Ecuador. Sábado 1 de octubre de 2016
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Marcos Abranches, un bailarín brasileño que desafía la idea de “normalidad” María Sanz

Marcos Abranches

El bailarín brasileño Marcos Abranches, nacido con parálisis cerebral, desafía en sus trabajos los conceptos de “belleza” y “normalidad”, a través de la suma de movimientos voluntarios e involuntarios para componer una coreografía, fórmula que lo ha llevado a escenarios como el de la Ópera de Berlín.

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Precisamente, y para llevar a la escena ese concepto, presenta en Asunción la obra “Corpo sobre tela”, inspirada en el pintor Francis Bacon (1909-1992), en quien encuentra una transgresión con la que se identifica.

“De Bacon me gusta que desarmó la noción de lo bello, la idea de normalidad. Pasó de representar la figura, a lo figurativo, y demostró cómo el mundo podía ser mucho más diverso y colorido”, declaró en una entrevista con Efe en Asunción.

Para Abranches, moverse es un desafío cotidiano, en el que tiene que calcular tiempos, distancias, equilibrio y puntos de apoyo, una pauta de movimientos que transformó en un lenguaje propio cuando se encuentra sobre el escenario.

“Mi vida es una performance constante, son 24 horas de un espectáculo nuevo. Soy puro expresionismo”, describió.

Sus gestos y movimientos no pasan desapercibidos en una sociedad que, según explicó, presiona para que los cuerpos se ajusten a un parámetro de normalidad y excluye a todos los que no encajan en esa pauta, por ejemplo a personas con algún tipo de discapacidad.

“Algunas veces me siento como el protagonista de la (novela) “Metamorfosis” de Franz Kafka, un insecto que acaba siendo excluido por puros prejuicios”, expuso.

Sin embargo, aseguró que ahora ya no lo intimidan los prejuicios ni las miradas de extrañeza, sino que lo fortalecen, y se convirtieron en “la vitamina de la vida”.

Pese a que, como bailarín, ha llegado a actuar en escenarios como la Ópera de Berlín, recuerda que, cuando era un niño, el médico le dijo a su madre que él nunca llegaría a caminar.

Pudo empezar a andar recién a los ocho o nueve años, y no fue hasta los 21 que comenzó a bailar, después de que el coreógrafo Sandro Borelli lo descubriera entre el público de uno de sus espectáculos de danza en Sao Paulo.

“Tuve la oportunidad de entrar en el mundo del arte, y descubrir mi don. Para mí no hay limitaciones: cada uno tiene un don y el mío es el de la danza”, explicó.

Abranches descubrió que las elongaciones, estiramientos y ejercicios propios de la danza mejoraban su postura y fortalecían su cuerpo.

Pero no los percibió como un tipo de terapia, sino que los tomó como su forma de expresión, y forjó sobre ellos una carrera profesional.

El bailarín se encuentra ahora al frente de la compañía Vidança, en la que trabaja con algunas personas dependientes o con movilidad muy reducida, pero de quienes destaca su creatividad y su valentía a la hora de presentar propuestas arriesgadas, por ejemplo quedando suspendidas en el aire a través de ganchos.

“A veces se enfoca a las personas con cuerpos diferenciales desde el punto de vista de la piedad. He visto obras en las que hay personas en sillas de ruedas y música de canciones infantiles televisivas. Pero no se trata de inspirar piedad, sino de proponer un criterio estético que realmente cuestione la idea de lo normal”, explicó.

Otras veces, propone a todo tipo de personas que imiten sus movimientos como si se tratara de un espejo y que interactúen así con la gente que pasa por la calle, para “sentirse más cerca de la idea de ser extraños” y quebrar el tabú de mezclarse con lo diferente.

“Lo bello no forma parte de mi contexto. No hago baile clásico, donde todos parecen robots. El arte contemporáneo me da la libertad para transformarme en un escenario, y al mismo tiempo mostrar lo que soy”, expresó. EFE (I)

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