Por Esteban Noboa Carrión
Guayaquil, Ecuador

Durante los últimos años he sido testigo de lo fácil que es gobernar cuando un partido que ha tomado el poder acoge a rajatabla aquella lejana doctrina totalitarista pregonada por Rousseau: “la voluntad general siempre debe prevalecer frente a la particular”. A raíz de dicha máxima, durante el siglo XX se justificaron cualquier cantidad de regímenes autócratas disfrazados con una capa democrática que supuestamente los legitimaba para tomar cualquier decisión, sin importar qué tan restrictiva de libertades sea, siempre que beneficie a las grandes mayorías que apoyan sus decisiones, más que porque éstas realmente entiendan las razones y consecuencias de las decisiones del poder.

Aparentemente, hoy el Ecuador sigue el mismo camino (con grandes matices, está claro) y a nadie le importa. Todo disenso frente a las decisiones del Gobierno, Asamblea o Jueces (es igual) no llega más lejos que a una escueta conversación entre amigos cuando de casualidad alguien introduce el tema en aquellos círculos donde lo que más se repite es “a mí no me interesa la política, por tanto, no me interesa el tema que están tocando.” Y de lo que no nos damos cuenta es que esa pasividad que tenemos todos ante las decisiones que más influyen en nuestras libertades es la que hace que el poder sepa que cualquier decisión que tome no va a encontrar resistencia alguna o que tenga una entidad suficiente como para que le mueva el piso.

Y de esto somos culpables todos. Culpables son aquellos que apoyan al régimen a ciegas sin analizar sus decisiones por el simple hecho de que se identifican con los colores de un partido. Recuerden: el mandatario sólo está autorizado a realizar aquello que expresamente se le ha encargado, entonces, ¿en qué momento se autorizó a los gobernantes a restringir nuestras libertades más allá de lo necesario para que éstas no choquen con las de los demás? Elecciones democráticas no significa carta blanca para realizar lo que sea por encima de lo que sea. Recuerden también que los cimientos de la democracia se hicieron con base en el derecho a la resistencia frente a la tiranía. Cuando un Gobierno se excede en su mandato, es derecho del pueblo arrebatarle el poder, lo que no se traduce necesariamente en actuaciones violentas que desemboquen en un golpe de Estado, sino simplemente en fiscalizar las actuaciones de los gobernantes. Hoy en día este principio está olvidado por los partidarios del Gobierno. Vemos como, por ejemplo, los jueces archivan cuanto juicio llegue acusando a alguna autoridad de alguna conducta irregular.

Culpables también somos los que expresamos nuestro desacuerdo a viva voz pero nuestras actuaciones quedan, como máximo, en una grabación o en la tinta de un papel. Aquello no basta. Se necesita tomar las acciones permitidas en derecho para poder impugnar los abusos de poder y las violaciones injustificadas a nuestras libertades.

Demás está decir que los más culpables de toda la pasividad que reina en el Ecuador son los que nada hacen y nada les importa. Al menos dígnense en leer los diarios más allá de las páginas de deportes.

No es mi propósito desmerecer toda actuación del Gobierno actual, ya que tiene muchas que rescatar, tales como el mejoramiento de los servicios públicos, la inversión vial, en vivienda, en salud, etc. Simplemente cumplo con informarles que no se debe gobernar con un ejemplar de “El Príncipe” de Maquiavelo bajo la manga. El fin no justifica los medios, y los derechos deben ser respetados siempre, nunca ultrajados bajo la excusa de que una medida favorece a “la mayoría”. Las personas son fines no medios…

P.D. Aquí una iniciativa que demuestra un alejamiento de la apatía que nos aqueja, con relación al fraude fraguado en el Consejo Nacional Electoral afiliando a personas a diversos grupos políticos. ¡Actuemos!

* El texto de Esteban Noboa ha sido publicado originalmente en el blog El Gran Dictador