Ecuador. Martes 27 de septiembre de 2016
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Yendo a la discoteca a morir

Marco Bustamante
Nueva York, Estados Unidos

Menos de una semana después de la masacre en Orlando, se repite el ciclo.

Lo primero que se nota es que la noticia aparece como encabezado en los diarios y portales de internet cada vez en posiciones menos protagónicas. La desquiciada y macabra danza política por endurecer las endebles leyes norteamericanas que regulan la venta de armas de asalto a civiles –usadas por soldados en el campo de batalla– se reactiva una vez mas, también uno se da cuenta. Si no se logró cambio alguno después de la matanza en diciembre del 2012 en la escuela primaria de Newtown, Connecticut, en donde veinte de sus pequeños estudiantes fueron asesinados, ¿qué se puede esperar esta vez, dicen los cínicos, cuando las víctimas son la mayoría de origen racial minoritario, y además, homosexuales?

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Sucede que el poder de la Asociación Nacional del Rifle, NRA, por sus siglas en inglés, es penetrante. Sigue una bien trazada estrategia. El costo para hacerse miembro apenas cuesta veinte dolares anuales por una suscripcion por cinco años. Con este mínimo desembolso, han logrado reclutar a mas de cinco millones de miembros. (Aunque este número es foco de discusión). Su cabildeo es también intenso, extenso, y desafiante al sentido común. Para un voto en el Senado norteamericano en diciembre pasado a fin de –prepárense– prohibir que aquellos que están en la lista de terroristas no puedan adquirir armas de fuego, y para iniciar un universal chequeo de antecedentes a los potenciales compradores– invirtieron cerca de cuarenta millones de dólares, casi la totalidad para senadores republicanos. Las medidas fueron denegadas. Tal es su poder, que los cementerios políticos están llenos de lápidas con los nombres de representantes y senadores que se han opuesto a sus designios. Esto explica la inercia legislativa pese a docenas de matanzas similares a la de Orlando en los últimos diez años.

En los Estados Unidos, mueren cerca de treinta mil hombres, mujeres y ninos cada año por armas de fuego. La también influyente Asociación Médica Norteamericana, luego de lo sucedido en Orlando, ha declarado a esta violencia armada como una crisis de salud pública sin parangón. La actual legislación, recuerda el gremio médico, prohíbe que el gubernamental Centro de Control de Enfermedades, en Atlanta, siquiera haga estudios sobre el tema. Según investigaciones independientes, entre 1983 y el 2013, los Estados Unidos han registrado setenta y ocho atentados en masa, mientras que otros veinticuatro países industrializados han tenido, en total 41. En otras palabras, el 66% de estos incidentes tuvieron lugar en suelo norteamericano. Estudios no gubernamentales revelan que hay correlación positiva entre los asesinatos en masa y las tasas de propiedad de armas. Los Estados Unidos, en efecto, tienen la tasa más alta, con 88 armas por cien habitantes. El segundo y distante puesto, lo tiene Suiza, con 45.7.

Pero la NRA se defiende con argumentos que oscilan entre eslogans hasta la evidencia empírica. Aducen que “las armas no matan gente. La gente mata gente”; que “lo mejor para detener a un mal hombre con una pistola, es un buen hombre con otra pistola”; (trágicamente, el buen hombre y guardia de seguridad armado, a la entrada de de la discoteca en Orlando, no pudo detener al terrorista); que este último había sido, no una, sino dos veces investigado por el FBI y fue descartado como sospechoso; y recuerdan que, pese a las más restrictivas leyes francesas y belgas, estas no impidieron los recientes ataques terroristas en su suelo.

Tal vez por la magnitud récord en pérdida de vidas, y por la proximidad de las elecciones presidenciales, nadie menos que el posible candidato republicano Donald Trump, ha decidido cambiar su posición. Propone que aquellos que están en la lista de terroristas no puedan comprar armas, una alternativa en discordia con las opiniones de los republicanos y la NRA. Pero una golondrina no hace verano. Como dice el reciente editorial del New York Times, “los cabilderos de la industria de las armas tal vez estén más allá de la razón, pero los legisladores tienen el deber de responder a sus mandantes. Desafortunadamente, después de cada nueva masacre, demasiados (legisladores) ofrecen nada más que condolencias y momentos de silencio. Ese silencio nos esta matando”.

Solamente queda esperar que la pérdida de cerca de media centena de inocentes que fueron a la discoteca a morir, esta vez no sea en vano. Las sociedades, los imperios, se corroen desde dentro hacia afuera, no viceversa. El lograr leyes que normalicen y regenten la virtualmente descontrolada compra-venta de armas en los Estados Unidos es ahora una prioridad impostergable.

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