Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Hasta siempre, Comandante

Maricruz González C.
Quito, Ecuador

Recuerdo cómo me arrepentí de haberle sugerido leer el libro a Eladio (así lo llamaré para protegerlo a él y a su mujer, que siguen en la isla). La voracidad con la que pasaba una página tras otra, su rostro de incredulidad, profunda desazón y, creí ver, una que otra lágrima, me partieron el alma. Las primeras noches de su estadía en mi casa hace no mucho, Eladio llegaba de las actividades para las que el gobierno cubano le había permitido salir y visitar Quito, y nos poníamos a charlar.

Maricruz González C.
Quito, Ecuador


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Recuerdo cómo me arrepentí de haberle sugerido leer el libro a Eladio (así lo llamaré para protegerlo a él y a su mujer, que siguen en la isla). La voracidad con la que pasaba una página tras otra, su rostro de incredulidad, profunda desazón y, creí ver, una que otra lágrima, me partieron el alma. Las primeras noches de su estadía en mi casa hace no mucho, Eladio llegaba de las actividades para las que el gobierno cubano le había permitido salir y visitar Quito, y nos poníamos a charlar. Un par de veces invité a amigos para que disfrutara algo más de “occidente”, de lo que en su tierra le estaba vedado. Charlas encantadoras, abiertas, comida, vino, whisky y un buen ron al que, increíble, tampoco tenía acceso en casa. Sinceramente me extrañó que por primera vez en su vida hubiera probado camarones.

Eso fue hasta que le sugerí que leyera la biografía del “miserable traidor”. Desde ese día lo único que quiso fue aprovechar el poco tiempo que le quedaba en Quito para devorarse esa biografía y verificarla rápidamente con las decenas de libros más sobre Fidel que están a la vista en mi biblioteca, incluidos los de un antiguo miembro del círculo fidelino, el escritor, ahora desertor, Norberto Fuentes. Eladio no se atrevía a sacar ningún libro en el día. Yo pasaba y repasaba por el sillón en que se sumió las últimas noches de su estadía, tratando de distraer su atención, de revertir de alguna forma mi voluntad de que supiera la “verdad”. ¿Para qué saber?, pensé luego, si debía regresar porque su hija, médica, no gozaba del privilegio de salir del país a menos que fuera para las misiones oficiales, como Angola, Nicaragua o Venezuela, y él no estaba dispuesto a separar a su familia. Pero no había caso, nada de lo que se me ocurrió decirle lo hizo parar la lectura. Incluso le ofrecí arrancarle la portada y empastarlo en algún sitio bajo algún título baladí. Su mirada de terror y referencia a las aduanas cubanas me hizo sentir aún más miserable.

Cuando al fin una noche levantó la cabeza y accedió a charlar, le pedí disculpas. Me dijo que de ninguna manera hubiera querido seguir sus días sin saber todo eso. Me dijo que vio transcurrir su vida a través de los capítulos de la historia que Huber Matos narra en su autobiografía. Eladio nació en 1961 –EN y, por supuesto, PARA la Revolución, con mayúscula. No conocía otra verdad, aún a pesar de su condición de intelectual. Recordó a sus padres, profesores ambos, con machete en mano y la frente en alto, con toda la fe y convicción fidelistas, yendo a la zafra, a contribuir con las supuestas 10 millones de toneladas que Fidel había prometido para 1969 y que, luego lo sabría, sería el primero de la serie de fracasos a los que el adorado comandante llevaría a su pueblo hasta dejarlo en la ruina a nombre de la Revolución. Esa zafra le costaría vidas y sudor a todo el pueblo, que creyó a pie juntillas las mentiras que le contaban su comandante y sus improvisados ministros de agricultura o economía, cargos ocupados en un inicio por un experto en esas materias como el Che. [Ningún parecido con nuestra situación es casual. Hoy en día el azúcar en Cuba apenas alcanza para el consumo local, la exportación o canje quedó en el pasado: tan bien administraron su preciosa materia prima los “expertos”].

Eladio se sabía tan de memoria las sentencias del primer ministro sobre la zafra en 1969 –cuántas veces le habrá tocado oírlas machacar en escuela, colegio y universidad, en ese tono cansón y cínico que a millones cautiva hasta la fecha–, que me recitó una: “hace falta como nunca que los trabajadores den muestras de ese espíritu, de esa actitud que han mantenido siempre de estar dispuestos a darlo todo y en esta ocasión se requiere el heroísmo silencioso y callado de todos los días… ya nunca más se volverá a tener el tiempo muerto de la época capitalista”. En 1969 todos dejaron sus hogares, hijos, casa y profesiones siguiendo la orden del comandante, al que tanto admiraban. Me contó que al leer los capítulos pasaron por su mente las consignas de siempre que en un inicio se gritaban con un fervor que, poco a poco, fue amainando, especialmente cuando Cuba dejó de percibir los 6.500 millones de dólares anuales de la despedazada URSS, y que no quedó sino para convencer a vecinos espías que no eran traidores: ¡Patria o Muerte! Atando cabos, me dijo que de repente entendió que la muerte había llegado para muchos, ahora lo sabía, en tierra, tras las rejas, en las voraces aguas o mandíbulas de tiburones caribeños para los miles (¿cuántos serían?) que osaron salir en cualquier cosa que pareciera aguantaría las 90 millas, de “ataques cardíacos” o “suicidios”.

¿Cómo puede ser? Se cogía la cabeza. ¡Pero si Huber Matos es el demonio, el traidor más grande que hubo y habrá! Sin decir nada, me levanté y fui a buscar una carta que había recibido de la fundación a la que me dirigí cuando terminé su autobiografía y no pude reprimir mis ganas de expresarle mi profunda solidaridad y admiración a ese verdadero comandante. La leyó lentamente, suspirando, como si aún no entendiera nada, o prefiriera no entender.

Hay mentes brillantes perversas. No hay cómo negarlo. Tan brillantes que logran apoderarse de seres humanos un día, un mes, un año, una década, cinco décadas. Pero para que existan mentes tan brillantes, es necesario que existan las que absorben a cabalidad esos mensajes siniestros. Resulta difícil de entender. Durante muchos años he oído a amigos y a otros elogiar a Cuba y a la revolución que, algunos dicen, han visto en sus múltiples visitas: gente feliz, la educación, la salud. ¡Cuba es maravillosa!, declaman, incluso en este milenio de internet y comunicaciones digitales. Claro que a ninguno le pareció tan maravilloso como para ir a vivir allá, pero esa es otra historia.

Las pocas veces que me atreví a contradecirles, se me tildó de pequeño burguesa, de burguesa, incluso de traidora por algunos que nunca más me dirigieron la palabra. No cejé en mis lecturas porque, más que la existencia de los dos hermanos diabólicos, me aterraba la idea de cómo personas inteligentes, supuestamente críticas, reflexivas alrededor de todo el mundo podían llegar a perder amistades por una causa que ellos juraban era propia, aunque no la hubieran vivido personalmente y para la que había cientos, millones de ejemplos que contradecían su supuesto éxito. Se obstinaban en zanjar la conversación y simplificarla con el término biológico de gusanos o el famoso embargo, sin aceptar siquiera raspar un poquito para ver algo más a fondo y averiguar en qué había gastado Fidel la plata soviética recibida año tras año durante décadas.

En 2006 yo decidí ir a visitar la isla, pero no solo a los cayos, a Varadero, a la Bodeguita del Medio, a Tropicana, al Habana Libre, al Hotel Nacional… yo quería ver la verdadera Cuba, la que había investigado durante 15 años, cosa que es muy fácil desde que se desciende del avión, no se requieren destrezas detectivescas para ver la pobreza, las y los jineteros, explotados por turistas comunes y corrientes y dirigentes de la izquierda de todo el mundo, el mercado negro, los mercados reales con el producto que el Estado haya decidido que se comerá ese día, esa semana o ese mes.

Estuve en La Habana unos diez días y, por motivos logísticos, que allá entorpecen todo, solo llegué hasta Santa Clara y, por el otro lado, a Pinar del Río. Visité la “zona zafrera”, así la llamó nuestra guía turística: medias hectáreas de caña aisladas por aquí y por allá, trabajadas por dos o tres macheteros; vi unas 15 vacas en las dos semanas de viaje, y recordé otro de los brillantes proyectos del dictador: en 1970 pronosticó que Cuba se llenaría de 5 mil expertos ganaderos [discípulos económicos y agrónomos del Che, imagino, porque para ese entonces la mayoría de la clase media y profesional había ya salido en calidad de gusanos] y que engendrarían una vaca lechera enana con la mayor producción del mundo. Como todo el que haya pedido leche en la isla sabrá, ese es un producto de lujo que (en las buenas épocas soviéticas) estaba reservado para niños de hasta 6 años; de ahí en adelante se reservó para el mercado negro y miles de madres dedicadas a intercambiar favores por media libra de leche en polvo.

Los cubanos no comen carne de res normalmente desde hace décadas. En su “reemplazo”, reciben una bola congelada mensual del tamaño de una pelota de béisbol, cuyo encendido color rosa hace pensar en puro colorante, pero nada más: nadie me supo explicar qué era eso, solo que lo llaman el picadillo.

En la casa a donde llegué, un sobrino de 27 años, llevaba ya 7 encarcelado por haberse despostado un ternero; le quedaban aún 13 años para cumplir su pena. ¿Más grave que matar a un ser humano? Con los cítricos fue algo parecido –en los 70, el gran comandante pronosticó, burlón, que su industria superaría en mucho a la de Florida. Vayan a un hotel o paladar cubano –no los españoles ni los hoteles cubanos donde los ciudadanos locales solo pueden ingresar desde hace poco, y eso para ver lo que hay con la boca abierta– y pidan, primero, pescado. Si lo logran conseguir, pidan limón y verán lo que reciben. Luego, como es difícil terminarse un plato entero, no importa qué sea, sabiendo que afuera hay cientos de personas con hambre –me impresionaron los ancianos que, por temor, como todos, nunca piden más que con la mirada–, soliciten que envuelvan lo que sobra del plato. Al principio no entendí la demora, luego ya capté que las bolsas de plástico y cualquier material de embalaje también son un lujo. Compañeritos, o algo no funciona o ustedes son cómplices de una de las mayores atrocidades que ha existido en la historia: el comunismo (otro capítulo debería dedicar a mis andanzas en los países detrás de la cortina de hierro, literal).

Pero esta nota va dirigida a Huber Matos. En la portada de la primera edición de Tusquets de su libro Cómo llegó la noche, Memorias, XIV Premio Comillas, aparece la histórica foto que, imagino, recorrió el mundo… ¿o la trucaron antes? Ese famoso 8 de enero de 1959, hacen la entrada triunfal a La Habana, en la parte delantera de en un jeep militar, los tres comandantes victoriosos: Camilo, Fidel y Huber [ya desde entonces, hasta la muerte política de Fidel, Raúl siempre estuvo en la “retaguardia”, dicen, porque lo suyo no era el liderazgo]. Diez meses más tarde, el 21 de octubre, Huber Matos sería arrestado y comenzaría para él la tortura, cárcel, vejaciones y difamación nacional y mundial que durarían 20 años: 7300 días, luego de los cuales el dictador se arrepentiría en el alma de no haberlo hecho desaparecer, como hizo con tantos otros. [Me parece que ni Huber Matos entendió la razón de que lo hubiera dejado vivo.]

Pocos días después, al enterarse del arresto de su compañero y amigo, el otro comandante, Camilo, en una nota clandestina que le hace llegar a Huber al castillo de El Morro, lugar actualmente turístico que, de poder hablar, vomitaría sangre –le dice que “la única solución es la fuga”. Cuatro días después de recibida la nota, el 30 de octubre de 1959, el gobierno difunde la noticia de que Camilo Cienfuegos desapareció en un “accidente” de aviación viajando desde Camagüey a La Habana.

La mente brillante hizo de Camilo un héroe e incluso Carlos Puebla, cómplice o no, como la mayoría de artistas de la Nueva Trova, le compuso una hermosa canción [como no podía ser de otra manera desde ese talento musical que Cuba ha mostrado a través de su historia], a la que arruina con la última frase que seguramente provino de la misma cínica mente brillante: ¿voy bien, Camilo? Desde entonces, extrañamente, “el piloto del Sea Fury que, supuestamente, despegó poco después que lo hiciese la avioneta de Cienfuegos, desapareció; el mecánico de avión que reportó que el caza británico traía una ametralladora completamente descargada, murió ese mismo día porque un automóvil lo atropelló; el pescador que declaró que había visto que un avión caza atacaba una avioneta fue conducido a La Habana para ampliar las investigaciones y no se supo más de él; el comandante Cristino Naranjo, amigo personal de Camilo y oficial de la Columna Invasora que este comandaba, que había iniciado una investigación por su cuenta, fue baleado a entrada del Campamento Libertad, porque supuestamente no se había identificado; el ejecutor, el capitán Manuel Beatón, poco después se alzó en armas contra el Gobierno en la Sierra Maestra, fue capturado y sumariamente ejecutado… Días más tarde, después de haber preparado un informe confidencial, el teniente Agustín Onidio Rumbaut murió en un ‘accidente de caza’”.

Cuando uno termina la autobiografía de Huber Matos o, en su defecto, cualquiera de las obras escritas en refugio por Norberto Fuentes, el célebre escritor Heberto Padilla, sujeto a horribles tratos por la Revolución y luego por sus colegas escritores, antiguos amigos íntimos [incluido Norberto Fuentes antes de su fuga, del cómplice Fernández Retamar y otros], la investigación de los periodistas franceses Jean-Francois Fogel y Bertrand Rosenthal, la obra del escritor desgraciadamente ya fallecido Guillermo Cabrera Infante, el libro de la propia hija del dictador, Alina Fernández, o de su hermana, Juanita Castro, la obra de la escritora Zoé Valdez, Cuba Roja del periodista español Román Orozco, la vida y obra del poeta difunto Reinaldo Arenas, del escritor Rafael Rojas, e incluso de escritores que inexplicablemente viven en la isla, como Pedro Juan Gutiérrez o el maravilloso Leonardo Padura y tantas otras decenas de escritores, o “simples” testigos, nos asalta la pregunta: ¿un solo hombre puede cambiar (para mal) las vidas de millones de personas, de varias generaciones? Yo insisto, no es solo una mente brillante maldita: son varias, tan brillantes o no, que le hacen la venia y succionan lo que de esta emana [ergo, materia-poder].

Seguramente Huber Matos y Camilo se habrán encontrado ya y, junto con José Martí, verdaderos demócratas, ellos sí, entenderán por qué pasan estas cosas en la tierra. Los tres han sido utilizados con brillantez para fines depravados –uno como enemigo acérrimo y los otros dos como héroes inmaculados– sin que ninguno pudiera hablar por sí mismo en tierra cubana. ¿Qué dirán ellos y los millares de otras víctimas cuyas historias han quedado en las tinieblas, de las loas que los gobiernos socialistas del siglo XXI derrochan para sus verdugos?