Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Nuestros colegas del porvenir/la señorita Islandia del 2022/el Cotopaxi

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador

Dice David Graeber en su fabuloso libro Deuda: los primeros 5 mil años, que existe una tensión en las representaciones de los miembros de sociedades “primitivas”,  en que éstas inmediatamente asumen que, cualquier persona que no sea miembro de la comunidad, automáticamente es un enemigo, y los recuentos de europeos llenos de asombro por los actos extraordinarios de generosidad que demuestran estos “salvajes”.

Álvaro Alemán

Alvaro Alemán
Quito, Ecuador


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Dice David Graeber en su fabuloso libro Deuda: los primeros 5 mil años, que existe una tensión en las representaciones de los miembros de sociedades “primitivas”,  entre los estereotipos que las ponen a nuestro alcance, en que éstas inmediatamente asumen que, cualquier persona que no sea miembro de la comunidad, automáticamente es un enemigo, y los recuentos de europeos llenos de asombro por los actos extraordinarios de generosidad que demuestran estos “salvajes”.

Parecería que esta historia se invierte al leer que la escritora de Islandia, Bryndis Bjorgvinsdottir, al escuchar que su gobierno anuncia, frente a la reciente crisis humanitaria en Europa, que solo aceptaría a 50 refugiados sirios, se indigna e inicia una campaña en Facebook para pedir la ayuda de sus compatriotas.

En una carta abierta al Ministro de bienestar social de Islandia, la autora dice: “Los refugiados son nuestras futuras parejas, mejores amigos, medias naranjas (es mi traducción libre), los bateristas de la banda futura de nuestros hijos, nuestros colegas del porvenir, la señorita Islandia del 2022”.

El resultado: 14 mil personas, en una cifra que va en aumento, que se pronuncian. Muchos ofrecen recibir en sus hogares a los sirios, y ayudarles a ubicar hogares, vestimenta, alimentos y comida. Esto, en un país de una población de 300 mil personas.

Es notable, la presunción es que el otro es peligroso y que hay que tenerlo lejos; pero es una estrategia histórica, la generosidad. Dice Graeber, un antropólogo anarquista, como lo describen algunos, que la manera convencional de superar el peligro es por medio de un acto dramático de generosidad cuya magnificencia catapulta al adversario hacia una sociabilidad mutua. Tanto Cristóbal Colón como el Capitán Cook describen episodios en que los nativos entregan todo para más adelante invadir los barcos y proveerse de todo lo que está a su alcance hasta  finalmente detenerse ante la inminente violencia de tripulaciones que intentan re establecer las relaciones a niveles más convencionales.

Es un hecho histórico que al tratar con extraños que conllevan el potencial de violencia prevalezca una lógica de todo-o-nada, un asunto preservado en la etimología de palabras como “hostil” y “hospitalario”, ambas derivadas de la misma raíz latina. Y el vínculo radica en la comida. La raíz de la palabra hostis está en el sánscrito ghas, que significa “comer”, “consumir”. Hospes, por otro lado parece ser una palabra compuesta, que reúne el prefijo pa, de pasco, “tener razón para comer” “alimentarse”; así, hospes, “aquel que aloja a un extraño”. Es por esto, señala Graeber, que la diferencia entre amigos y enemigos se articula comúnmente en la comida—a veces la comida más humilde, común y doméstica, como en el principio familiar, tanto en Europa como en el Medio Oriente, de que los que han compartido pan y sal quedan prohibidos de hacerse daño. De hecho, aquellas cosas que existen ante todo para ser compartidas con frecuencia se convierten en cosas que no se pueden compartir con los enemigos. Entre los Nuer, por ejemplo, uno de los pueblos más generosos de la tierra, si un hombre asesina a otro, un pleito de sangre se entabla. Todos los vecinos deberán elegir uno de dos lados, y aquellos de lados opuestos quedan prohibidos de compartir alimentos con su contrario, bajo amenaza de consecuencias terribles. La inconveniencia extraordinaria que esto crea es un incentivo para negociar algún tipo de arreglo. Con la misma lógica, se dice con frecuencia que quienes comparten comida están hermanados. De aquí la historia árabe del ladrón que, mientras saqueaba una casa, introdujo un dedo en un frasco para determinar si contenía azúcar y así descubre que se trata de sal. Al enterarse de que había consumido sal en esa casa, cuidadosamente devuelve todo lo que había tomado.

El filósofo alemán Emanuel Kant describe la hospitalidad de la siguiente manera:

Hospitalidad significa el derecho del extraño/extranjero a no ser tratado como enemigo cuando arriba a la tierra de otro. Se puede negar a recibirlo cuando esto se hace posible sin causar su destrucción, pero en tanto que apaciblemente ocupe su lugar, no se le puede tratar con hostilidad. . . solo es el derecho a una permanencia temporal lo que tienen los hombres por virtud de su posesión compartida de la superficie de la tierra,  dado que en el globo terráqueo, no pueden dispersarse de manera infinita y por lo tanto deben tolerar la presencia los unos, de los otros. Originalmente, nadie tenía más derecho a la tierra que cualquier otro.

Todo esto contrasta con las palabras del presidente de España, que señala, con relación a la deuda griega: “Una cosa es ser solidario y otra es ser solidario a cambio de nada”.

La tragedia de los desplazados toca a todo el planeta y a la vez anuncia la cercanía de la condición de extranjero a todos quienes se sienten a salvo. Más cerca de nosotros, el dramático caso de la expulsión de colombianos de territorio venezolano, junto con la amenaza constante de nuestros cerros volcánicos nos pone bajo alerta, “nadie tiene más derecho a la tierra que cualquier otro”.

Los días, semanas y meses que se acercan van a poner a prueba nuestra capacidad de convivencia, nuestras reservas de hospitalidad, nuestra humanidad misma. Dicho de otra manera, y para recuperar la temática de la deuda, tendríamos que recuperar la noción de la hospitalidad como el pago de una obligación, una obligación fundamentalmente impagable, que nos pone en deuda. La vida, el cariño de nuestros seres queridos, el placer insondable de los instantes que impregnamos de sentido, la compañía de nuestros hermanos, el hálito del juego y del contacto con otras mentes son dádivas que no tienen precio, que no se pueden pagar, pero que requieren de nosotros el esfuerzo de restituir a los demás la humanidad que tan intensa y tal vez inmerecidamente hemos recibido. La deuda a pagar es así, con la eternidad y no tolera cálculo alguno. El ejemplo por ahora lo ponen los islandeses y todos bien lo sabemos. Hora de pagar.