La banalidad de la guerra con Colombia

"Vie Illustrée de García Moreno" publicado en Francia por Charles D`Hallencourtm en 1887.

Carlos Jijón

Guayaquil, Ecuador

La banalidad puede ser un factor muy importante en la toma de decisiones de las personas. Mucho más que la razón y la lógica. Lo propone el novelista Richard Ford en «Independence Day», probablemente una de las novelas más monumentales que se escribieron sobre la condición humana en los últimos años del siglo pasado. Lo he recordado hoy, reflexionando sobre nuestras guerras con Colombia.

La última que tuvimos, en 1863, antes de esta provocada por el presidente Daniel Noboa, la protagonizó nadie menos que el entonces presidente Gabriel García Moreno y las causas fueron más o menos igual de banales, aunque las consecuencias fueron terribles, como pudieran serlas también ahora.

Si hemos de creer al relato de Benjamín Carrión en «El Santo del Patíbulo», quizás la más demoledora biografía que se ha escrito sobre García Moreno, resulta que el hombre era un don Juan. Un Casanova, que no dejaba títere con cabeza, y que tenía como objetivo vital el llevar a su alcoba a cuanta mujer guapa encuentre a su alcance.

Según Carrión, una de ellas era la señora Virginia Klínger, esposa de uno de sus ministros, de apellido Aguirre, a quien el presidente empezó a enviar en misiones al exterior cada vez que podía. Carrión, basado en los reportes de la época, escribe que la señora Klínger era una de los mujeres más hermosas de las que entonces vivían en Quito. Y que mantuvo con García Moreno una pasión desaforada, fuertemente física, incluso violenta.

El problema es que, al mismo tiempo de su romance con García Moreno, doña Virginia se sintió atraída también, de manera simultánea, por el embajador de Colombia en Quito, un señor de nombre Arcesio Escobar, en quién ella despertó también una pasión similar.

Alertado el Presidente por sus servicios de inteligencia, casi tan eficaces como los actuales, el hombre montó en cólera. Pero no recurrió al fácil arbitrio de expulsar del país al diplomático colombiano sino que ordenó su fusilamiento. Y ante su fuga, envió tropas a la frontera norte y atacó Colombia. La desmesura fue tal, que el propio García Moreno encabezó un batallón de alrededor de 1.200 soldados.

Semejante locura ha sido narrada en la magnífica novela «A la sombra del magnolio’, de Benjamin Ortiz Brennan, en la que narra las peripecias de un soldado ecuatoriano, probablemente su bisabuelo, que luchó junto a García Moreno. Como es natural, el desenlace fue fatal. El propio García Moreno cayó prisionero en manos de los colombianos, y luego canjeado a cambio de la firma de un tratado oneroso para el país.

Normalmente las desmesuras se pagan de esa manera. La verdad es que nadie podrá saber cómo va a terminar esta nueva guerra con Colombia, ahora comercial, iniciada por el presidente Daniel Noboa. Yo nunca entendí ni como llegamos a tomar la decisión de ponerles un arancel del 30% a los productos colombianos, a semejanza de los aranceles ordenados por Donald Trump en contra el resto del mundo.

Creo que nadie entiende en qué beneficia a los Estados Unidos dinamitar la teoría del libre comercio imponiendo aranceles arbitrarios, pero sí es claro que siendo de lejos la mayor potencia económica del mundo, Trump puede perpetrar cualquier torpeza sin sufrir un daño inmediato.

Pero qué sentido tiene que el Ecuador imite a los Estados Unidos, imponiendo aranceles a un país hermano con una economía tres veces más grande que la nuestra con el argumento de que el presidente Gustavo Petro tiene abandonadas las fronteras.

Aceptemos que sí. Que pudiera tener sentido. ¿Pero luego subirles el arancel a cien por ciento porque Petro ha dicho que Glas es un preso político? ¿A quién le importa lo que Petro opine sobre Glas? El mundo entero está acostumbrado a que Petro diga, o haga, cada zoquetada que no creo que nadie lo tome en serio ni en la propia Colombia.

La decisión afecta a nuestra propia economía, y a la los ecuatorianos que viven del comercio en la frontera, a tal punto que pudiera costarle al país alrededor de un punto en el crecimiento de nuestro propio PIB. Aumentar los arenceles al cien por ciento a los productos colombianos es una actitud similar a la del muchacho que golpea su propia cabeza contra la pared solamente para mortificar a sus padres.

Y todo porque el presidente Petro ha dicho una impertinencia que un gobierno más prudente debió responder con un despectivo silencio.

Quizás sea ya un lugar común mencionar aquello de la banalidad del mal, escrito por Hannah Arendt. Pero la falta de rigor y de pensamiento crítico en la toma de decisiones de Estado, o la simple desbordada pasión en las personas que detentan el poder, puede causar tanto sufrimiento en el hombre de la calle, como el provocado por esta guerra comercial o aquella otra por el amor desaforado entre Victoria Klínger y García Moreno.

Más relacionadas