Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Sed junto a la fuente

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Graham es un norteamericano joven con un par de tiendas en Chicago donde vende sombreros fabricados artesanalmente; él mismo enseña la técnica a sus compañeros de taller, que le fueron transmitidas por el propietario original, a quien compró el negocio -a punto de liquidarse- sin más moneda de cambio que su pasión por continuarlo.

Por Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Graham es un norteamericano joven con un par de tiendas en Chicago dónde vende sombreros fabricados artesanalmente; él mismo enseña la técnica a sus compañeros de taller, que le fueron transmitidas por el propietario original, a quien compró el negocio -a punto de liquidarse- sin más moneda de cambio que su pasión por continuarlo.

Algunos años más tarde el negocio no puede ser más exitoso, y hasta Hollywood encarga sombreros en esta tienda para tocar a sus actores cuando se trata de producir películas de época. Esta historia, real dicho sea de paso, no tendría nada de especial en la tierra del American Dream, de no ser por su conexión con Ecuador: Graham viaja personalmente a Montecristi y Cuenca para comprar los tejidos del famoso “Panama” -que son de calidad incomparable, según sus propias palabras-, y los moldea y remata en su taller, pues en Ecuador no conocen la técnica, según me explica. El resultado es que estos sombreros se venden en Chicago por una cifra entre 10 y 20 veces la del sombrero del mismo material hecho en Ecuador. La diferencia está en los intangibles: el diseño de los moldes, la técnica del armado y acabado, la marca que ha construido.

La historia se repite con el cacao, el grano de café o cualquier otra materia prima, que pesa muy poco en el precio del producto final cuando en la cadena se añade conocimiento. Y el conocimiento no siempre es, como se suele creer, producto de investigación costosa en sofisticados laboratorios: las más de las veces resulta de liberar las fuerzas creativas de las personas comunes.

La puja por el bono, que se ha instalado en el centro de la campaña electoral y que desnuda una vez más las causas por las cuales Ecuador sigue siendo un país que se muere de sed junto a la fuente, me recordó nuestro sombrero de paja, tan bonito, tan apreciado, tan emblemático, y al mismo tiempo tan barato en nuestras manos… La pobreza no está en el saldo de la cuenta bancaria -lo único que cambia con el bono-, sino en la fuerza de las iniciativas, el tamaño de las metas, la resolución por hacerlas realidad. Nadie cuestiona a Graham por apreciar el valor de su sombrero de paja, que no lo vende por menos de 1500 dólares la pieza: si el mercado está dispuesto a pagarlo, tanto mejor. Este es el elemento fundamental sobre el que se asientan las economías libres, que digan lo que digan los intelectuales de cafetín -que ya estarían pensando como castigar a este gringo por “ganar demasiado”-, son en datos comprobables las más prósperas y equitativas.

Debíamos estar debatiendo sobre cómo convertir al Ecuador en una tierra de oportunidades, donde cada día se invente una nueva empresa -y con ella nuevos empleos-, no una nueva ley, donde el futuro se construya cada vez más a la medida de las amplias aspiraciones de las personas, no de los planes y asistencias de un centralizado y agigantado poder público. Desde pequeños productores, comercios artesanales, pasando por jóvenes que sueñan con el futuro en un garaje, sin más activos que su iniciativa y una idea poderosa, hasta los inversionistas de gran escala, tienen en común una necesidad: que el Estado no se interponga, ya que no ha sido capaz de facilitar las cosas.

¿Qué cómo las ha hecho más difíciles?, pues con trámites interminables, papeleos innecesarios, permisos inconsultos, controles obsesivos, aumentando la presión fiscal, la presión laboral, partiendo de la sospecha sistemática que ha llevado a cualquiera que se arriesgue a generar empleo a ser tratado como un delincuente, prisión por esto, sanción por aquello. La Asamblea de la revolución ciudadana llegó con la bandera de los derechos humanos, pero será recordada por haber producido la mayor cantidad de leyes punitivas de la historia. Lo que podría ser una vía rápida para el progreso, ha sido estropeada con chapas acostados en cada esquina, ¡símbolo tan ilustrativo de nuestras taras culturales!

El ecuatoriano tiene un grave defecto: vota generalmente mal. Pero debemos reconocer su capacidad creativa, su empuje, su persistencia. Esta es la fuente de la riqueza, que un paradigma cultural impide fluir en todo su potencial: una suerte de anemia de aspiraciones, un déficit de confianza, un pensar en diminutivo y pedir al Estado lo que falta. Y los políticos de cualquier signo, ya en el poder, llenan este vacío tan paternalmente, con visión asistencialista y clientelar. Es el peso de una psicología colectiva que ve la vida y sus posibilidades con limitación, con resignación.

Lo único que se interpone entre un destino brillante de nuestra sociedad y el mediocre buen vivir es nuestra propia idiosincrasia.

1 Comentario el Sed junto a la fuente

  1. Excelente artículo Bernardo: En lo único que discrepo es en que los ecuatorianos votamos mal. En primer lugar: no hay por quién votar, más que por lo que nos ponen como alternativas; en segundo lugar, no tenemos la culpa de que quien ha ofrecido soluciones lógicas y práctica en campaña, una vez electo se convierte en todo lo contrario. Nuestros políticos son un fraude: en campaña son unos y en el poder son otros. Recordemos al mashi que nunca dijo que iría por el rumbo de chávez.. .
    Le recomiendo escuchar un programa sobre la forma de ser de los ecuatorianos este sábado en radio Platinum (90.9 FM) 8 am.
    Yo creo que cuando podamos ponernos de pie (así como los AA) y digamos “mi nombre es tal, soy ecuatoriano y soy fiera gente” empezaremos a mejorar.

Los comentarios están cerrados.