catrina-tala-dos1-600x264

Después de cinco meses de mi último escrito, me di cuenta de que el tiempo del Blog de Catrina terminó, aunque mi pasión por escribir sigue intacta. Treinta días después de ese noviembre en el que volqué todo lo que sentía en “Sanar para amar”, mi vida volvió a convertirse en una montaña rusa de emociones.

Supe, una vez más, que no todo lo que hacía estaba bien, que mis decisiones no siempre fueron las mejores, que aún dejaba que la cobardía se apodere de mí. Al final del 2014 y durante el inicio del nuevo año, puse mucho de lo que hago en pausa, y me concentré en lo que soy. Tomé el control de mí.

Turcafé fue una experiencia maravillosa, con la que comprobé que también puedo entrevistar… que algún día podría dedicarme a eso. También me sirvió para hacerme preguntas difíciles pero necesarias. ¿Estaba junto a las personas con las que quería caminar? ¿O estaba dejándome llevar, pasando el tiempo?

Lamentablemente, la segunda opción era la cierta. Y con 33 años, dos hijos maravillosos, energía y tantas cosas que me cuesta reconocer que tengo, no podía darme el lujo de poner a las circunstancias al mando de mi vida. Tomé la iniciativa para en el 2015 limpiar mi espacio, limpiar mi vida, limpiar mi alma y dedicar el tiempo a lo que me saca sonrisas, a quienes me entregan amor, a lo que me hace bien.

El Blog de Catrina cumplió su objetivo en mi vida, ser una terapia que me llevó hasta mi padre, una catarsis que me hizo reconocerme más profundamente que lo que alguna vez admití. Después del blog me siento más madura, menos anclada al pasado. Lista para empezar de nuevo.

Aprendí cuán importante es dejar el orgullo a un lado, tener el valor de tomar decisiones que sabes que te cambiarán la vida, para bien o para mal. Minutos cruciales que a veces llegan con un mensaje de texto. Porque un mensaje de texto que me costó lágrimas, dudas, inseguridades, fue el que transformó mi mundo y me llenó de ilusión.

Estaba empezando de nuevo, desde adentro hacia fuera. Me propuse llegar más temprano, pasar más tiempo con mis hijos, no hacer tanto y disfrutar más. Pinté mi casa, cambié el ambiente, me apasioné por cosas más positivas para mí. Decidí mirar más allá de lo que los demás ven, ver lo bueno de la gente y no buscar los defectos. Pelear menos y ceder más. Llorar más, porque como saben los que me leen es una de las mejores formas de vaciar mi alma y mi corazón para volver a llenarlo con sonrisas. Llorar no es de débiles, es de fuertes, de los que no temen mostrar lo que sienten. Llorar es para quienes pueden ser transparentes, dejar ver lo que hay dentro y eso está bien, al menos para mí.

Hoy, en esta nueva etapa de mi vida, tengo menos gente alrededor pero me siento más tranquila. Menos ocupada pero con más sonrisas. Igual de apasionada, pero con más alegría. Mis amigos y mi familia me han llenado el alma con positivismo y alimentan mi perseverancia con cariño de verdad.

La gripe no termina de irse. Después de cinco semanas de aspirinas y tos, decidí averiguar qué hay detrás de esto. Me dieron un diagnóstico que no sonó científico, pero sí muy real: soy vulnerable.

Cuando te acostumbras a no tener un hombro en el cual apoyarte, que aparezca alguien dispuesto a ofrecerlo te asusta un poco. Te trae una sensación de normalidad que inquieta, porque amenaza tu hábito de tener tus emociones bajo control. Hace poco había conseguido el equilibrio, estaba sana. Pero antes de sanar, tuve que cambiar…

Estuve dos años, mirándome al espejo casi cada mañana, buscando respuestas a las cosas que pasaban en mi vida sin que yo pudiera comprenderlas. A veces, lloraba al ver a la mujer que estaba ahí, me cuestionaba por qué dejaba pasar ciertas cosas y aguantaba otras. Sentía una agria mezcla de frustración y dolor… porque no tenía el valor de acabar con lo que me hacía daño, porque no tenía las fuerzas para cerrar los círculos inconclusos de mi vida.

¿No les ha pasado? Sobre todo a las que nos sentimos fuertes y superpoderosas, el mundo nos percibe como una mujer que no logramos reconocer en la intimidad, frente al espejo. Esa rutina de protagonizar a la mujer fuerte cuando en realidad solo necesitamos sentirnos bien, nos encierra en un laberinto de angustia, cobardía y miedo al futuro.

He llegado a cuestionarme si nunca antes había amado y solo creí haberlo hecho. Luego recuerdo que alguna vez escribí que el amor se construía con momentos, épocas que te marcan. Estuve totalmente enamorada cuando me casé, y me casé con la idea de que nunca me divorciaría. Amor sí hubo, pero a veces el amor hace bien y otras hace mal. El amor puede llegar a doler, y a hacernos creer que los cuestionamientos, el egoísmo y el abandono, vienen con el paquete.

Y cuando te llenas de valor para virar la página y dejar de sufrir, cuando decides cambiar para sanar, vienen nuevos miedos, nuevas preguntas. ¿Volveré a amar? ¿Habrá esperanza para mí? ¿Me volveré a enloquecer por alguien? ¿Aparecerá alguien que me acepte con 33 años de defectos, que me acepte como soy y con lo que tengo? Hoy digo que sí.

Después de curarme, con amor, perdón y coraje frente al futuro, estoy casi lista para amar de nuevo, para volver por ese camino.

Claro que tuve que madurar, y hacer miles de ejercicios emocionales para lograrlo. Solo pensar en ello lo suficiente para terminar estas líneas me ha tomado más de quince días. Me resulta difícil dejar de aferrarme a ese control que tanto me costó recuperar. Pero es necesario cambiar para sanar, y sanar para amar.

Processed with Moldiv

Desde mi último escrito hasta hoy, no me alcanzaría el espacio para contar todas las cosas que sucedieron en un instante…

En mi último texto “Indiferencia Asesina”… cuando todos pensábamos que Palestina ya no podía sufrir mas, de un momento a otro el alto al fuego demostraba que había aun esperanza: Una tregua firmada cuando el mundo miraba en silencio un nuevo genocidio, como si ya no hubiésemos vivido bastantes… Un acuerdo de paz que pintaba sonrisas en las más de cien mil personas que perdieron su hogar, un instante que volvería abrir las puertas de los casi 2 millones de desplazados que salieron de Gaza, un instante que podría alivianar el dolor de los familiares de los casi 2000 muertos en 50 días de guerra. Un pacto que permitiría a Palestina pedir unos 4500 millones de dólares para la reconstrucción.

En un instante Estados Unidos, daba 200 millones de dólares… ayuda solidaria, sí, ayuda, aunque apenas horas antes permanecía en el bando identificado con Israel (…¿Y quién soy yo para criticarlo?).

En un instante cientos de años de reproche y pecado se van al traste, y qué alegría, porque el Papa Francisco, propone mirar con ¨respeto y delicadeza¨ a los homosexuales y a los divorciados. Un Pontífice que busca la actualización de las enseñanzas de la Iglesia, que abraza a personas con deformidades, que impulsa mental y físicamente a los discapacitados, que besa los pies de jóvenes prisioneros -incluida una mujer musulmana- y lanza una consulta global acerca de la familia: El Sínodo al cual ha recomendado hablar con la verdad identificándose con la familia de hoy. ¿Hubiese sido posible pensar algo así tiempo atrás? No. Tan solo, abrir la posibilidad de que la Iglesia reconozca lo que por derecho le corresponde a los homosexuales, y que luego de siglos ponga sobre la mesa la posibilidad de permitir que los divorciados puedan ser abrazados por el evangelio, ya es un cambio monumental.

En un instante, un mal descubierto en 1976 pone de cabeza al mundo, hablo del Ébola. La Organización Mundial de Salud (OMS) registra casi 5 mil muertos hasta el 14 de octubre pasado y los casos diagnosticados positivos superan los 10000. Los científicos ahora sí, concentrados en hallar una cura, porque ya sabemos que el primer mundo fue tocado por el mal, me refiero a los países desarrollados solo ahora conmocionados… en un instante.

Y en mi vida… perder para ganar, cerrar círculos, concluir etapas, cambios tan drásticos, impensados, inimaginados que me han marcado una ruta de regreso al corazón… En un instante pasó, pero de eso les contaré después. Un amor del bueno no es posible explicar en apenas un instante.

 

Escribí dos textos sobre Gaza, tratando quizás de desahogar la desesperación que me embargaba en esos días. Leía y miraba con tristeza las noticias y fotografías desde el Medio Oriente. Aún lo hago y me sigo asombrando de la indiferencia del mundo ante esta guerra. No es solo el silencio de los poderosos, la terquedad de los milicianos, la sed de poder de Hamás y la frialdad de Israel. Es la indiferencia de todos, la indiferencia al sufrimiento de los niños, de los ancianos, de mujeres y hombres civiles… esa indiferencia los vuelve sordos a los gritos de paz que llegan de todo el mundo, a la solidaridad de los médicos, al clamor de los periodistas.

Me pregunto si habrá un arma más letal que la indiferencia. Con ella puedes matar todo, hasta el amor que es la fuerza más poderosa. La indiferencia te aniquila de diferentes formas, a veces mucho más crueles que las violentas. La indiferencia es pariente del olvido, madre del egoísmo que hoy nos gobierna. Todos tendemos a ser egoístas, pensamos solo en nosotros y en quienes nos importan, pocas veces nos conmueve lo que pasa con otro ser humano, especialmente si vive en el Medio Oriente. Casi nos parece normal la hambruna en África, sentimos como parte del paisaje la pobreza en nuestro país y ni notamos a los mendigos en la calle. ¿Pero somos una sociedad indiferente?

Prefiero creer que no todos padecemos esa indiferencia asesina. Prefiero seguir creyendo que aún hay mucho de generosidad, solidaridad y bondad en el ser humano. Todos hemos sentido la alegría de dar porque es parte de nuestra especie, solo que estamos como anestesiados, como sordos, como autómatas. No acepto la frase “él –o ella- nació malo”; todos somos reflejo de nuestro pasado: amamos como nos enseñaron a amar, protegemos como nos protegieron y cuidamos como nos cuidaron.

Somos una suma de vivencias que nos moldean, algunos hemos sido más amados que otros pero eso no nos hace mejores. Construimos con cada golpe recibido una muralla que no nos deja ponernos en los zapatos del otro. Hay quienes logramos darnos cuenta de ello y echamos una mirada al exterior, y eso no nos hace buenos. Simplemente somos diferentes, y nos sorprendemos de todo a diario.

Dos pequeños, uno sosteniendo una bandera islámica, contemplan las celebraciones de los palestinos.

Dos pequeños, uno sosteniendo una bandera islámica, contemplan las celebraciones de los palestinos.

En un mundo malo no sucede lo que hemos visto en las redes sociales durante estos días: el “reto de la cubeta de hielo”. Una iniciativa que solo busca investigación para salvar vidas. Detrás del reto hay muchísimas personas que han colaborado de verdad. La organización ALSA ha logrado recaudar millones de dólares para investigaciones. Y aunque algunos de los que me están leyendo crean que eso no ha sido más que una novelería (para algunos solo ha sido diversión) creo también que la mejor forma de generar conciencia y hacer una campaña es de manera entretenida.

Lo digo por experiencia: las mejores campañas que hemos hecho han sido aquellas en las que la empatía ha sido protagonista. Hay gente consciente de las necesidades y de las enfermedades, que se activa cuando siente que el que está en problemas podría ser uno mismo, o uno de los suyos. Esa gente quiere sonreír al ayudar y no llorar mientras lo hace. La mejor forma de dar es de manera voluntaria, sí, pero también poniendo mucho de uno mismo. Eso es ayuda activa.

No quiero obligarlos a que se identifiquen con mis causas, con las cosas por las que lucho, o en las que creo. Solo quiero hacer –de forma pacífica- que reaccionemos.

Cuando pueda hacerlo, piense en alguien más que no sea parte de su familia. En lo que siente otra persona, en los problemas a los que se enfrenta. No tiene ni siquiera que darle dinero, o hablarle. Solo trate de entender, como un primer paso. Siempre es mejor saber que ignorar. Es mejor hacer, que esperar. Es más gratificante ayudar que recibir ayuda. ¿Y sabe por qué? Porque es un ejercicio liberador que nos salva a todos de esa indiferencia asesina.

* Acaba de firmarse un acuerdo indefinido de paz entre Israel y Gaza. No lo quiero mirar con indiferencia…

Processed with Moldiv

He escrito y reescrito este artículo varias veces, tratando de digerir la indignación que me tiene apesadumbrada hace varios días. Quienes me leen saben cómo me golpea lo que está sucediendo ahora mismo en la Franja de Gaza, porque creo que todos merecemos el derecho a buscar la felicidad y la paz, sin importar raza, ideología política, preferencia sexual o creencias religiosas.

Sin embargo, ha llegado a darme horror la forma en la que la gente utiliza la palabra Dios, cuando me dan las justificaciones más absurdas a este ataque infame. Me han dicho, apasionadamente, que iré al infierno porque no conozco que Israel es la tierra elegida de Dios, lo que les otorga  a los líderes radicales judíos el derecho “divino” de matar… Alguien se puede explicar de otra manera el infierno en Gaza que lleva ya 24 días?

He decidido responder que si Dios avala esta masacre, me tendré que ir al infierno. Y sé que muchos querrían acompañarme, porque la poca humanidad que queda en los humanos no nos permitiría auspiciar esta matanza indiscriminada de familias inocentes. Solo hasta este momento, Unicef ha revelado que 230 niños (152 varones y 78 niñas de entre 3 meses y 17 años) han muerto en los bombardeos israelíes en Gaza desde que inició esta pesadilla. La mayoría de los 1050 muertos son civiles.

Estos números siguen subiendo mientras usted lee estas líneas. Hay informes que denuncian que desde hace casi un mes, por cada hora que pasa, muere un niño. Como el mío, o como el suyo. Bajo el mismo sol, la misma luna, y el mismo Dios, póngasele el nombre que se le ponga.

Tan fácil es usar el nombre de Dios y sus promesas para esta masacre, como el de Alá para justificar el fanatismo de la Intifada (rebeliones en Cisjordania y Gaza en contra de Israel). Me rebelo contra esos dioses y contra la pasividad de los creyentes, que parece ser el arma más mortal de todas.

En estos días han sido atacados mercados, escuelas y refugios. Parece que no hubiera manera de esconderse de la muerte. Recibo a diario videos y fotos que son imposibles de publicar. Luego miro a mis hijos y agradezco la tranquilidad que encuentro en mi hogar. Cuando Ellie, la mayor, me pregunta qué le pasa a esos niños de las fotos, por qué están tristes, por qué sangran… y le contesto que están en guerra, que lo perdieron todo. Entonces, su corazón sensible y puro me propone una solución: traerlos.

Por respeto a la preocupación de mi hija tengo que seguir lanzando este grito. Al menos siento que, así, no abandono ni olvido a los que mueren en Gaza a diario. Al menos sé que informando a todo el que quiera oírme, estoy defendiéndome del silencio. No me da el cuero para ser indiferente. Haré cualquier cosa menos callar y dar la espalda a la realidad.

Hablaré, escribiré y rezaré al Dios que conozco, al que siempre escucha, a todos por igual.

Processed with Moldiv

Soy periodista, y eso hace que me desespere por la realidad de los otros. Los periodistas creemos que hablar de lo que pasa es la mejor manera de encontrarle soluciones a los problemas. El desconocimiento nos deshumaniza, y yo informo para evitarlo.

Por eso me propuse, hace algunos días, subir al menos dos fotografías diarias a las redes sociales, como una forma de protesta ante tanta violencia en el Medio Oriente.

Yo, desde Ecuador, solo puedo protestar así por el momento. Creo tanto en el poder de la información que estoy segura de que, mientras más personas vean la realidad, habrá más esperanzas para calmar tanto dolor. Siempre, hablar es mejor que callar. 

Hay muchos que apoyan mi decisión y, obviamente, hay otros que la critican. Han usado todo tipo de adjetivos: desde pendeja, estúpida e ignorante hasta poco objetiva. No me sorprende, pero sí me apena tanta frialdad de quienes ven a esta guerra tan lejana, cuando al tratarse de seres humanos es tan próxima.

Leo comentarios que defienden las razones de los palestinos, otros que justifican a Israel… ¡Pero nadie habla de las víctimas, de los daños colaterales, de los niños, que son los que más sufren!

Creo que esta epidemia de cinismo va a acabar con nuestra especie. Yo quiero la paz en todo sentido, por más trillado que suene; quiero la paz que acabe con la hipocresía, con las explicaciones sin sentido, con las ideologías mortales. La mayoría de quienes han muerto no tienen nada que ver con la guerra.

He crecido escuchando historias de este resentimiento que ha cobrado tantas vidas. Mi padre y mi abuelo hablaban de ello con rabia en sus ojos, con un dolor añejado. Yo los escuchaba con respeto, leía sobre el tema y pensaba en cuánto quería entender a las dos partes, cuánto quería que ese resentimiento deje de cultivarse generación tras generación. Decidí que la gente que formara parte de mi vida tendría que tener a la unión como bandera, porque la unión puede ser más fuerte que las bombas. Ceder es muy difícil, pero es lo que nos hace crecer.

Los de Hamás son tan necios, cegados, que no quieren ni buscar una coincidencia con los israelíes. Entrenan niños para la guerra, les enseñan a odiar a quienes les quitaron territorio. No tienen más estrategia que el rencor. 

Israel, una nación que no respeta ningún tratado internacional, ataca con potente artillería zonas donde viven civiles, familias inocentes. De cada 10 muertos palestinos, 3 son niños; y después de cada 200 palestinos muertos, muere un israelí. 

Pero no se trata de que hay 200 de un lado y 1 del otro, se trata de que son 201 seres humanos que mueren porque nacieron en el lugar incorrecto, en un círculo de violencia que avergüenza al mundo, y que duele.

Las organizaciones internacionales solo sirven para contar víctimas y fingir reuniones, lejos del llanto de tantos padres sin hijos, y de tantos niños sin madres. Tal vez,  los únicos que han tenido la voluntad genuina de mediar son los egipcios, aunque la tregua duró apenas seis horas.  

Yo, desde acá, por más sola que me encuentre y aunque nadie me escuche, aún creo que todos podemos vivir en paz y respetarnos. 

Lo creo y lo practico: antes de ser chilena y peruana soy árabe, descendiente de sirios y también de palestinos. Una de mis mejores amigas es judía y el mejor amigo de mi exesposo también lo es, y además es padrino de mi hija. Me he sentado en una mesa a celebrar el Sabbath, y en mi casa se come comida árabe al menos una vez a la semana; también bailo árabe para mi abuelo cada vez que voy a Lima. Estoy orgullosa de mi raza y la respeto, pero también respeto a la vida y apoyo toda iniciativa que signifique no hacerle daño a nadie. Cuando existen esos lazos de amor no hay ideología, raza, creencia, tinte político que importe.

Seguiré subiendo fotos, porque quiero que todos reconozcan que tenemos algo en común con las personas que están recibiendo bombas ahora mismo.

Invito a quien se sienta identificado con mi protesta a difundir más información sobre esta guerra que tiene rostro de niños. Tal vez eso nos podría despertar de tanta indiferencia.

Los niños mueren en Gaza mientras nosotros trabajamos para que a nuestros hijos no les falte nada. Al menos yo, no quiero que les falte conciencia ni sensibilidad. 

Processed with Moldiv

Comenzó cuando hablaba con mi hermana Tania, y le contaba lo que había hecho el fin de semana anterior con mis hijos. Ella estaba de viaje y mi hijo Nabil me había preguntado por ella unas cuatro veces. Un síntoma de que ya le tocaba ver a su “tía Tania”. Un reclamo que yo entendía conmovida, pero que no podía solucionar porque su tía no estaba… ¿Qué podía hacer yo si no comérmelo a besos? Tiene dos años, y que pregunte por su tía a esa edad, es una muestra del más puro amor.

Ese fin de semana lo pasamos en familia: estuvimos dos días con Érika y los suyos y, como las dos sufrimos cuando pensamos que no tenemos nada que hacer, nos ponemos creativas: Érika me pidió tiza para pintar la acera y salté de la cama para ir con Nabil a conseguirla. Era el plan perfecto para un sábado con cuatro niños muy activos. Nuestra jornada de arte urbano asombró al abuelo de uno de ellos, que comentó: “es la primera vez que veo a dos mamás acolitando a sus hijos a pintar la calle”. Érika y yo nos miramos y sonreímos con complicidad. Somos mamás originales. Y nos encanta. Es mejor que acostarlos a ver televisión o entregarles juegos de video.

Los planes con la tía Érika siempre son divertidos. Y, para rematar el fin de semana, terminamos en el zoológico el domingo. Mis hijos lo disfrutaron tanto, que sé que escribimos un gran recuerdo…

Seguramente no soy la única que tiene amigas que se han convertido en más que hermanas, y nuestros hijos tienen tíos o tías que, sin llevar la misma sangre, son más familia que la misma familia. Pues, en mi caso, mi familia original vive lejos, pero acá tengo una familia. Ese grupo de personas a la que me siento atada con unos lazos que no están en la sangre, que se alimentan día a día. Amigas que disfrutan de momentos sencillos sin complicaciones y sin compromisos, amigas que desinteresadamente te buscan, amigas a quienes les importan tus hijos, que están presentes siempre… Amigas que están contigo cuando tu mamá no puede, cuando tu hermana no está o cuando tus primos viven lejos. Amigas que son más que eso. Amigas que son hermanas. A veces también son madres, y a veces son hijas.

Que la familia es lo más importante lo sabemos todos. Se lo inculco a diario a mis hijos, porque el amor fraternal es la primera forma de amor que un ser humano conoce. Lo que no hago es encadenar sus afectos a la consanguinidad. Mis hijos tienen a la familia de su papá, a la mía, y la que formamos los tres; pero sé que irán extendiendo su familia de acuerdo a estos conceptos: las personas que los apoyen, que demuestren unión, que inculquen solidaridad, que compartan, que valoren sus sentimientos, que los feliciten cuando acierten, que los consuelen en sus días tristes, que celebren sus alegrías, que estén de su lado cuando alguien quiera hacerles daño. Sencillamente porque eso es la familia para mí.

Los lazos de amor son más fuertes que los lazos de sangre. Resisten mejor los momentos de tensión. Si ustedes piensan que solo la familia carnal está con ustedes en las buenas y en las malas, respeto su opinión, pero no la comparto.

Ni siquiera creo en aquello de que madre es la que te da la vida, porque hay mujeres (abuelas, madrastras, hermanas mayores, tías) que se rompen el alma por acompañar, educar, cuidar, alimentar y alegrar a sus hijos sin haberlos sentido en su vientre. A fin de cuentas, el corazón no pregunta por apellidos.

En Ecuador, mi familia está lejos de mí, pero vivo todos los días en familia, gracias a que tengo amigas a las que amo, amigas a las que les confiaría desde secretos que me avergüencen hasta mis tesoros más preciados. Amigas que estuvieron en los momentos más complicados y amigas que están ahí siempre. Amigas que ven a mis hijos como suyos, que están con ellos mucho más tiempo que sus abuelos y tíos de sangre. A esas amigas está dedicado este escrito, porque, sin decir su nombre, saben quiénes son.

 

Todavía me asombra la repercusión que, hace algunos días, tuvo el personaje del talentoso Efraín Ruales, Catrino Malo. Me hizo pensar en esa fama de “mala” que me persigue desde siempre y que, para ser sincera, no me molesta cargar. Para esta publicación que hice y deshice la semana pasada, me propuse descifrar por qué soy considerada como “mala” hasta por los espejos, aunque sienta que, en ocasiones, me ha faltado tener un poco de malicia.

Para lograr mantenerte en un cargo de responsabilidad, la televisión en este caso, debes elegir entre dos cosas: ser real y decir las cosas de frente, o ser hipócrita. La soledad del poder, le llaman. Yo elegí la primera, y si por eso soy mala, prefiero esa etiqueta bien ganada todos los días. Orgullosamente Catrino Malo.

Es verdad que suelo ser bastante estricta, mis facciones no son dulces, tengo una mirada que dice más que mil palabras y confieso que más de una vez me he pasado de dura. No doy vueltas ni pongo adornos a mis opiniones sobre qué funciona y qué no. Podría decirse que pierdo esa sensibilidad que caracteriza al programa porque soy yo la que escoge qué podría impactar más o menos en la pantalla… Todos lo saben, pero pocos se acuerdan que esto de hacer televisión es un negocio. Y un trabajo.

Cada día camino sobre la delgada línea entre la maldad y la sinceridad. En este torbellino de egos, la segunda puede costar caro. El no actuar como la princesa en apuros, esperando ser rescatada, puede ser sinónimo de dureza o frialdad.

Pero prefiero ser Catrino Malo, que me miren así, que me tengan miedo o crean que estoy molesta todo el día. De esa forma es más difícil que abusen, o que me engañen. Elijo ser así porque en una sociedad machista, las mujeres que competimos con machos en la selva del mundo laboral tenemos un aura de ambición y, para evitar “confusiones”, es mejor ser la mala…

Quienes me han leído durante algún tiempo saben que soy un ser pasional. Que la emoción y la intuición me mueven, y que la terquedad me mantiene enfocada. Sé, además, que tengo un humor negro que solo Xavier Campuzano, Diego Spotorno y Diana Arrobo entienden; aunque no soy cínica, me preocupo con frecuencia por algo o por alguien.

Pero cuando el show comienza, me vuelvo Catrino Malo, porque necesito ser esa productora estricta que pretende que todos reaccionen como ella, que todos piensen como ella y que resuelvan.

Pocos saben que luego me arrepiento, que a veces me pregunto por qué espero que todo el mundo actúe a mis tiempos. Que soy una oveja, como decía mi abogado en pleno divorcio. Que lloro fácil y lloro mucho porque creo que llorar es la mejor forma de sanar.

Lloro de felicidad y de tristeza. Y solo llorando entendí que lo mejor que puedes hacer es demostrarle a alguien cuando estás dolido, alegre, enojado o ilusionado.

Por eso, cuando recibo comentarios como “Catrina da miedo”, Catrina es mala”, “Catrina es dura”, “trabajar con Catrina es complicado”, sonrío porque noto que he tenido éxito creando un personaje, una coraza que me ha ayudado a sobrevivir en cada batalla, incluso en las que he perdido. Una armadura que, a veces, es muy pesada para Catrina Tala.

 

Hoy fue uno de esos días en los que sabes que algo pasará. En los que respiras el presentimiento de que recibirás una noticia que no te gustará oír. Pero como he comenzado el año con la decisión de que nada me afectará, me repetí que para pelear se necesitan dos. Así he resuelto tantas cosas en mi vida… desde mi divorcio hasta conflictos en el canal.

Hace algunas semanas me reuní con mi abogado, y me dijo lo sorprendido que estaba de cómo había llevado el proceso. Un trance que, para la mayoría de sus clientes, sobre todo las mujeres, suele ser traumático. Peor si alguna de las partes no quiere enfrentar esta turbulencia de una forma sensata y madura.

La decisión de divorciarse es de dos, y los dos deberían estar de acuerdo con la separación. Aunque hay quienes digan que el divorcio saca lo peor de los seres humanos, yo me rebelo: no siempre es así. Mi exesposo y yo coincidimos en que el bienestar de nuestros hijos sea el objetivo, porque al final del camino siempre estaremos unidos a través de ellos, y la forma más sana de vivir es en paz. En paz para que los niños crezcan en paz y, algún día, tengan lo que sus padres no tuvieron: un matrimonio feliz.

Es que nadie quiere que sus hijos repitan los errores que una comete… y aunque es la primera vez que me divorcio (y espero que sea la última), sí obtuve aprendizajes que me sirvieron. Sobre todo aprendí a no escuchar a personas que simplemente quieren hacerte sentir mal.

Sucedió cuando supe que comentaban “ella es una mala madre”. Esas palabras hicieron que mi corazón se detuviera y un frío estremecedor me devorara. ¡Cómo alguien que no veía mi corazón destrozado podía llamarme mala madre!

Me asombra la ligereza con la que se puede poner una etiqueta tan cruel a una mujer que trata de equilibrar sus ambiciones personales con su faceta natural. Se me eriza la piel al oír a abogados (¡y a las abogadas!) diciendo en medio de estas batallas legales que una mujer es mala madre. Como si fuera un examen que se reprueba. Como si ellos no tuvieran una.

En este tiempo que he estado sin publicar, he conversado con varias personas, algunas pasando por el mismo proceso y sufriendo por el mismo calificativo. Parece que está de moda ser mala madre, o que es la mejor forma de desprestigiar a las mujeres en una batalla legal.

En mi caso, imagino que era mas fácil por la naturaleza de mi trabajo: a veces la sobreexposición te puede afectar por los dos costados si, además, estás pasando por un divorcio.

Y tienes que ser muy fuerte para soportar juicios de todo tipo, o esa sentencia que se le impone a las mujeres que brillan en su vida profesional y se guardan el dolor de sus vidas personales: “es una mala madre”.

No importa cuánto hayamos avanzado en derechos civiles, cuando hay un divorcio, el machismo impera. En sociedades como las nuestras, las mujeres siempre tenemos la culpa de las separaciones, sea porque no lo supiste retener, sea porque lo “quitaste” a otra, o porque quisiste empezar de nuevo y no echarte a morir. Somos el blanco fácil.

Creo que en esta carrera en la que todos participamos hace falta aprender que se avanza cuando se deja de mirar lo que hace el caminante de al lado, cuando se deja de pensar en los pasos del prójimo y se concentran las energías en los pasos propios.

La manera en la que cada uno asume las experiencias que lo rodean es muy personal. Cada segundo, cada minuto, cada hora y cada día nos embiste a todos por separado. Miremos, por tanto, hacia adelante, o mejor, hacia adentro, para crecer.

en contacto

Estuve a punto de no hacer absolutamente nada especial el 31 de diciembre: si no hubiese sido por mi hermana Érika Segale, no cenaba y me dormía a las diez. La energía y luz que tiene Érika resucitan muertos y hacen cambiar de opinión a cualquier ser humano en la tierra.

El principio de mi amistad con ella es casi mágico, porque Érika apareció en mi vida en el momento perfecto. Yo necesitaba de una amiga, porque otra mejor amiga se había ido a Quito, y Dios -sin duda Dios- me envió a alguien tan parecido a mí, tan cercano, que no dudamos en hacernos inseparables. Fue exactamente cuando mi matrimonio pendía de un hilo. En ese, mi momento más vulnerable, en el que dudaba de todo; ella llegó como un bastón que me ayudó a caminar cuando no sentía mis piernas.

Así que no podía decirle que no. Me puse una falda, me maquillé, me hice una cola de caballo y salí. Cenamos, reímos, escribimos nuestros propósitos del 2014 y quemé todo lo que no me había sacado una sonrisa en el año que terminaba. Después del vino, nos abrazamos y sonreímos para las fotos. Quedamos en vernos al día siguiente con los bebés para almorzar.

Llegué a casa y le deseé de corazón un feliz año nuevo a quienes realmente quiero… y me acosté a dormir, abrazada por la tranquilidad de este nuevo tiempo que estoy viviendo: un nuevo principio.

El amanecer del nuevo año se iluminó con la sonrisa de Nabil y la mirada de Ellie, que regresaron a casa. El 2014 inició con esa mañana perfecta, y fue un presagio de todos los inicios que vendrán. Como lo que sucederá en En Contacto, donde también hubo un inicio, hace cinco años

Aún recuerdo las caras de todos cuando me presentaron como la nueva productora de contenidos. La expresión más bonita que vi fue de miedo, porque el resto era de ¨¿qué se cree?¨ ¨¿quién es?¨ ¨¿de dónde es?¨ ¨¿qué ha hecho?¨. Interrogantes nada nuevas para mí, y absolutamente comprensibles para un grupo de gente que no tenía idea de quién era yo, una mujer de 27 años que creía que podía lidiar con la televisión.

En los pasillos del canal empezaron las apuestas sobre el tiempo que duraría, mientras yo -la principiante-, con todas mis ganas, mis ideas y mi carácter empecé a hacer lo que más me gusta: producir.

Llegué a un programa cuyo mayor potencial eran sus talentos: Richard, Úrsula y María Teresa, La Flaca, a quien recuerdo aburrida y con ganas de irse. Se sentía perdida, porque no le gustaba lo que hacía. Entonces le dije: “el problema es ese, tienes que disfrutar lo que haces… desde hoy empieza a disfrutar los momentos”. Y así nació ese torbellino mediático que hoy es La Flaca.

Recuerdo a Úrsula, quien merece mi absoluta admiración, como una mujer con la capacidad para hacer lo que se proponga, una de las más versátiles que he conocido, con todas las virtudes juntas… y Richard, un hombre con un talento innato a quien a veces el carácter lo sobrepasa. Talento como el de Richard, solo Richard.

Así empezó esta aventura que cada día comienza de nuevo. Un programa que me ha llenado de satisfacciones, enseñanzas y momentos gratificantes. Un lugar en el que he conocido gente maravillosa y gente innombrable, algo de mí que se reinventa día a día y que busca sacar lo mejor de cada ser humano que cae en él.

Todos los comienzos traen algo de redención y mucho de esperanza. En este 2014 soy una principiante, como todos ustedes, pero lo miro hacia adelante con valor de mujer, convencida de que este año se cumplirán metas… deseándole lo mejor a quienes están conmigo y a quienes me ven desde lejos. Dispuesta a demostrar lo que realmente quiero, y a no esconder nada.

Publicidad

Comentarios recientes

Publicidad

Categorías