Ecuador. lunes 18 de diciembre de 2017
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Realismos

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile

Una vez que el poder se fue acumulando hasta lo impensado, lo que suponía un llamado a imaginar un espacio más allá de los límites, transmutó a un llamado a configurar unos límites incuestionables, en donde el espacio de expresión no solo está delimitado sino pauteado. El sueño del discurso de comunidad, de participación ciudadana, de ámbitos de respeto a todos y en todo, fue dando lugar a la pesadilla amparada en la lógica realista del poder que se quiere perpetuar en la persecución, en las sabatinas y las cadenas, en la infalibilidad, en los limitaditos y las pobres personas, en la Ley de Comunicación, en el olvido de Duzac y Delgado, en la China, en el Plan B. Es la prosa propia de la caída de los sueños y la sobrevivencia y extensión de un poder cada vez más absoluto.

Juan Jacobo Velasco
Santiago de Chile, Chile


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Una de las grandes discusiones que planteó el fenómeno de Roberto Bolaño en la literatura latinoamericana fue el rompimiento entre el realismo “sucio” de impronta regional y alcance mundial que caracterizó la obra del autor de los Detectives salvajes, y el realismo “mágico” de la generación del Boom, con similares resultados pero lógica distinta. Mientras que el segundo mostraba una América Latina anclada en sus mezclas delirantes que tributaban a un pasado colonial-republicano marcado por lo rural y la imaginación, y en donde la prestidigitación radicaba en el desborde de los límites del lenguaje, el de Bolaño y su generación fue un realismo más duro y urbano, lleno de desasosiego, derrota y una mezcla curiosa entre brutalidad y ternura, mirando más allá de los confines del continente. Si la de los padres como “el Gabo” y Cortázar fue la literatura de los sueños que se abren con el lenguaje, alineada con la lógica política de los sesenta, la de los hijos como Bolaño era la lírica de la realidad descarnada propia de la caída de los sueños tras la crisis de los ochenta y el surgimiento del narcopoder.

Tengo la impresión de que en el gobierno de la Revolución Ciudadana (RC) la historia ha sido marcada secuencialmente por los dos realismos. El de la primera etapa fue un discurso mágico, de destrucción de un pasado aborrecible y la posibilidad de que la imaginación llegase al poder, con todo su caudal refundador, de justicia social y utopía. La literatura de la RC se escribió a través del llamado a la Asamblea Constituyente, la Constitución, la reformulación de la lógica del Estado e iniciativas como la del Yasuní, tratando de rebasar los límites de las posibilidades para volver, siempre desde la idealización, al estado de belleza que sugiere el SumakKawsay, el respeto a la naturalezay a los pueblos en reclusión voluntaria, dándoles derechos inalienables.

Pero una vez que el poder se fue acumulando hasta lo impensado, lo que suponía un llamado a imaginar un espacio más allá de los límites, transmutó a un llamado a configurar unos límites incuestionables, en donde el espacio de expresión no solo está delimitado sino pauteado. El sueño del discurso de comunidad, de participación ciudadana, de ámbitos de respeto a todos y en todo, fue dando lugar a la pesadilla amparada en la lógica realista del poder que se quiere perpetuar en la persecución, en las sabatinas y las cadenas, en la infalibilidad, en los limitaditos y las pobres personas, en la Ley de Comunicación, en el olvido de Duzac y Delgado, en la China, en el Plan B. Es la prosa propia de la caída de los sueños y la sobrevivencia y extensión de un poder cada vez más absoluto. Es el desasosiego de la resaca tras el ocaso del discurso embriagante y el emerger de la realidad concreta y “verdadera” de un poder cuyo origen y fin, cuya validación única e incuestionable, es una persona que está escribiendo la historia de este país con un realismo asfixiante.