Ecuador. Jueves 8 de diciembre de 2016
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“Revólver escorpión” o el poema como amenaza de sí mismo

Javier Aguirre Negrete
Quito, Ecuador

La pregunta ¿qué es la poesía?, suscita otra inquietud -sino menos grave, al menos sí más urgente-: ¿qué es un disparo?, o bien ¿qué implica disparar? El arma, el aguijón, ¿hacia qué se dispara?

Una primera respuesta podría situarse en el vértigo de la imagen de lo uno proyectada en espejo; este, como materia que simula o pretende simular la repetición, tiene algo que deriva del mismo zócalo que sostiene la acción de disparar: la fijación de un objetivo. Solo que aquí, y en eso posa su novedad, el objetivo no es en absoluto claro. Lo que se proyecta acontece en las palabras como un reflejo inverso, inexacto. Sabemos que la imagen común que el espejo muestra es siempre una figura distorsionada, su particularidad está precisamente en manifestar lo mismo como proyección, obsesión ajena -puesto que eso mismo no se muestra en su plano íntegro, pertenece ya a otra instancia-. Ante esto, uno podría preguntarse: ¿no es quizá el poema esa incisión del espacio que crea para mostrarse a sí mismo (aunque lo que muestre sea un despliegue infinito de esas otras cosas) y así confundirse reiteradamente en su propia imagen? ¿Se encuentra ahí el disparo?

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Quizá la voz poética de Juan Romero Vinueza nos direcciona (disecciona) hacia esa singularidad que ha mantenido la poesía (y me atrevería a decir, el lenguaje) de constituirse en esa variabilidad inherente del límite de sí mismo: el poema “es luz, miedo, un agua / es azul, verde o color nube / y en esa lluvia interminable / todo llega”, “es un fruto con conciencia materializado en una no-cara”. Allí la palabra hace a su vez de reflejo y lo que está siendo reflejado, es fuente primaria y diagrama del poema; en ella todo se presenta y se difumina. Ya no importa si es secuencial o si sucede a la vez, porque sobrevive/muere/yace en un pozo heterogéneo, políglota, y al mismo tiempo situado, simulado, inventado, reconocido en múltiples instancias: “¿la ves? ¿o el espejo se esfumó? / a veces veo el sol, la muerte, quizá un sexo / senderos difuminados, tierra de Útopo, / una chica muerta, dos deseos negros / d’où est-ce que le verbe vient? / everywhere”.

La palabra, la escritura, el lenguaje, el poema, jamás empieza, es múltiple, está en todos lados. ¿Cómo podría, entonces, plantearse la relación de una amenaza, de la muerte, en algo que no tiene origen y permanece diseminado? En la dolencia que exhibe la voz poética, el poema, su soberanía, no solo se impone, no solo dispara hacia el individuo, la muerte es tal que no se presenta simplemente en la finalidad o su fijación teleológica. El poema se autoconstruye en el reflejo de su terquedad no únicamente al reducir la conciencia del sujeto al espacio del espejo de las palabras, sino en la cuestión de la muerte como límite-vector, es decir -explicación que ya no utilizaría las palabras correctas-, como contorno: “en realidad he descubierto que un rostro no es más que un límite // que unos ojos pueden darte instrucciones // por ejemplo: no matarás // aún”. La muerte se significa en tanto vector, poco importa lo que hay detrás o lo que va por delante, no importa su sentido sino su dirección, sólo hay un rastro infinito del límite: “el sol quiere huir / se pierde en el color / más neutro de la tarde / le da una tonalidad de olvido / [escapar de la realidad es un juego de infantes / y yo tengo miedo de envejecer tanto como el sol] / mi piel es una flor que no para de morir / una arruga gigante pintada en un espejo”.

Alguien, que podría jugar de astuto, diría: pero la posibilidad de ser herido es mínima, ¿realmente dispara? Y otra voz, quizá más, quizá menos astuta, dependiendo del caso de la recepción de su enunciado, respondería: si has sentido el balazo, poco importa si mueres o no.

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