Ecuador. miércoles 22 de noviembre de 2017
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El regreso de los agelastas

Simón Ordóñez Cordero
Quito, Ecuador

La Segunda Guerra Mundial había terminado.

Los países de la Europa del Este fueron subyugados por una nueva fe que venía desde la Unión Soviética y muy pronto también allí se instauraron regímenes comunistas. Gracias al enorme entusiasmo que generó la derrota de Hitler y del fascismo, esos regímenes recibieron el respaldo casi unánime de gran parte de sus sociedades y de los movimientos e intelectuales de la izquierda mundial. Grandes marchas, festivales de la juventud, corros, música y consignas se repetían incansablemente; en las calles y plazas de ciudades y pueblos, no dejaban de oírse los cantos que festejaban el advenimiento del nuevo mundo donde la igualdad y la paz al fin florecerían.


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Ese mundo, dice Kundera, “era rígidamente serio, y lo extraño de aquella seriedad era que no ponía mala cara, sino que tenía el aspecto de sonrisa; sí, aquellos años afirmaban ser los más alegres de todos los años y quien quiera que no se alegrara era inmediatamente sospechoso de estar entristecido por la victoria de la clase obrera o (lo cual no era delito menor) de estar individualistamente sumergido en sus tristezas interiores.”

Construir el mundo nuevo demandaba optimismo y seriedad y, por lo mismo, la ironía, el humor y la duda habían sido desterrados. Y fue precisamente la profunda seriedad de un mundo en donde una sola verdad es posible, la que trajo la desgracia a mucha gente. Ese es el caso de Ludvik, el personaje principal de La Broma, que al verse contrariado en sus deseos amorosos decide escribir a su chica, para provocarla, una postal llena de ironía política: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotsky!”.

Ese texto, de una “incorrección política” absoluta para el espíritu dogmático de ese tiempo, llegó a conocimiento de sus compañeros del Partido. Muy pronto Ludvik fue juzgado durante una reunión de sus camaradas; a partir de allí, ya nunca podría olvidar el entusiasmo con que sus compañeros y condiscípulos levantaron los brazos para votar y aprobar su condena. Fue expulsado del Partido y de la Universidad, y desde entonces su vida fue la de un paria o un excluido. Una broma tonta, producto de una contrariedad amorosa, había sido motivo suficiente para su condena, pero ese mismo hecho sirvió también para revelarle la profunda maldad de las ideologías totalitarias que, en este caso, se expresaba en la imagen de un grupo de personas que levantan sus manos, votan y juzgan, y con ello deciden el futuro, la vida y la muerte de mucha gente. Condenando a Ludvik, ellos rendían homenaje al Partido y al espíritu de su tiempo y, de paso, confirmaban su propia pureza y su superioridad moral.

En La insoportable levedad del ser, Kundera vuelve sobre el mismo tema aunque con algunas variaciones. Sabina, su personaje más libre y bello, ha huido de Checoslovaquia luego de la invasión de los tanques rusos. Se encuentra en Suiza y es permanentemente convocada a unirse a la resistencia checa en el extranjero. En algún momento le invitan a una marcha de protesta contra la invasión, pero ella duda y al final se niega. Ante la extrañeza de quienes la invitaban, ella “…tenía ganas de decirles que detrás del comunismo, del fascismo, de todas las ocupaciones y las invasiones, se esconde un mal más básico y general; para ella la imagen de ese mal es una manifestación de personas que marchan, levantan los brazos y gritan al unísono las mismas sílabas”. El gran mal es, desde esa perspectiva, la univocidad del mundo; la creencia, de unos u otros, de que poseen la verdad y de que, en nombre de ella, tienen el derecho de imponerla a los otros, o de condenarlos; de reformar a quienes no la compartan, o de hacer que la acepten por imposición o por miedo.

He traído a colación estos pasajes de las novelas de Milan Kundera porque pienso que hay aspectos de la existencia humana que solo pueden ser iluminados y vistos en su complejidad por la literatura. Y los he traído a propósito de las marchas organizadas por grupos de integristas católicos, pero también por la respuesta que ellas han tenido y tienen desde lo que también puede llamarse el integrismo de algunos grupos feministas y LGBTI.

Se ha escrito mucho sobre esto, y la mayoría de intelectuales y colegas que lo han hecho, coinciden en señalar el carácter profundamente conservador de las marchas y las perniciosas implicaciones que ellas podrían tener respecto de la igualdad de derechos de todos los grupos de la sociedad. Sus demandas pueden vulnerar, es cierto, los principios básicos de igualdad ante la ley pues tienden a negar la existencia de seres humanos con historias particulares, con experiencias diferentes, que aman de distintas maneras, que piensan de otro modo y profesan otras creencias.

Coincido plenamente con esa parte de la crítica. Sin embargo, quizá por esa forma de pensamiento autoritario en que se ha convertido lo “políticamente correcto” y por los excesos de sensibilidad de ciertos grupos, casi nada han dicho de la belicosidad y el autoritarismo de discursos y acciones de los grupos más radicales del feminismo y los LGBTI.

Los integrismos de los dos lados comparten una visión dualista del mundo, no reconocen puntos intermedios ni ambivalencias, pues para ellos solo existen el mal o el bien absoluto. Allí la ambigüedad ha sido suprimida y el maniqueísmo triunfa como siempre ocurre con fanáticos y fundamentalistas que jamás dudan de sus convicciones, aunque ellas puedan provocar tragedias humanas.
Algo de eso es lo que sucedió cuando los integristas católicos que manejaron el Plan Familia prohibieron la educación sexual y el uso de anticonceptivos, con lo cual expusieron a las adolescentes más pobres y menos educadas del país a embarazos no deseados que sólo contribuyeron a reforzar el círculo perverso de la pobreza. O antes, cuando negaron el uso de preservativos en los países más pobres del mundo, justamente cuando la epidemia del SIDA generaba mortandades de espanto.

Pero también deben preocuparnos profundamente las imágenes que circularon hace poco. En ellas se ve la marcha de un grupo de feministas radicales argentinas que gritan consignas enardecidas, que pintan consignas de odio, que agreden, se burlan y humillan a un grupo de muchachos que tratan de proteger una iglesia que ellas intentan quemar. Y aunque la comparación es muy dura, al ver esas imágenes no pude dejar de recordar lo que hicieron los talibanes con las fabulosas estatuas y templos budistas, o los nazis con las sinagogas y los judíos, cuando apenas empezaba lo que después terminó en una de las mayores tragedias del siglo veinte.

Esa dualidad perversa que consiste en asumir al mundo como si en él solo cupiesen el mal o el bien absolutos y una única verdad, conlleva necesariamente un doble rasero y una doble moral para juzgar las cosas. Los unos callan y protegen a los pederastas que pululan en sus iglesias y conventos al tiempo que se espantan del matrimonio igualitario; los otros se enardecen y denuncian la censura cuando una obra pintada en los muros exteriores de un convento es retirada, pero buscan censurar a autores de artículos o libros que no les gustan, o interponen medidas judiciales para impedir la libre expresión de un grupo de creyentes.

Desde mi punto de vista, en los extremos de las dos posiciones se encuentran grupos profundamente retardatarios que han terminado haciendo un mal enorme tanto a la comunidad católica como al movimiento feminista y a los grupos LGBTI. En el primer caso, los integristas intentan dar marcha atrás a un proceso de secularización de católicos y cristianos que los ha hecho mucho más tolerantes con las otras religiones, con las prácticas amorosas y sexuales, y también con la forma de manejar sus costumbres y su vida. Cosa parecida ocurre con los integrismos feministas y LGBTI: ha sido tal la agresividad y autoritarismo de sus discursos y prácticas (basta recordar las imágenes de las mujeres argentinas a las que me referí en un párrafo anterior) y tales las aberraciones que se producen en el campo del conocimiento científico y el lenguaje (hablar de una epistemología y una ciencia feminista como en su tiempo se hablaba de una ciencia proletaria) que han terminado por restar legitimidad social a demandas que en sí mismas son absolutamente válidas y cuyo cumplimiento mejoraría significativamente la convivencia de nuestras sociedades.

Detrás de las religiones o de las ideologías que se sienten poseedoras de una única y exclusiva verdad, anida siempre el colectivismo y el desprecio por el individuo y sus libertades. Por eso les cuesta tanto ser tolerantes, y por eso atacan al pensamiento liberal sin entender que es gracias a él y a su reivindicación de la libertad individual y el laicismo, que se pueden profesar distintas religiones o demandar respeto a las diferencias. Aunque las militancias y activismos radicales muchas veces luchan valientemente por causas justas, la presencia de estructuras ideológicas tan cercanas al fanatismo hace que podamos intuir en ellas futuras opresiones y gérmenes totalitarios. Y de ello hay que cuidarse.

Hay que cuidarse de los tiempos que corren, de la extrema seriedad y el autoritarismo de los discursos, del dogal de lo políticamente correcto, de la extrema sensibilidad frente a un chiste o una ironía, de la facilidad para convertir cualquier cosa en delito de odio, de la superioridad moral de quienes se sienten capaces de juzgar, condenar o censurar a los que piensan distinto. Hay que cuidarse del regreso de los agelastas, es decir, de aquellos que no ríen, de los que no tienen sentido del humor. Porque “…los agelastas están convencidos de que la verdad es clara, de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que creen ser. Pero es precisamente al perder la certidumbre de la verdad y el consentimiento unánime de los demás cuando el hombre se convierte en individuo”.