Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Liu Xiaobo

Fernando Balseca
Quito, Ecuador

Es de no creer que en pleno siglo XXI una persona muera porque sus palabras son consideradas crímenes por el poder político.

Pero esto mismo es lo que sucedió con Liu Xiaobo (1955-2017), quien murió el 13 de julio pasado en las cárceles de la República Popular China, uno de los íntimos socios comerciales de la revolución ciudadana. Mientras que para las élites chinas, Liu tenía un historial delictivo que lo llevó a ser recluido varias veces, para una parte de su pueblo y de la comunidad internacional, en cambio, fue un defensor de las libertades y los derechos humanos dentro de un sistema despiadado.


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Aún seguimos preguntándonos si pensar por uno mismo es un valor. Parece que sí lo es. En China las personas no pueden tener opiniones contrarias a las del Partido Comunista, y por eso murió Liu: por las palabras que pronunció y escribió este ciudadano que tenía un doctorado en literatura china y que se dedicaba a la crítica literaria, a escribir poemas y a defender los derechos humanos de los chinos. Liu fue despreciado por los escritores oficiales, de quienes dijo: “Ellos no pueden escribir con creatividad –simplemente no tienen esta habilidad– porque sus mismas vidas no les pertenecen”.

Liu participó en la huelga de hambre estudiantil el 2 de junio de 1989. Dos días después, cuando los tanques rodaban hacia la plaza de Tiananmen y fue evidente la vocación asesina del gobierno, Liu negoció con los militares una retirada pacífica del lugar. El régimen lo calificó como la mano negra de la ‘revuelta contrarrevolucionaria’. Estuvo dieciséis meses en prisión. Liberado en enero de 1991, escribió ensayos que abogaban por la democracia. Le prohibieron publicar en China; por eso, periódicos de Hong Kong y revistas electrónicas reprodujeron los escritos del disidente más notorio dentro de China.

En 1995 fue nuevamente arrestado por siete meses, sin conocerse la causa. Tal vez fue porque había pedido repetidamente que el gobierno chino reconociera que la masacre de Tiananmen había sido un gravísimo error. En octubre de 1996 fue enviado a un campo de reeducación. En prisión se casó con la poeta y fotógrafa Liu Xia. Liberado en 1999, sin haberse reeducado, en 2003 fue elegido presidente del PEN chino y no se sometió a los dictados de las autoridades. Desde entonces fue vigilado permanentemente y matones de paisano le dieron palizas en su casa. En 2008 fue preso “por incitar a subvertir el poder del Estado”.

En la alocución ante la corte que lo juzgó en 2009 y lo condenó a once años de prisión, manifestó: “No tengo enemigos, no conozco el odio”. Liu fue uno de los firmantes de la Carta 08, que exigía el fin del sistema de partido único en China. No pudo recoger el Premio Nobel de Paz de 2010. A sus jueces les dijo: “El odio puede erosionar la inteligencia de una persona y su conciencia. La mentalidad de enemigos va a envenenar el espíritu de una nación, incitar crueles luchas, destruir la tolerancia de la sociedad y la humanidad, y obstaculizar el progreso de una nación hacia la libertad y la democracia”. (O)