Mario Vargas Llosa y el escribidor

Carlos Jijón
Guayaquil, Ecuador

La primera vez que vi personalmente a Mario Vargas Llosa fue alrededor de 1984, cuando lo entrevisté como reportero de la revista Vistazo, en su casa de Barranco, en Lima. Él no había ganado todavía el Premio Nobel de Literatura, ni escribía aún «La Fiesta del Chivo«, que seguramente la posteridad llegue a considerar como una de sus más importantes novelas, ni nadie imaginaba aún que iba a convertirse en el ícono mundial de las ideas liberales que es  hoy. Pero ya era un personaje enorme: el todavía joven escritor del boom latinoamericano, que nos había seducido con “La Ciudad y los Perros”, “Conversaciones en la Catedral” y “La Tía Julia y el Escribidor”.

Yo andaba en los 20 años, y ya era un fan. El año anterior, en un primer viaje a Lima para cubrir lo que entonces era una inquietante guerrilla llamada “Sendero Luminoso”, me había dado tiempo para recorrer Miraflores en busca de la calle Diego Ferré, donde vivía Alberto, el muchacho de ficción que en “La Ciudad y los Perros” estudiaba en el Colegio Leoncio Prado. La novela me había encandilado, y encontrar la calle, que me parece recordar no tenía más de dos cuadras, fue un motivo de satisfacción enorme. Luego caminé por la amplia pendiente que lleva desde el Club Terrazas hacia la playa, siguiendo el mismo trayecto que el muchacho de “Día Domingo” hace enfrascado en sus pensamientos para enfrentar una apuesta juvenil en uno de los primeros cuentos de Vargas Llosa que leí al final de mi adolescencia.

Por eso traté de atesorar en mi memoria cada minuto de la más de media hora que conversamos en el estudio de su casa: desde el retrato pintado por Guayasamín que tenía a la entrada, su biblioteca que recuerdo de color madera en medio de paredes blancas, hasta el momento en que Patricia Llosa, entonces su esposa, interrumpió la entrevista para recordar que los 30 minutos pactados habían ya terminado hace rato: porque pensé que nunca más iba a estar tan cerca de ese escritor que admiraba tanto.

Pero más de veinte años después, en 2006, lo volví a ver en Quito, cuando fue invitado como orador principal en el acto por el centésimo aniversario del Banco del Pichincha. Y tuve además la fortuna de ser invitado a una pequeña cena íntima ofrecida por don Fidel Egas, entonces presidente del banco y dueño de Teleamazonas, el canal donde yo trabajaba como vicepresidente de Noticias. Conversar en la misma mesa con el autor de “La guerra del fin del mundo” es un privilegio que solo la profesión de periodista puede dar. Durante mucho tiempo, para mi Vargas Llosa se había convertido en una especie de mentor intelectual. Su magnífico ensayo sobre Flaubert me había llevado a leer «Madame Bobary» y sospecho que no me hubiera animado a leer todo el gigantesco volumen de Los Miserables, si no hubiera sido gracias a su texto sobre Víctor Hugo, que tituló «La tentación de lo imposible«. Pero no habló de literatura esa noche, sino de política y libertades. Para entonces él había sido candidato a la presidencia del Perú, y gracias a su derrota a manos de Alberto Fujimori (uno de los más sangrientos, y corruptos, dictadores que ha dado América Latina en las últimas décadas) nos deleitamos con su autobiografía “El pez en el agua”, y se había convertido en el enemigo natural, en el campo de las ideas, de  una izquierda latinoamericana que se incubaba para eclosionar en lo que luego se convertiría en el socialismo del siglo XXI.

Mario Vargas Llosa era ya el más importante intelectual latinoamericano en la lucha por las ideas de libertad. No era el único. Carlos Alberto Montaner, desde el exilio cubano en Miami, o Plinio Apuleyo Mendoza, desde Bogotá, eran faros importantes. Pero Vargas Llosa había escalado a una estatura mayor. Cuando le entregaron el Premio Nobel de Literatura en 2010 ya era un hombre enorme. Recuerdo que logré ver la ceremonia de la entrega del premio en internet, porque ningún canal lo transmitía en Ecuador, ni en cable, y que lloré con él cuando lloró mientras leía su discurso. Entonces no sé por qué pensé que, como ocurrió con Gabriel García Márquez después de recibir el Nobel, era poco probable que siga escribiendo con la misma calidad que hasta entonces y que era obviamente imposible que, después que ganó ese premio, yo vuelva a verlo tan de cerca.

Pero ese mismo 2010 publicó «El sueño del Celta«. En 2012, «La civilización del espectáculo«. Y en 2018 estaba leyendo su muy importante “Llamada de la tribu” cuando lo he vuelto a ver en la conferencia que ha dado a comienzos de esta semana en la Universidad Espíritu Santo, en Guayaquil. Luego lo he encontrado en la recepción que ha dado en su honor Guillermo Lasso, convertido en el más importante luchador por la causa de la libertad en el Ecuador durante la última década. He mirado a Vargas Llosa de lejos, como mira un fan. He escuchado con atención su disertación sobre Adam Smith, y sus referencias a Raymond Aaron o Jean Francois Revel, en cuyas lecturas me inicié tempranamente por sus recomendaciones en artículos de prensa. Me alegró verlo tan bien del brazo de la señora Preysler. Y sé que no me voy a sorprender si resulta que la novela que está escribiendo, y que él mencionó en Arequipa, antes de llegar a Guayaquil, que se trata sobre Guatemala, resulta que es una de sus grandes obras todavía no escritas. Tampoco se me ha ocurrido pensar que no volveré a verlo nunca más. Está claro que soy un tipo con suerte.