especializada academia, al derroche de la última gota de energía que mantenga aceitado el inescrutable engranaje, en un círculo vicioso en el que la eficiencia se sirve a sí misma, insaciable, dando cuerda al mecanismo que mantiene a todos girando.
Hay una inolvidable película italiana de Marco Bellocchio estrenada en 1967, La China se avecina. Entre los intríngulis de la comedia, está de por medio el miedo cerval a la China comunista que se hace dueña del planeta, con sus legiones de uniformados de gris, a lo Mao Tse Dong. La predicción de este film de hace casi medio siglo no ha sido vana, pues los chinos, ricos y poderosos, están hoy por todas partes, salvo que en lugar de los uniformes de basta tela, llevan trajes de ejecutivos Armani y relojes con diamantes. Otra manera de conquistar al mundo.
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