Ecuador. Viernes 18 de Agosto de 2017
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Yo creo en la desigualdad

Ludovico Garcés
Guayaquil, Ecuador

“El hombre es un lobo para el hombre” decía Hobbes, analogía de como concebía la naturaleza humana: egoísta, perversa, buscando siempre el interés personal a toda costa.

Es imposible disociar esta base filosófica de las bases sobre las que se irgue el absolutismo político, el totalitarismo y toda forma de imposición de un modelo de estado que le diga a las personas cuál es el camino del bien común; tiene sentido relacionar que “el hombre es malo por naturaleza” con la necesidad de un estado paternalista que le diga a ese hombre cómo comportarse, cómo pensar y qué debe hacer para alejarse de ese perverso instinto que tarde o temprano terminará por traicionarle.


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Si la célula de una sociedad (el individuo) es malo por naturaleza entonces la sociedad está irremediablemente condenada, contaminada; a no ser por supuesto que esta sea conducida por un líder que le enseñe el camino hacia la virtud, el camino hacia convertirse en “El nuevo hombre”, sin ambiciones, que sólo piensa en el bien común, ese hombre que describen Marx y Engels en el ”Manifiesto comunista” (1848), este es el origen de lo que yo llamo “Igualdad indeterminada” o a lo que a los marxistas prefieren llamar “igualdad”.

Cuando se discute sobre igualdad este concepto llega a ser tan abstracto como absoluto. Se basta en sí mismo para terminar cualquier conversación dejando a un héroe y un villano como resultado, siendo siempre el defensor de “la igualdad” el ganador de la contienda. No puede haber maldad en defender la igualdad, finalmente defender la igualdad es defender la virtud, porque, vivimos en sociedades donde la igualdad indeterminada y la virtud se confunden como sinónimos. Contrario a lo que se dice, una mentira dicha 100 veces nunca se convierte en verdad, se puede convertir en hábito, en dogma y hasta en religión pero esto no la convierte en una verdad que pueda ser sostenida y comprobada científicamente.

Hablemos de pobreza, es común escuchar que “el origen de la pobreza es la desigualdad”. Por correspondencia lógica si la desigualdad es el problema entonces la igualdad es la solución, pero ¿qué pasa si esto no es más que una falacia?, ¿qué pasa si el origen de la pobreza no es la desigualdad sino ausencia de riqueza? Al analizar la disminución de la pobreza en los últimos 200 años podremos notar que hace 200 años la expectativa mundial de vida era mucho menor y la cantidad de personas que vivían bajo el umbral de la pobreza era dramáticamente mayor. Avances científicos y tecnológicos han ido transformando esta realidad,sin embargo hay un componente interesante: hace 200 años la humanidad era mucho menos desigual, el 75% vivía bajo el umbral de la pobreza, eran igualmente pobres. Bajo el principio de igualdad indeterminada podríamos afirmar que existía un estado de bienestar universal, no porque todos estaban bien, sino porque estaban más iguales.

No vayamos tan lejos, pensemos en realidades más cercanas como Cuba o Venezuela, donde sin importar que no existan garantías de derechos humanos fundamentales, sin importar que la vida y la libertad valgan menos que una funda de harina pan o una libra de azúcar, aún hay cosas que rescatar porque “todos van a la universidad”, “todos tienen salud”, o porque simplemente son menos desiguales. Y si, en Cuba y Venezuela se vive igualdad, todos tienen hambre por igual, la vida de todos corre peligro por igual, se puede tener miedo por igual de oponerse a las dictaduras que les gobiernan.

Es que, dos personas pueden tener un salario desigual y que a la vez alcance para cubrir sus necesidades y las de su familia de forma digna; así mismo dos personas pueden tener un salario igual y que este sea igual de insignificante y no les permita cubrir ni siquiera sus necesidades básicas de alimento y vivienda.

Creo en la desigualdad, no como una validación de la explotación laboral, el racismo, sexismo, homofobia o cualquier tipo de segregación; seamos iguales donde tengamos que serlo realmente, ante la ley, “en derechos y dignidad” como reza el Art. 1 de la Declaración Universal de DDHH, seamos iguales ante el Estado de Derecho, gocemos de igualdad en el acceso libre a seguridad y justicia como la única forma de garantizar esos Derechos Humanos que tanto se promulgan y tan poco se respetan, pero no iguales indeterminadamente, no iguales “porque sí”.

Si el origen de la pobreza no es la desigualdad sino la ausencia de riqueza ¿cuál es la solución? ¡Buenas noticias! La solución existe y está literalmente AL ALCANCE DE NUESTRAS MANOS. La solución viene funcionando de forma sostenida y exponencial a los largo de los años, y contrario a lo que la teoría de la igualdad indeterminada nos dice, hoy el mundo está mejor que nunca, cada año el índice de pobreza mundial se reduce, cada vez son más las personas que en desigualdad pueden tener y dar a sus familias una vida digna. ¿Cómo? En esto concuerdan la gran mayoría de los estudiosos de la economía desde Adam Smith (1776) hasta el Banco mundial (2006), el consenso es que la riqueza de las naciones está en el capital intangible de las mismas, el capital humano y la calidad de las instituciones formales e informales. Pero dejemos esto segundo para otro debate y centrémonos en el capital humano, en la gente. No es sino la gente la única fuente de progreso, desarrollo y bienestar para la gente. Somos todos y cada uno de nosotros, desiguales por excelencia pero igual de capaces a través de nuestras habilidades desiguales, talentos desiguales y nuestro desigual ingenio quienes podemos generar las condiciones idóneas para hacer de este mundo un lugar cada vez más próspero, y ya lo estamos logrando.

Aquí otra buena noticia, ¿recuerdan a “Hobbes” describiendo al hombre MALO por naturaleza? Recientes estudios científicos encabezados por Matthieu Ricard Doctor en genética celular y monje tibetano dicen lo contrario. Hoy la ciencia viene a corroborar lo que Rousseau afirmaba sobre el hombre “bueno por naturaleza”. El estudio describe cómo aún desde los primeros meses de vida el hombre poseee un instinto natural por hacer el bien y beneficiar a otros a través de sus acciones aún sin recibir (aparentemente) nada a cambio. Este instinto está relacionado con nuestra naturaleza egoísta (así como lo leen), no con un egoísmo perverso y mal intencionado como se suele entender, sino con un egoísmo que encuentra satisfacción personal a través del reconocimiento propio y colectivo por “hacer el bien”, tema amplísimo y por demás interesante que les recomiendo conocer a través del documental “The altruist revolution”.