Ecuador. Sábado 22 de Julio de 2017
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Cumbayá me mata: el arte en nuestros días

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Para hablar de arte debemos referirnos a los orígenes de estas discusiones.

Partamos, entonces, de la deliciosa conversación que, según Platón, mantuvieron Sócrates, el filósofo, con Ion, el rapsoda que mejor y más conmovedoramente declamaba los versos de Homero en toda Grecia. Platón, en el relato de ese diálogo, subordina al arte a un poder fuera de las capacidades humanas. Ion no es consciente de lo que hace, ni cómo lo hace, pero cuando lo hace, en el ágora y a viva voz, la conmoción de los antiguos los lleva hasta las lágrimas. En los años 300 A.C., Platón propone una de las discusiones más trascendentales de la vida humana, incluso en la contemporaneidad. Todavía hay quienes, como los filósofos clásicos, alegan que la crisis y decadencia del arte consiste, justamente, en su positivización. El funcionalismo del arte que, gracias a don Andy Warhol, convirtió a la creación en un producto del mercado. La amenaza es ese hiper tecnicismo.


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El arte, el verdadero, tiene la capacidad de dar una respuesta categórica a la decadencia de nuestro tiempo y de cualquier tiempo. Creo, y para afirmarlo parafraseo las palabras de Jorge Luis Gómez en su clase de Introducción al Suicidio, que el misterio del arte es la vida humana y que, en ese sentido, el arte no es para los humildes ni para los que le temen a la vida, tampoco para los bondadosos porque no ven al individuo y viven como rebaño. El arte es de los que les sobra vida para vivir, no de los pobres de espíritu que se van a morir con miedo.

Si lo humano es la ignorancia con respecto a Dios, el entusiasmos es un concepto del saber supremo, que, según Platón, enloquece al artista. Y de ahí nace su ego. Elemento indispensable de todo proceso creativo porque no puede crear aquel que no confié enfermizamente en su talento, aquel que no se tenga fe ilimitada. En esa vanidad hay un mito sobre uno mismo, no un saber. El artista es, increíblemente, una persona que no se conoce y que desesperadamente busca verse.

El arte es lo que le da a la humanidad una mirada total de sí misma. El artista se define por el riesgo y el fracaso, que son los ingredientes indispensables del mejoramiento. El artista no puede ser el débil que esconde su debilidad tras su obra, tiene que ser fuerte como los seres que conocen el infierno y que regresan.

Lo único cierto del arte, como de la vida, es el amor. Y no se preocupen, no estoy borracho. De hecho, sobre este tema también hablaron los griegos. En El Banquete, Platón reproduce el diálogo de Sócrates con Agatón sobre el Eros y plantean la posibilidad de que el eros sea el amor a las cosas bellas y buenas que no poseemos y deseamos poseer para siempre. Pero, ¿cómo podemos alcanzar algo para siempre? Ahí es cuando Diotima le habla a Sócrates sobre la procreación en la belleza, según el cuerpo y según el alma. La segunda es la que incumbe a los artistas y es tan humana como la primera, ya que la procreación es algo inmortal e inmanente a nuestra especie. El amor, entonces, no es el deseo de lo bello sino de la generación y procreación en lo bello. De los clásicos nos viene la creencia de que todo acto de arte es en realidad un acto de amor y de vida. E incluso el arte de horror, el asco, la fealdad y lo siniestro son expresiones que, al ser humanas, no dejan de ser creaciones o procreaciones fervorosamente vivas.

La naturaleza humana busca, desesperadamente, lo inmortal y eterno. De ahí nuestros problemas. Y creo que eso es precisamente lo que jamás alcanzaremos. Hay una familia de libros que abiertamente proclaman esa necesidad de construir la memoria de la humanidad, desde experiencias íntimas que, mientras más íntimas, son más humanas. Me refiero a actos de creación que indefectiblemente son actos de amor y por tanto son arte palpitante. Le he preguntado a Lupe Rumazo, escritora exiliada y a mi juicio la mejor novelista ecuatoriana de todos los tiempos, cuál es la familia de estos libros que abiertamente pretenden crear la vida: ella piensa que es la familia de La muerte de Virgilio, de Hermann Broch. Yo creo sí, y a esa familia pertenece también Piedad Bonnett que en su libro Lo que no tiene nombre le devuelve la vida a su hijo Daniel, que cometió suicidio:

“Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme.”

Ya quiero terminar. Todas estas citas me están mareando y me siento un mal alumno de Vila-Matas o propiamente un Bartleby. Pero debo aludir a otra obra de esa familia. Me refiero a una poderosa novela de Lupe Rumazo, Carta larga sin final, que en treinta y dos capítulos, que van del 0 Celsius al 32 Fahrenheit, es decir que se mantienen en el frío absoluto, le escribe a su madre, la concertista Inés Cobo, para que siga viviendo. Hace pocos días me ha dicho Rumazo, curiosamente por vía epistolar: “Faltan las cartas, porque sólo eso era lo único importante y no todo lo que yo realizara, todo lo que hiciera y lo que pudiera significar”.

No escribimos libros, escribimos cartas desesperadas. Cartas destinadas a nosotros mismos. A explorarnos. A desgarrarnos. Cartas que mientras más íntimas y sinceras son prueba fehaciente de que la humanidad respira.

Ese, a mi juicio, es el poder de la escritura y, por ende, del arte. Descubrir en nuestra individualidad una experiencia colectiva, como el amor y la muerte, que nos han sucedido siempre y nos seguirán sucediendo hasta el último día en que un humano exista sobre la faz de la Tierra. Esta es una época de decadencia, pero es una época humana. Y todavía tenemos la memoria.

Dicen que fueron los neandertales los que, con sus cráneos enormes, podían recordarlo todo. La memoria los hacía extraordinarios. En aquella época, cuando los primeros hombres cromañón todavía vivían en las cavernas, y no se había inventado la poesía ni la nanotecnología, recibimos de nuestros antepasados este planeta. La literatura, el arte, son enfermedades que nos permiten tener conciencia de lo que ha sido nuestra administración del mundo. Hemos sido geniales en muchos sentidos. También crueles y nefastos. Pero siempre hemos estado vivos y siempre nuestros abismos, nuestras fracturas, expresadas en el arte, nos han cambiado la vida.

Bob Dylan decía que leyó en 1959 On the road y que cambió su vida como ha cambiado la vida de todos los que la han leído. En Jack Kerouac vemos un arte cuyo supremo objetivo es mirarnos a nosotros mismos, mirar al ser humano como lo hizo Dean Moriarty. Sin saberlo el hommo sapiens inventó la ficción, esencia de toda creación, para que los humanos nos reconozcamos en ella, en esas creaciones, en esas mentiras, en la verdad de esas mentiras, como diría el bueno de Vargas Llosa a quien Isabel Presley, citando a Cerati, permite dormir al amanecer entre sus piernas.

* Discurso leído en el lanzamiento de la revista de divulgación artística Líneas de expresión, de la Universidad San Francisco de Quito.