Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Artes y oficios

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador

Los abogados llevan ventaja, con los médicos pisándoles los talones. Hablan bonito, y usualmente demasiado, tanto más mientras menos saben, de manera que el maquillaje verbal, salpicado de jerga forense incomprensible para los legos, alcanza a darle colorido y pretensión académica a su lata. Es la misma verborrea que, fragmentada y diseminada en artículos, parágrafos, incisos y códigos, componen una red de decenas de miles de leyes y reglamentos superpuestos, contradictorios y tan indescifrables que necesitan, en la lógica del círculo vicioso, de más abogados.

Bernardo Tobar
Quito, Ecuador


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Los abogados llevan ventaja, con los médicos pisándoles los talones. Hablan bonito, y usualmente demasiado, tanto más mientras menos saben, de manera que el maquillaje verbal, salpicado de jerga forense incomprensible para los legos, alcanza a darle colorido y pretensión académica a su lata. Es la misma verborrea que, fragmentada y diseminada en artículos, parágrafos, incisos y códigos, componen una red de decenas de miles de leyes y reglamentos superpuestos, contradictorios y tan indescifrables que necesitan, en la lógica del círculo vicioso, de más abogados.

Los economistas, analistas y consultores que juegan a proyectar el futuro también suelen escapar impunes al escrutinio de sus audiencias. Para cuando las predicciones han fallado o las tendencias se han rebelado contra la bola de cristal, ya nadie se acuerda de los cálculos, tan dependientes de ponderaciones y supuestos que siempre se pueden justificar las variaciones sin menoscabo de la reputación profesional.

En cuanto a los galenos, salvo casos evidentes de negligencia, no es posible evaluarlos por los resultados: si son buenos, se los atribuye al prodigio profesional; si lo contrario, a la indisciplina o debilidad del paciente. Y aunque es admirable el compromiso que supone el juramento hipocrático, no lo es tanto ver que las más de las veces una cita médica termina en la administración de venenos, esos medicamentos tan útiles para combatir los síntomas sin que nadie se ocupe de las causas -las que, por otra parte, son inmunes a la química-. Para regocijo de la farmacopea, seguimos sometidos a esos límites de colesterol, triglicéridos y más hierbas alcanzables quizás para una modelo anoréxica de pasarela, que a fuerza de gimnasio diario y una dieta de agua y vegetales logra escapar por los pelos de un fármaco para reducir los lípidos -a cambio de tomarse uno contra la depresión, naturalmente-.

Todo lo cual me lleva, para terminar, a una de las artes que más admiro: la del cocinero. En este campo el veredicto del cliente es inmediato e inapelable. No caben en este oficio esas pinturas monocromáticas e informes que obligan al observador a suplir con imaginación la pereza creativa del autor; o esas instalaciones sinfónicas en que la orquesta permanece congelada por varios minutos hasta que el silencio es roto por el aplauso de quienes fingen entender tan sofisticada y novelera forma de música sin sonido, solo comparable en materia gastronómica a colgar raspadura frente a una luz para que los comensales degusten la sombra que proyecta -expediente que el anecdotario quiteño atribuye a cierto personaje acusado de avaricia-.

A diferencia de esas minutas legales hechas de copiar y pegar, con ligeros cambios y ajustes, o de aquellas prescripciones médicas que en sus componentes esenciales parecen recetarse en serie y hacen el típico cóctel farmacéutico -en una época en que la mayoría acusa sobrepeso, estrés y, pasados los cuarenta, recurrente dolor de algo-, en la cocina no hay fórmula, proceso, balanza, cronómetro o tecnología que supla el sexto sentido del artista del fogón, cuyo toque diferencia lo aceptable de lo memorable.