Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Una retrospectiva de Amaru Cholango en 3 espacios de Quito

 


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El Museo de la Ciudad, el Centro de Arte Contemporáneo y la Casa de la Cultura son las sedes para la mayor retrospectiva de Amaru Cholango, artista que nació en Quinchucajas, en el norte de Pichincha. Cholango vive en Alemania hace varias décadas, ahí tiene su taller y  trabaja con su asistente.

Estas exposiciones simultáneas han causado gran expectativa y finalmente esta noche serán abiertas las puertas para ver todas sus producciones.

Diario El Comercio cita a Cholango ‘Cae lentamente la sombra /como un opus dei moribundo / como polvo mágico de hollín / como mortal veneno para el día”, reza ‘La noche del poeta’, un escrito de Amaru Cholango. Y así habrá sido cuando “anocheció en medio del día”, cuando Atahualpa, el decimotercer inca, fue muerto, en 1533.

Tras cinco siglos de oscuridad, sintiendo un levantarse, Amaru Cholango dice con el título de su muestra antológica que ahora ‘Amaneció en medio de la noche’. Y la luz llega a Quito, con las instalaciones, proyecciones y pinturas que este artista expondrá desde el 12 de octubre, en tres espacios de la capital: el Museo de la Ciudad, el Centro de Arte Contemporáneo y la Casa de la Cultura.

La mayor parte de piezas se reúne en el Museo de la Ciudad y allí Amaru nos recibe con sus manos abiertas, con su pensamiento que nace andino y que es universal.

En caminata por los patios y salones del lugar se constata que el montaje avanza. En cada rincón intervenido, el artista explica las piezas. Con acento de consonantes arrastradas, en un español que se cruza con vocablos en alemán y frases kichwas, habla de interculturalidad, de estructuras racionales y del mundo espiritual, de esencias que están más allá de lo material. Crítico e irónico, cuestiona la sociedad, la industria ante la natura; el tiempo lineal ante una concepción esférica; reflexiones de muerte y vida.

Saltando de un espacio a otro se ven las instalaciones. Uno: la muralla de prendas de ropa hace cuadro con la Virgen de Legarda y el Panecillo como fondo; camisetas y pantalones de muchas personas, de distinto estrato, origen y condición se abrazan en esa composición. Dos: un cubo se viste de negro cabello humano, además de pensar que la continuidad tras la muerte es una estadística de la población. Como con la ropa, el cabello fue colectado por donaciones concertadas por Internet.

Tres: 49 grafías andinas trabajadas en madera y parafina. Cuatro: en el retablo de la capilla, los santos son sustituidos por pantallas de video y la feligresía por leños carbonizados, los mismos que arman una cruz. Cinco: dibujos con tintes de plantas cocidas. Seis, siete, ocho… Estudios, visualidades, sonoridades. Todavía hay piezas por montar y espacios en juego.

En uno de los patios del museo, dos sillas y el sonido del agua en una fuente nos esperan. Amaru conversa. Él que es geólogo y fue catedrático de Matemática pura; él que proviene de una familia de yachags y de hacedores de ponchos, despertó al arte tras una beca que lo llevó a Londres y al contacto con la obra de Rembrandt, de los impresionistas…

“Lo único que sabía era de Van Gogh y que se cortó la oreja”, dice. Pero ya en sí llevaba un conocimiento no racional de las imágenes de su infancia, y una inclinación por el arte que se amigó con su destino. Entonces dejó su carrera y el beneficio económico que le pudo significar, se despojó de lo material, de todo el lastre; que no le permitía entrar al arte.

Amaru cuenta que en la cosmovisión indígena no existe un término para arte, “pero existe ‘huaca’, un material visible que irradia una energía”: una montaña, un lago, “un barro poseído por la idea de la luz”. Tampoco existe el artista, sino el ser que transmuta lo material en algo sobrenatural.

Así concibe al arte, con la misión de transformar el mundo; y así también practica los saberes de sus ancestros. Si el chamán cierra los ojos, para cruzar fronteras entre el mundo físico y el espiritual, Amaru cubre los suyos para dejar que su energía trace figuras zoomorfas y antropomorfas.

Cholango vagabundeó por Inglaterra y por París, con la equívoca idea de que el arte se encontraba allí. Hasta que llegó a Alemania, a Tréveris. Y allí se paró sobre las bases de su cultura andina y de su identidad, para hacer un arte que -dice- es premonición del futuro; se orienta a lo que vendrá.

De tierras germanas no descarta alguna influencia cultural, pero a lo pensado por Kant y Hegel, él antepone una cosmovisión que le enseña un mundo más allá del que se mira con los ojos: el del espíritu que habita en cada cosa.

Cree en la interculturalidad y en la unidad en la diversidad, habla de un racismo terrible y del virus de la colonización, propone un arte transfronterizo y diques para una globalización que excluye lo cultural. Asimismo señala que no sirve de nada el estar peleándose unos con otros, que “ahora hay que mirar las cosas de una forma no lineal, hay que hallar una tercera dimensión en el pensamiento, donde los blanquitos y los negritos, los Cholango y los Villacís son seres humanos con las mismas necesidades, una familia mundial”.

“El loco es la noche, /el loco es el agua /y el agua es el agua”, concluye ‘La noche del poeta’. Y el agua también es el agua cuando fluye en una fuente de piedra, como fluye la palabra de Cholango, inundando con su pensamiento la atmósfera del sitio.