Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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El periodista que murió dos veces

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador

Fausto, como decimos en Guayaquil, era resabiado. Patucho, pero con ñeque. Su historia, que ahora concluye en las páginas de la crónica roja, pasó en estos últimos años por situaciones que vale la pena contar, solo para conocimiento de todos los que lo habían olvidado, al perderse de la pantalla de televisión.

Marlon Puertas
Guayaquil, Ecuador


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Fausto, como decimos en Guayaquil, era resabiado. Patucho, pero con ñeque. Su historia, que ahora concluye en las páginas de la crónica roja, pasó en estos últimos años por situaciones que vale la pena contar, solo para conocimiento de todos los que lo habían olvidado, al perderse de la pantalla de televisión.

Se quedó desempleado. Su último trabajo estable fue en TC Televisión, de donde salió al quedarse solo, en una de esas peleas que comienzan todos unidos y terminan con el abanderado en la más absoluta soledad. Tenía una persistencia de admirar. Llamaba constantemente a quienes lo querían escuchar para decir que las cosas no funcionaban de la maravillosa forma que decían otros que funcionaban. Pocos le dieron espacio para que su voz se escuche. Peor todavía cuando el poder supremo, personificado en un hombre malo que se hace el bueno, hizo escarnio público de él, burlándose de su estatura, como que si eso lo iba a afectar, a él, que tanto le gustaba que todos le digamos Patucho.

Así que se dio modos para seguir fregando, como califican al trabajo periodístico los aludidos en los temas incómodos. Y subió al Youtube cinco videos realizados desde el balcón de su casa, al aire libre y con ese estilo, que parecía gracioso en la forma, pero que en el fondo era valiente y directo, sin rodeos. No tenía pelos en la lengua y eso, en estos tiempos de silencios prolongados y posiciones cómodas para pasar la turbulencia, es digno de resaltar y tomar en cuenta.

Mientras tanto, buscaba trabajo. Mandaba carpetas, como si se tratase de un novato, a todas partes. A canales y radios. Una vez, ya estuvieron a punto de contratarlo. Pero a última hora se hizo agua todo, porque alguien malo, muy malo, no quiso verlo nunca más en la pantalla. No en las pantallas de este país.

Así que, como no era un hombre de lamentos ni de vergüenzas, se dedicó a ganarse la vida, como se pueda. Y se puso una lavadora de carros, como antes se puso un quiosco de sánduches, y en otra ocasión, un bar nocturno de esos chéveres, donde toparse con los amigos era la mayor satisfacción. Dicen sus panas del Aguirre Abad que el Patucho era de arranque, que siempre le hizo caso a la lección que les dio su profesor Jacinto Velázquez: “Si ustedes tienen la razón, defiéndanla a muerte. No se dejen, peleen hasta el último por lo que ustedes consideren que es lo justo”.

Ahora Fausto Valdiviezo está muerto, quien sabe por qué. No era mi amigo, no soy de su generación. Pero en los últimos años lo escuché con atención porque me gusta escuchar a esos que van contra la corriente. Será un defecto, pero si todos dicen blanco, me fijo mucho más en esa voz débil y solitaria que dice, sin miedo a las patadas, negro. Esos necios, que no se rinden ni ante las circunstancias más duras, se ganan mi respeto. Por eso admiré también al general Jorge Gabela, por eso admiro a su viuda, doña Patricia Ochoa. Porque son unos necios dignos de admirar.

* Marlon Puertas es Editor Nacional del diario HOY. Su texto ha sido publicado originalmente en ese diario.