Ecuador. sábado 23 de septiembre de 2017
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Vikingos y corrupción

Jaime Durán Barba
Buenos Aires, Argentina

Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia aparecen en todos los estudios como los países menos corruptos, más desarrollados, y más felices del mundo.

Vale la pena preguntarse porqué los descendientes de los vikingos que asolaron Europa y se hicieron famosos por su violencia devinieron en modelos del mundo civilizado.


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En 1850 estalló en Europa una brutal crisis económica y social fruto de los estragos que produjo la Revolución Industrial, potenciados por las enfermedades de algunas plantas que detonaron a partir de la enfermedad de la papa en Irlanda. Millones de europeos murieron de hambre y muchos tuvieron que huir de sus países. La mayor migración de la historia de la humanidad se dirigió a Canadá, los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia y también a dos países latinoamericanos muy ricos, a los que italianos y españoles venían para “hacer la América”, y volver con ahorros a sus tierras de origen: Argentina y Cuba. Los países nórdicos eran muy pobres. Casi el 50% de suecos y porcentajes parecidos de escandinavos emigraron rumbo a Estados Unidos y Brasil.

Fue después de ese amargo trance cuando estos países iniciaron la construcción de lo que hoy son, desarrollando culturas que no se basan en el miedo y la imposición y no se mantienen gracias al terror, la imposición y la guerra sino con convicciones y valores.

En 1983, asistí a una demostración de activistas de izquierda nórdicos que celebraba en Estocolmo a propósito de la entrega del Right Livelihood Award, el Premio Nobel alternativo. Quería acompañar al “anti Nobel” de ese año, Manfred Max Neff, quien fue mi profesor en el filosofado de los jesuitas, en donde dictó un seminario de lógica usando como texto Alicia en el país de las maravillas.

La protesta sorprendía por su organización. Los asistentes recibimos un plano y un programa con horas definidas: saldríamos del lugar de la convocatoria a las siete de la noche, teníamos 25 minutos para llegar a la isla de Helgeandholmen en donde se encuentra el Riksdag. Durante 30 minutos podríamos gritar en contra del gobierno y de los Premios Nobeles burgueses que se habían otorgado la víspera. 20 minutos después debíamos llegar al lugar en el que se celebraría nuestra concentración. Tuvimos siempre protección policial para que nadie moleste a una manifestación mal vista por la mayoría, que estaba autorizada para marchar por una avenida, pero que se detenía cuando un semáforo se ponía en rojo porque no podía interrumpir el tránsito de otras arterias.

En un país en el que los grupos más extremistas son tan ordenados, la corrupción de los funcionarios públicos es imposible aunque la ley la castigue con penas muy bajas. En ninguno de esos países existió un mani pulite como el italiano, ni candidatos que combatan la corrupción para conseguir votos. La transparencia existe porque los ciudadanos han interiorizado normas con cuyo respeto creen que pueden vivir mejor. La corrupción más que un delito, es un comportamiento socialmente inadmisible. Si alguien comete actos corruptos, su esposa y sus hijos, sus amigos y la sociedad lo rechaza.

La gente común ve mal la exhibición de riqueza o de poder, desprecia la prepotencia, se ríe de los violentos. En ese entonces era posible encontrarse con el primer ministro Olof Palme en el subterráneo, dirigiéndose a sus oficinas sin escolta. Las sociedades nórdicas están construidas sobre el respeto al que piensa distinto, a la diversidad, a la paz.

Hace dos años en Islandia, la Sociedad de Amigos de la Lava logró un fallo de la Corte de Suprema de Justicia para suspender la construcción de una autopista en la península de Alftanes, cerca de Reikjavik, porque podía afectar a una roca de setenta toneladas que según los aldeanos era frecuentada por elfos y duendes. Cientos de personas pidieron que se suspendiera la construcción, hasta que una vecina convenció a los duendes de que se podía trasladar la roca a otro sitio, cumpliendo con algunas condiciones aceptables que impusieron. Cuando se respeta los derechos hasta de los duendes, no puede existir la corrupción propia de sociedades anómicas.