Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Memoria y poder

Por Joaquín Hernández Alvarado

En estos días de agitación y de hondas zozobras para la mayoría de los españoles por la crisis económica, política y cultural que se abate sobre algunos países mediterráneos de la Unión Europea, se cumplen los 75 años del inicio de la Guerra Civil Española el 18 de julio de 1936. Para quienes nacimos décadas después de la misma, esta confrontación fue una mezcla compleja de principios y de lealtades, de atropellos y de exageraciones, de cálculos y de traiciones, lo mismo que de heroísmos que terminaron sacrificados a las consignas.

Por Joaquín Hernández Alvarado


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En estos días de agitación y de hondas zozobras para la mayoría de los españoles por la crisis económica, política y cultural que se abate sobre algunos países mediterráneos de la Unión Europea, se cumplen los 75 años del inicio de la Guerra Civil Española el 18 de julio de 1936. Para quienes nacimos décadas después de la misma, esta confrontación fue una mezcla compleja de principios y de lealtades, de atropellos y de exageraciones, de cálculos y de traiciones, lo mismo que de heroísmos que terminaron sacrificados a las consignas.

Pero, en general, el legado que permanece en la memoria -nuestra memoria- es el de una época de grandes ilusiones que fueron devastadas no solo ni principalmente por la guerra y su carácter destructivo, sino sobre todo por la acción a mediano plazo de los intereses políticos puestos en juego y la catadura moral de quienes los ejecutaron. De ahí el escepticismo sobre las grandes causas y sus justificaciones sobre la vida y la muerte de las personas. De ahí también la soledad irredimible de los individuos que se ven enfrentados y aplastados en estas luchas globales y que asisten, resignados, a la destrucción de lo que más quieren, como es el caso emblemático de Roberto Jordan, el protagonista de la novela de Hemingway, ¿Por quién doblan las campanas? O las voces anónimas sacrificadas en La Esperanza de André Malraux. Ya Hegel advertía que la marcha de la historia universal no concede felicidad a los individuos.

Este escepticismo sobre la futilidad de las grandes causas proporciona experiencias que sobrepasan la soledad de la condición humana y permiten avizorar por ejemplo, eso que Malraux llamaba la fraternidad. Como el encuentro cordial de destinos políticos, anteriormente hostiles e irreconciliables, entre un exfalangista, poeta e intelectual, como Dionisio Ridruejo y un exmiembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista Español, Jorge Semprún, alias Federico Sánchez, en el Madrid inquietante y generoso de los años sesenta del siglo pasado, unidos en la lucha por la democracia y el final del régimen franquista.

Nadie habla por supuesto, y menos por lo anteriormente expuesto, que 75 años después España vuelva a estar en la coyuntura del tórrido julio de 1936. Hay eso sí un hondo y profundo malestar “que no conoce fronteras ideológicas, generacionales y de clase social”, como escribía ayer Juan Luis Cebrián en El País. Malestar frente al poder -en este caso de los socialistas con Zapatero a la cabeza- para gestionar una vida mejor de los ciudadanos. Con diferencias con respecto al 36. Los ciudadanos hoy indignados frente al poder y su derroche de exclusiones, lo que buscan son consensos, pactos, como dice el articulista español. Y aunque la memoria histórica de lo sucedido en el año 36 esté lejos de declararse concluida, lo cierto es que sus grandes lecciones permanecen. Del poder político que se vuelve asfixiante, así sean socialistas quienes lo ejerzan y de la necesidad de solidaridad, más allá de membretes, cuando somos atropellados.