Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Símbolos

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Parece que en este periodo de revolución ciudadana estamos abocados a redefinir de manera grandiculocuente la idea de “Patria”, y con mucho más bajo perfil, a replantear los símbolos patrióticos. Aunque no exactamente por una relectura o deconstrucción simbólica sino por el simple hecho de que dichos símbolos están desapareciendo. Uno puede quedar con la idea de que la bandera o el himno nacional difícilmente puedan desaparecer –a menos, claro, que nuestros iluminados líderes replanteen nuevas tonalidades en el pabellón nacional o nuevas letras en la canción patria, algo que a estas alturas de invenciones geniales, por más descabellado que parezca, no se puede desechar- pero lo cierto es que el cóndor que engalana nuestro escudo, en cuyo vuelo se cobija el resto de componentes que conforman este símbolo, desaparecerá de su hábitat natural en pocos años más. Ya no es solo un problema de caza ilegal, de penalizaciones o de cómo se decodifique la infracción, sino simplemente de un evento que por las leyes de las poblaciones biológicas ocurrirá más temprano que tarde.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Parece que en este periodo de revolución ciudadana estamos abocados a redefinir de manera grandiculocuente la idea de “Patria”, y con mucho más bajo perfil, a replantear los símbolos patrióticos. Aunque no exactamente por una relectura o deconstrucción simbólica sino por el simple hecho de que dichos símbolos están desapareciendo. Uno puede quedar con la idea de que la bandera o el himno nacional difícilmente puedan desaparecer –a menos, claro, que nuestros iluminados líderes replanteen nuevas tonalidades en el pabellón nacional o nuevas letras en la canción patria, algo que a estas alturas de invenciones geniales, por más descabellado que parezca, no se puede desechar- pero lo cierto es que el cóndor que engalana nuestro escudo, en cuyo vuelo se cobija el resto de componentes que conforman este símbolo, desaparecerá de su hábitat natural en pocos años más. Ya no es solo un problema de caza ilegal, de penalizaciones o de cómo se decodifique la infracción, sino simplemente de un evento que por las leyes de las poblaciones biológicas ocurrirá más temprano que tarde.

Con entre 50 o 70 ejemplares vivos, la extinción definitiva del imponente carroñero andino, en suelo ecuatorial, entró en conteo regresivo y casi irreversible. El “casi” depende exclusivamente de cuanto nos importa, no solo a este o a los sucesivos gobiernos, sino a los ecuatorianos como comunidad nacional, la permanencia de un ser que en nuestro imaginario literalmente se levanta sobre el Ecuador como una maravilla animal que está por encima de nuestra realidad cotidiana. Es lo más cercano que tenemos al cielo, a la altura de miras, a la ilusión de ir más allá de las nubes y los picos de las montañas. Aunque pocos los han visto vivos y poquísimos los han distinguido en su vuelo majestuoso, todos hemos imaginado a los cóndores en su tarea de escudriñar los parajes andinos y dimensionar, como un satélite plumífero, los contornos que conforman nuestro país.

Lo paradójico es que el darnos cuenta de la inminente desaparición del cóndor se da al mismo tiempo en que Pegaso se convierte en nuestro primer satélite nacional. Ese hito tecnológico, muy bien publicitado por el gobierno y seguramente erigido en un símbolo del futuro, se levanta en tanto los cóndores se repliegan de manera irremediable. Esta paradoja entre el avance técnico y el impacto de la actividad humana sobre la naturaleza, es sumamente cuestionadora de los valores y contravalores que subyacen en nuestra sociedad y que se manifiestan tarde o temprano en los símbolos que nos representan.

Pero lo más abrumador es que la casi irrevertible extinción del cóndor no es más que otro hito de la cadena de desapariciones (el solitario George, las tribus amazónicas), que simbolizan las pérdidas a las que en nombre del progreso, las necesidades económicas o la imposibilidad de salvación de las especies y tribus, estamos condenados y sin retorno, mientras nos enfrascamos en discusiones cuya banalidad solo atizan el sinsentido.

* El texto de Juan Jacobo Velasco ha sido publicado originalmente en el diario HOY.