Ecuador. martes 17 de octubre de 2017
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El sátrapa solitario

Antonio Sánchez García
Caracas, Venezuela

El manoseo del término ha devaluado el concepto.

En rigor, sátrapa es el funcionario menor encargado de un territorio bajo dominio y por instrucciones de un pachá, un visir o, por añadidura, cualquier otro tirano mayor que ejerza su poder colonial sobre un territorio conquistado. Por ejemplo, Nicolás Maduro, por encargo de Raúl Castro, amo colonial cubano de la que fuera la provincia libre de Tierra Firme, otrora mejor conocida como Venezuela.


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No tiene otro sostén la satrapía de Venezuela que el ejercido desde La Habana por la tiranía castrista y sus funcionarios imperiales: por ejemplo, Ramiro Valdés. Y la cohorte de altos oficiales de sus fuerzas armadas y la pléyade de agentes del G2 que, cual la GESTAPO y las SS en Polonia o en Checoslovaquia en tiempos del nazismo hitleriano, mangonean desde las alturas de Miraflores pasando por registros y notarías hasta dominar en las mazmorras del SEBIN. Controlando, sepa Dios bajo qué preceptos, a los miles de generales, mayores y coroneles que se consideran de nacionalidad venezolana, así no sean más que serviles y aquiescentes servidores de los tiranos cubanos.

Para entender a plenitud lo que todo esto significa, hay que remitirse a la India del Protectorado Británico, a la Polonia del Tercer Reich, a la Argelia bajo hegemonía francesa y a la Indochina colonizada por la República de Francia. Con algunas notables diferencias que hacen a la situación general de todas esas satrapías: en ellas la gente no se moría de mengua, no era devorada por la sarna, no estaba entregada al asesinato colectivo ni los funcionarios de la administración se enriquecían a niveles siderales. Aunque Usted no lo crea, en ninguna de esas colonias se vivía una crisis humanitaria. Pero en todas ellas primó, por sobre el colonialismo y la abyección civil y uniformada de los obsecuentes servidores de la satrapía, el orgullo nacional, la dignidad nacionalista, el vehemente afán de independizarse. Todas ellas culminaron sus esfuerzos de dignificación nacional echando a patadas a ingleses, franceses y alemanes.

Leo sin ningún asombro que el asco que provoca la satrapía de Nicolás Maduro, de su esposa y sus sobrinos, y de todos quienes se refocilan en el entreguismo más rampante, servil y obsecuente, ha comenzado a carcomer la capacidad de aguante y compromiso de muy importantes funcionarios, políticos y servidores del colonialismo cubano. Importantes sectores de la llamada izquierda chavista comienzan a exigir lo que ya exige cualquier hijo de vecino de cualquier barriada caraqueña: la renuncia del sátrapa y el fin de la satrapía. Ya poco importa si se debe a la toma de conciencia política – que si así fuera tendría que arrastrar al principal responsable del montaje de la satrapía, Hugo Chávez, y a todos quienes se reconocen chavistas, mas no maduristas, lo que no parece ser el caso – o al reclamo ante las penurias y sufrimientos que implica carecer de medicamentos, de bienes de sustento primario, al hambre, las enfermedades y la ruindad general provocada por esta devastación bélica.

Pero sea como fuere, el sátrapa comienza a estar solo. Y entre quienes le demandan la gentileza de renunciar y desaparecer del mapa, se encuentra nada más y nada menos que José Vicente Rangel, el funcionario de más alta alcurnia con el que haya contado el golpismo chavocastrocomunista venezolano.

Lo que ya es decir mucho. Si Rangel, el más perspicaz y preparado de los políticos del chavismo colgó la franela roja, siguiendo la senda de Navarro, Giordani y tantos y tantos fieles al golpismo de la primera hora, no cabe más que concluir que la retirada del resto es inminente y que los que se aferran al ancla del barco próximo al hundimiento no son sino quienes saben del costo inconmensurable que les acarreará soltarse del lastre y quedar a la deriva.

En tal circunstancia, más les valdría ser pobres. Que las fastuosas riquezas que posee un Cabello o un Aissami, o cualquiera de los espalderos de Chávez o sus familiares, serán pruebas del delito. Del mismo modo que ya están al alcance de todo usuario de Internet o Telefonía móvil celular los programas para hacerles seguimientos a las aeronaves que atraviesen por sobre nuestros cielos, sabiendo de sus propietarios, sus destinos, hora y hangar de sus llegadas o partidas, del mismo modo ya son accesibles los programas para saber dónde se encuentran y a quienes pertenecen las fortunas mal habidas del mundo, que dejó de ser ancho y ajeno para convertirse en un pañuelo.

Ciertamente: queda el derecho a pataleo. Con un inconveniente: mientras más pataleen, peor.