Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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El silencio/ el mar/ un perro/ la tierra de los sueños

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Una mujer como un oleaje.

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador


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Una mujer como un oleaje. Una mujer como un tronco de madera que el mar abandona en la orilla de la playa. Una mujer como un suspiro, como la nostalgia de los años más felices, como la vida cuando todo era mar y música. Una mujer que adopta un perro y sueña que sus pies ancianos recorren la arena del borde costanero.

Ella, esa mujer, esa anciana, ese conjunto de memoria, es la protagonista de ‘Silencio en la tierra de los sueños’, la obra maestra que Tito Molina ha reestrenado en los cines del país.

Toda película sobre el silencio es, en realidad, un aguerrido regreso al origen de la humanidad. Y es, también, una aclamación de la imagen como razón de ser de la mirada. Es aquello que todo poema persigue. ‘Silencio en la tierra de los sueños’ no se explica con palabras. Es algo que trasciende al ruido, a la sintaxis, a la estructura gramatical.

A veces el mar es el silencio. A veces una anciana que desde su hamaca acaricia la piel de un perro es el silencio. En esas imágenes no hacen falta palabras. Tampoco en una mujer que amarra una cinta a una olla y la lanza desde su balcón, como caña de pescar con un anzuelo para que el perro que habita la calle reciba la comida. ¿Es eso un anzuelo o un ancla?

Tomo prestadas, para describir esta epifanía, palabras de Borges: “En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultaneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es”.

Entonces transcribo, sucesivamente: ‘Silencio en la tierra de los sueños’ es una película que consigue aquello que toda obra de arte busca: la transfiguración. Tito Molina, que asume la mirada de un poeta, se adentra en la soledad de una viuda que cocina únicamente para sí misma (y para un perro), que pasa las horas mirando los alegatos de José Candelario Tres Patines, que cree recordar a qué sabe el deseo. Se adentra, el cineasta, en la desolación y el desamparo, imágenes tristes a las que él dota de sentido, de belleza, de esperanza.

Hay artistas que transforman los paisajes desolados en música o imágenes limpias. Es la fuerza, el poder, la magia de la fotografía. Las olas inevitables se encuentran unas a otras. Las envuelve la música. Música, imágenes y agua se mezclan en el mar y es como sentir la brisa oceánica, las olas, acariciándonos la piel del rostro. Las olas desatadas que limpian el pasado. Las olas que son sueños, delirios, deseos, recuerdos agolpados entre las canas y las risas.

El silencio es la contemplación de una mujer que sueña. Pero esta película es más que cine contemplativo, es un poema sobre el sentido de vivir pese a todo: a la soledad, a la ausencia, a uno mismo, a la falta de palabras. Es la parte final y total de un pentagrama: notas y acordes que dibujan en el aire la soledad.

Hay en la soledad algo sublime: la íntima exploración en uno mismo, saber para siempre quienes somos, de qué estamos hechos. Sobrevivir a la soledad es de valientes. La soledad como espacio no de derrota sino de redención, de conocimiento y sabiduría, un viaje hacia los níveos territorios del aire.

La soledad es, también, una guerra sangrienta: una mujer sola y anciana se atraganta con la comida cocinada por sus manos. La anciana tiembla, siente el recorrido salvaje y brutal del miedo a lo largo de su cuerpo. ¿Qué imágenes ve en esos instantes? ¿Piensa, acaso, que todo está perdido? Que la vida se acaba. Y queda la música. Y las olas. Y los sueños.

La película de Tito Molina es un viaje: el último, el definitivo, ese viaje digno que salvó a Machado del horror del mundo: “Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo como los hijos de la mar”.

‘Silencio en la tierra de los sueños’, poema onírico que indaga en la soledad del mar y de la Tierra, hoy preseleccionada a los premios Oscar y a los Goya, hoy evocación del silencio, hoy mar, hoy música. Es una película como una canción o como los cantos de los pájaros, algo que nos conduce a una libertad desconocida; algo, una imagen, que nos hace crecer y nos hace vivir.