Ecuador. lunes 11 de diciembre de 2017
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Bolivariano

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

En El poder político en el Ecuador, Osvaldo Hurtado señala que la evidencia histórica muestra dos posiciones políticas predominantes en el país hasta la primera mitad del siglo XX. Las dos nacen en los albores republicanos, con la Gran Colombia, entre quienes querían reforzar el rol del líder o presidente de la naciente república, endilgándole poderes inconmensurables a Simón Bolivar –de ahí que fueran denominados bolivarianos- y entre quienes creían en la división de poderes, el equilibrio institucional y en la garantía de los derechos individuales de los ciudanos, que se encontraban al alero del general Santander.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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En El poder político en el Ecuador, Osvaldo Hurtado señala que la evidencia histórica muestra dos posiciones políticas predominantes en el país hasta la primera mitad del siglo XX. Las dos nacen en los albores republicanos, con la Gran Colombia, entre quienes querían reforzar el rol del líder o presidente de la naciente república, endilgándole poderes inconmensurables a Simón Bolivar –de ahí que fueran denominados bolivarianos- y entre quienes creían en la división de poderes, el equilibrio institucional y en la garantía de los derechos individuales de los ciudanos, que se encontraban al alero del general Santander.

Tal como lo muestra Hurtado, la impronta y tensión entre los partidarios del hiperpresidencialismo de rasgos autoritarios y quienes creían en un sistema menos personalista y más apegado al respeto de los derechos individuales está tan presente en nuestra historia, que incluso es más prevalente que la confrontación entre la visión conservadora, que apoyaba los derechos políticos de la Iglesia, y la liberal, en su vertiente secularizadora. Esta matriz de dos ejes (religioso-secularizador, autoritario-no autoritario) se convierte, por la fuerza de la pervivencia de los modelos de gobierno y el proceso de secularización del poder, en un modelo de un eje que, particularmente con Rafael Correa (RC) y amén de otras consideraciones de orden regional e ideológico, reaparece reforzando el poder presidencial de manera extrema, cuando con los resultados electorales de febrero, RC copa la Asamblea y se garantiza el control de la institucionalidad estatal. En ese sentido, RC es un bolivariano de tomo y lomo.

Desde esa mirada, también se puede conjeturar que Hugo Chávez (HC) fue la personificación de lo bolivariano llevada al extremo. Como fiel apóstol de Bolívar, no es extraño pensar que el difunto ex presidente tenía en la cabeza un modelo de gobierno tal como los bolivarianos de la época del Libertador pensaban que debía funcionar. HC, en la práctica, desmadejó los enredos que enfrentó Bolívar, al iniciar un proceso de acaparamiento y control del poder. Es cierto que lo hizo por la vía del voto, pero lo que no queda muy claro es si contribuyó a perfeccionar la democracia, cuando casi dos siglos después de Bolívar, existe evidencia que soporta la idea de que la calidad democrática se mide desde el contrapeso de los poderes y la permanencia en el tiempo de las instituciones.

Lo interesante del caso es que la muerte de Bolívar, que ocurre al poco tiempo de que la Gran Colombia se escindiera por causa de las luchas de poder partidario y regionalista, da término formal a un proyecto eje –la unidad de la Gran Colombia- pero no finaliza un modelo (o idea) de gobierno. La impronta del hiperpresidencialismo autoritario de los bolivarianos se mantiene viva y muy vigente en nuestros días, rediviva gracias a HC y reproducida, en nuestro país, por RC. La pregunta clave es si los proyectos eje perduran cuando el caudillo ya no está.