Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Hambre y subsidios

Danilo Arbilla
Madrid, España

Pasó por aquí, hace unos días, el director general de la FAO, el brasileño José Graziano da Silva, y habló sobre el hambre en el mundo. Reclamó más y más esfuerzos para acabar con ese flagelo que afecta a algo más de 850 millones de habitantes de la Tierra, pero al tiempo destacó lo logrado en las últimas dos décadas. También recordó un tema que muchos olvidan y que contribuyó a empeorar la situación, la del hambre y el empobrecimiento mundial, que es el de los subsidios agrícolas en la Comunidad Europea.

Danilo Arbilla
Madrid, España


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Pasó por aquí, hace unos días, el director general de la FAO, el brasileño José Graziano da Silva, y habló sobre el hambre en el mundo. Reclamó más y más esfuerzos para acabar con ese flagelo que afecta a algo más de 850 millones de habitantes de la Tierra, pero al tiempo destacó lo logrado en las últimas dos décadas. También recordó un tema que muchos olvidan y que contribuyó a empeorar la situación, la del hambre y el empobrecimiento mundial, que es el de los subsidios agrícolas en la Comunidad Europea.

En veinte años –de 1992 al 2002- el porcentaje de personas que padecen hambre crónica cayó del 19 al 12 por ciento –de mil millones bajó a 850 millones de habitantes-, lo que es un logro muy importante. Pero lo conseguido es mucho más si se tiene en cuenta que en 1992 la población mundial alcanzaba los 5.200 millones y veinte años después roza los 7.200 millones de habitantes. Esto quiere decir que no solo se ha conseguido mejorar la alimentación a 150 millones de habitantes –la caída experimentada en términos absolutos-, sino que se ha logrado nutrir dentro de un marco satisfactorio a dos mil millones de seres humanos que se han sumado. No es poca cosa.

El otro asunto, el de los subsidios agrícolas, también es importante que se analice con seriedad: esto es, lo que implicó esa medida dirigida a proteger a los campesinos europeos, evitando que emigraran a las ciudades, pero que empujó al hambre y al empobrecimiento al resto del campesinado del mundo, especialmente del llamado Tercer Mundo, parte del cual trató de huir hacia las ciudades, sobre todo las europeas, en busca de trabajo y un poco de pan.

Sería bueno que hoy la Europa en crisis, además de asumir esas culpas, tomara conciencia no solo de las consecuencia migratorias de los subsidios agrícolas, sino de en qué medida esas decisiones económicas voluntaristas motivaron la crisis que hoy aflige al Viejo Continente.

Los hechos son tozudos, la economía caprichosa y las soluciones no se logran por decreto. La salida no pasa por nuevas subvenciones ni por acusar de todos los males al neoliberalismo. Los subsidios agrícolas nada tienen de neoliberal y todo lo conseguido en la lucha contra el hambre se concretó tras el derrumbe del mundo socialista. Son datos de la realidad cuyo reconocimiento son el punto de partida para comenzar a superar los problemas. Si se insiste con las ficciones, las fórmulas voluntaristas, fáciles, sin algo de dolor y sacrificio y el maniqueísmo, señalando al “neoliberalismo” como el villano de la obra, es difícil que se produzcan los cambios.

El desempleo no se soluciona con seguros de paro o aumentando la plantilla de funcionarios públicos. Llega un momento en que no hay posibilidades ni lugares de donde sacar más dinero para pagarles. Los que trabajan, tarde o temprano, se cansan de pagar cada vez más para mantener a los que no lo hacen. De eso es, por ejemplo, de lo que se quejan los contribuyentes finlandeses, alemanes, holandeses. Además, las empresas se cierran, los más valiosos se van y las inversiones no llegan.

Y cuidado con el expediente fácil, de atribuir todos los males al liberalismo. Es una bandera para cualquiera; para los que solo saben esconder la cabeza, pero también para los radicalismos.

Y esto último es muy peligroso e infortunadamente es lo que se está viendo, y creciendo, en la Europa de estos días.

La extrema derecha y la extrema izquierda han tomado esas banderas: contra el Euro, contra los emigrantes, contra “la banca”, contra el imperialismo, contra el neoliberalismo. Y están sumando. Es cierto que han contado con la ayuda de muchos tontos útiles que les han preparado el terreno, pero también es cierto, y hay que reconocérselos, que son coherentes: siempre han estado en contra de la libertad.