Ecuador. sábado 16 de diciembre de 2017
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Estrenan documental sobre el robo de la Monalisa

A cien años de que el italiano Vicenzo Peruggia robó la Monalisa del museo del Louvre, se crea un documental que narra la hazaña.


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Peruggia se llevó del Louvre, bajo su chaqueta, a La Monalisa. Fue un lunes 21 de agosto hace un siglo y su intención era devolverla a donde él consideraba que pertenecía: Italia. La pinacoteca cerraba ese día, así que había pocos empleados. A la mañana siguiente se descubrió el robo del retrato más célebre de la historia del arte. Cien años después, el cineasta estadounidense Joe Medeiros está a punto de estrenar un divertido documentalsobre Peruggia, muerto en 1947, a los 66 años . Para realizar The missing piece, Medeiros fue a Dumenza (norte de Italia) y habló con Celestina, la hija de Vincenzo, fallecida hace cinco meses. “Admiro a mi padre por el coraje que tuvo”, dice Celestina entre lágrimas en el tráiler, publicó El País.

Cuando La Mona Lisa desapareció se pensó que el ladrón sería un tipo refinado, pero Peruggia era un antiguo empleado del museo que justificó su fechoría por las burlas que sufría como inmigrante: le llamaban “macarrón” y había parisienses que le echaban sal y pimienta en el vino. Peruggia, vestido con la bata blanca de los trabajadores del Louvre, descolgó el cuadro -él mismo había fabricado el marco de cristal- se lo escondió y pidió a un empleado que le ayudara a salir por una puerta que estaba sin pomo y daba al hueco de la escalera. El manitas le abrió y el ladrón se marchó.

A la ola de calor que sufría París se sumó, cuando reabrió el museo una semana después, la marea humana que quería ver el hueco dejado por La Mona Lisa, ahora cuatro ganchos de hierro. La policía cerró las fronteras y empleó las novedosas huellas dactilares como método detectivesco. En sus archivos estaban las de Peruggia por una pelea. Pero no se presentó a la citación cuando le llamaron y nadie lo vio sospechoso. ¡Y eso que dejó una huella dactilar junto al hueco del cuadro! En sus pesquisas, los agentes sospecharon de dos jóvenes y provocadores artistas: un poeta, Guillaume Apollinaire, y un pintor, Pablo Picasso. Ambos genios acabaron llorando en el interrogatorio y se demostró que no tenían nada que ver con el caso. La investigación no halló otro hilo y Lisa Gherardini, la mujer de enigmática sonrisa pintada por Leonardo da Vinci a comienzos del XVI, fue dada por desaparecida.

‘El robo de la sonrisa’

El caso Mona Lisa fue novelado por la escritora R. A. Scotti en El robo de la sonrisa (2009, Turner). Scotti contó cómo la prensa, para aumentar su tirada, aventó teorías disparatadas y ofreció suculentas recompensas. El libro narra que Peruggia, en su delirio -“me enamoré de ella”, dijo de la tabla-, facilitó la recuperación del cuadro a fines de 1913. Envió una carta firmada como “Leonardo” al marchante Alfredo Geri, de Florencia, que se la enseñó al director de la galería de los Uffizzi. “Leonardo” decía que el cuadro estaba listo para volver a Italia, porque si el maestro del sfumato había nacido en la provincia florentina, la obra debía regresar al país de la pasta. Pero Vincenzo sabía poco de La Gioconda, que el verdadero Leonardo vendió al rey Francisco I de Francia. Medeiros explica en su documental que Peruggia estaba convencido de que “las tropas de Napoléon robaron la obra de Italia”. Varias cartas después, el caco se reunió con los dos hombres en la habitación de su hotel. Allí abrió un maletín y, tras un falso fondo, sonrió La Mona Lisa. Como el dinero lo mueve todo, el hotel fue rebautizado años después como La Gioconda. Pasen y vean, en la habitación número 20 se alojó el ladrón del cuadro al que solo le faltaba “el don de la palabra”, como dijo el mecenas Cassiano del Pozzo en el siglo XVII. El director del museo florentino alertó a la policía y Peruggia fue detenido.

¿Sería factible robar hoy La Mona Lisa? “No es imposible, pero lo difícil sería decidir qué hacer con el cuadro, cómo darle salida”, señala Robert K. Wittman, fundador de la brigada del FBI contra este tipo de delitos, donde trabajó 20 años y recuperó “obras por valor de 210 millones”. Wittman dirige ahora una consultora que sigue el rastro a objetos robados y colabora con gobiernos, museos y particulares.

Al final del caso Mona Lisa, Peruggia fue condenado a unos meses de cárcel que apenas cumplió porque el psiquiatra le tildó de “deficiente mental” y porque, juzgado en su país, se apiadaron de él. De hecho, en la celda recibía dulces y cigarrillos de sus paisanos. Su hija Celestina siempre pensó que a su padre solo le movió el patriotismo. A inicios de 1914 la obra volvió a París. Joe Medeiros, que vive “fascinado” por este caso, ha reconstruido el robo en su documental: “Filmamos en el Louvre y Silvio, un nieto de Vincenzo, reprodujo los pasos de su abuelo. Además, visitamos el apartamento de París en el que tuvo el cuadro dos años, y en Florencia estuvimos en el hotel donde fue arrestado”. Allí, sentada en una cama, Graziella, la nieta del protagonista, exclama entre bromas: “¡Abuelo, abuelo Vincenzo, pero qué hiciste!”.