Ecuador. miércoles 22 de noviembre de 2017
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El cabecilla de la banda

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

Pocas veces ha habido tantas pruebas sobre la existencia de una organización delictiva para la comisión de delitos contra la Administración Pública, y tantas pruebas de que en efecto se cometieron dichos delitos, como en el caso Odebrecht.

Hubo la participación de varios altos funcionarios del Estado, de no pocos empresarios, y de múltiples agentes instrumentales, tanto en el Ecuador como en el exterior. Se usó la soberanía del Ecuador –esa por la que se rasgaban sus vestiduras cada sábado– y se manipuló la jurisdicción del Estado y sus instituciones para darle una careta de legalidad al enriquecimiento de una banda de maleantes.


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Las evidencias son tan concluyentes, tan numerosas, tan graves y hasta tan grotescas, si se quiere, que el país sigue sin comprender el porqué del escaso número de acusados, de la lentitud de los procesos, y, sobre todo, de la lenidad de los cargos imputados a los principales responsables de ciertos casos. Hay contratistas que hasta se han dado el lujo de devolverle al Estado dineros recibidos, según ellos, por desconocidos y como “cortesía”, y que andan muy orondos. Pero lo que más asombra es que el jefe de esta maquinaria de corrupción, aquel que controlaba todos los poderes del Estado, aquel que todo lo sabía y al que nada se le escapaba, aquel que mantenía una red de espionaje escalofriante, y que hasta se jactaba de ser un dictador, no haya sido ni siquiera llamado a declarar como testigo sobre la existencia de la más grande red de corrupción que ha habido, y que fue organizada y alcanzó su plenitud durante su mandato.

En otros contextos, ante situaciones de conductas delictivas ocurridas en el seno de organizaciones, empresas o instituciones, lo primero que se hace es recabar la declaración de quien las lidera. Más aún en este caso donde hay delaciones incriminatorias y evidencias de decretos ejecutivos, reglamentos, oficios, declaraciones públicas y otros actos de gobierno sin los cuales dicha red de corrupción jamás habría existido. Basta pensar en por qué y cómo regresó Odebrecht luego de haber sido expulsada por ser una empresa corrupta. ¿O es que piensan que vamos a creernos que el exdictador nada sabía de lo que estaba ocurriendo, y que se pasó diez años cazando mariposas en los bosques encantados mientras saqueaban al país? ¿En serio creen que los ecuatorianos son tan estúpidos? Y no es solo Odebrecht. Es la comercialización del petróleo, las hidroeléctricas, los dineros del IESS, la entrega de pozos petroleros, las carreteras, etc. Son alrededor de 30.000 millones de dólares.

La esperanza que tienen los ecuatorianos de verlo preso al jefe de esta mafia puede quedarse en eso –en simple esperanza, nomás– si no hay una actitud más decisiva y activa de la sociedad. El presidente ha dicho que él respeta la independencia de los poderes; y está bien. Sin embargo, el problema es que buena parte de esos poderes sigue en manos del jefe de la mafia. Y él debería saberlo. (O)