Ecuador. Martes 28 de junio de 2016
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La feroz cabalgata de Rafael Correa

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Si no lo conociera sería claro, al menos para mí, que se deschavetó.

Que perdió los estribos. Que simplemente se le fue la teja. Pero no es eso, loco estuvo Don Quijote. Rafael Correa no está loco, sólo tiene malos amigos que lo influencian mal. Por eso, mientras escucho sus absurdas declaraciones sobre la Universidad Andina o sobre su amigo Erdogan, lo imagino cabalgando, glorioso, con la mirada perdida en el horizonte. Mientras suena, como música de fondo, la ‘Cabalgata de las Valquirias’ de Wagner.

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La cabalgata de Correa, sin embargo, huele mal. El episodio protagonizado por los secuaces del dictador Erdogan es criminal. Además de ser mundialmente conocido por su intolerancia religiosa, su desprecio a los intelectuales, su persecución a los críticos y su fanatismo islámico, el flamante amigo del presidente Correa es un irrespetuoso de la soberanía ecuatoriana. Sí, de esa soberanía, cantaleta eterna y obsesiva del canciller Patiño, emblema ridículo del correísmo para vociferar que tenemos patria. A Erdogan no le importó que tengamos patria. Le valió un pepino.

Nunca la diplomacia ecuatoriana ha sido tan devota de la vergüenza. Ricardo Patiño superó con creces a Patricio Zuquilanda, a quién yo ingenuamente consideraba el peor canciller de nuestra historia moderna. Ya pidió disculpas a Erdogan. Es decir, ya pedimos perdón como país. Perdón, señor dictador, por nuestras mujeres. Perdón por su pensamiento, por su irreverencia, por permitirles que se crean en igualdad de condiciones que los hombres. Perdón, su Excelencia, por no castigarlas, por esperar su llegada y la de sus esbirros para recién darnos cuenta de la necesidad de someterlas. Perdón, compañero Erdogan, por ensuciar los trajes y desacomodar los peinados de sus escoltas.

No me esperaba otra cosa de Patiño, ya no sorprende su verborrea. Como cuando concedió 15 días de plazo para que la Universidad Andina nombre un nuevo rector ya que la revolución no le perdona a César Montaño haber vencido a Raúl Vallejo, el escritor e intelectual correísta, el candidato prístino con el cual soñaban someter por fin a la universidad. Ya quisiera yo que Patiño renuncie en el plazo 15 días, para no sentir tanta vergüenza por el servicio exterior ecuatoriano.

Pero qué importa Patiño, a fin de cuentas donde manda capitán no manda marinero. Por eso Correa cabalga, contra el viento y en medio de la crisis. Cabalga y pregunta, frunciendo el entrecejo: “¿Qué buscaban? ¿Qué rompamos relaciones con Turquía?” Esa es su lógica. Entonces nosotros respondemos: Perdón, señor presidente, por empañar la visita del dictador Erdogan. Perdón, su Excelencia, por hacerle quedar mal con su amigo, por hacer parecer que aquí en el país se pueden protestar contra los autoritarismos, por no demostrarle al señor Erdogan que somos educaditos, que aquí sí tenemos un machote que nos pone en vereda cada vez que nos portamos alevosos o alevosas. Perdón, compañero presidente, por poner en peligro sus relaciones con Turquía. Al fin y al cabo eso es lo que importa, su amistad, no la soberanía, no los derechos humanos, no la integridad de las mujeres.

Erdogan es su carnal, su parcero, su pana. Juntos cabalgan por las grandes llanuras de las relaciones internacionales y de la vida, como antaño cabalgó Rafael Correa con Gadafi, cuando lo visitó en Libia. Y como cabalga, todo el tiempo, con Nicolás Maduro, con Daniel Ortega y con Raúl Castro, que cada vez dirige más su caballo hacia el norte del río grande. Como cabalgó, en sus tiempos, con el iraní Mahmud Ahmadinejad. Como cabalgará en pocos días con Alexander Lukachenco, el último dictador de Europa.

Esos son nuestros amigos, todos tan democráticos, respetuosos de las libertades públicas y de los derechos humanos. ¿En verdad a alguien le sorprendió la persecución a la Universidad Andina? ¡Por favor! Más bien creo que en Ecuador el gobierno ha sido benevolente. Cualquiera de los amigos autoritarios con los que cabalga el presidente Correa no hubiera concedido un plazo tan amplio, de ¡quince días!, para nombrar a un nuevo rector. ¡Bajo ningún concepto! Debemos agradecerle al presidente que no se ha dejado influenciar, por lo menos no totalmente, por sus amigos.

Lo que sí sorprende, porque las cabalgatas de Rafael Correa ya son cosas de todos los días (y ya no asustan), es que el funesto episodio haya tenido lugar en el Instituto de Altos Estudios Nacionales (IAEN). Sorprende el descuido de las formas. Es verdad, el IAEN es uno de los semilleros del ¿pensamiento? correísta, pero en todo caso sigue siendo una institución con rango de universidad. ¿Tan poco valen los espacios universitarios como para tolerar que un dictador que vino a “estrechar lazos” con el Ecuador golpee a mujeres a vista y paciencia del gobierno?

Hace pocos días, Hasan Rohani, el actual presidente de Irán visitó Italia. Fue escandalosa la decisión del gobierno italiano de tapar las esculturas griegas y romanas de los museos capitalinos, para que el huésped iraní no padezca la desazón de ver genitales humanos con sus propios ojos. También abolieron el vino. Francia, por el contrario, se negó a ocultar los máximos baluartes de su cultura y consideró que incluso el vino es parte de una ceremonia profundamente republicana, por lo que fue Hasan Rohani el que tuvo que cancelar la cena con las principales autoridades del gobierno francés y no Francia sus tradiciones libertarias.

La visita de Erdogan al Ecuador fue mucho más ofensiva que la de Rohani a Italia, no sólo por la actitud brutal y silvestre de sus gendarmes sino por la sumisión del gobierno ecuatoriano, más terrible en todos los sentidos que la del italiano, a la violencia de un dictador nefasto, que todos los días persigue y reprime el pensamiento libre en su país. Si una frase resumiría la visita de Erdogan al Ecuador esa sería: ¡Pegue patrón! Y no, en verdad Rafael Correa no cabalga y no suenan alrededor las notas de ‘El anillo de nibelungo’ de Wagner. Él corre, corre a toda prisa tras el rastro que los líderes autoritarios del mundo dejan tras de sí, con las herraduras de sus caballos. (O)

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