Las sororidades puritanas

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

La universidad y el campo literario han sido de los primeros espacios en que se han asentado las reivindicaciones de género en el Ecuador y no veo razón para no alegrarse después de décadas de una institucionalidad machota, mediocre y perezosa, encarnada en figuras como Raúl Pérez Torres, exministro de cultura, expresidente de la Casa de la Cultura del Ecuador y exfuncionario de cuantos puestos apetitosos se pudieran rastrear en el mundo cultural del país. Parece que los Pérez Torres y los Raúl Vallejo, hombres siempre tan obsecuentes con el poder y alimentados por sueldazos que recibieron como mandarines culturales, van camino de retirada, y no poco de esto ha de agradecerse a las críticas provenientes de grupos feministas y gente, en general, cansada de sus inoperancias, sus ideologías bailarinas y sus improntas de hacendado, como ocurrió en 2014, cuando Vallejo, entonces embajador de Colombia en Ecuador, defendió públicamente la atrocidad que otro insigne machote, Rafael Correa, había emprendido contra Bonil. Menos de una semana después, en una columna de opinión, Raúl Vallejo quedó como mayordomo de una causa indefendible en el periódico El Espectador, de Bogotá.

A contrapelo de esta alegría y de la obligación de reconocer a quienes han conseguido que estas figuras sean caducas y hasta peligrosas, la academia y las letras ecuatorianas viven dos niveles de discusión y recelo que apenas llegan a encontrarse. Prueban, sin embargo, no lo que desde algunos feminismos se ha llamado “restauración conservadora”, apropiándose de un léxico correísta que se justificaba, así, de reprimir indígenas y dirigentes sociales. Prueban, decía, la llegada de un feminismo de corte puritano al que no se le ha ocurrido otra cosa que clausurar cualquier debate abierto sobre el horrible lastre que cargaron las academias y las letras, y los modos más sensatos de superarlos ahora mismo.

El primer nivel de discusión, subterráneo digamos, está poblado de mujeres y hombres, estudiantes, profesores, libreros, investigadores, escritores y periodistas, que observan cómo, de forma paradójica, cierta retórica feminista ha apostado por despedazar cualquier tipo de crítica o interpelación a unos supuestos que considera normativos. Como si disentir con éstos fuera ser cachiporrero de violadores o negacionista de desigualdades palmarias. Lo mismo ocurre en el campo literario, donde la celebración de cualquier cosa escrita por mujeres parece una declaración de principios contra la discriminación. El segundo nivel es, en buena medida y, aunque estos feminismos nuevamente no lo quieran admitir, un horizonte institucional, regulatorio y biempensante, que circula con la forma de un determinado apego estético progresista y estimula muchísimas veces la celebración del escarnio público sin posibilidad de legítima defensa.

Todo esto, me temo, es la acogida acrítica de una más de las novedades intelectuales del mercado, en que la diversidad y el multiculturalismo asumen enriquecer un mundo obscenamente desigual, donde lo estructural no cambia y el consumo, incluyendo el de las ideas, queda librado de cualquier interpelación.  Hace poco apareció un disparate firmado por Jorge Carrión en el New York Times en español, en que se aseveraba que las escritoras ecuatorianas estaban rehaciendo la historia literaria, cuando mucho de lo mejor que han tenido las artes en el Ecuador procede, desde hace décadas, de escritoras mujeres, como Gabriela Ponce, narradora y dramaturga, quien en 2015 publicó un libro soberbio, “Antropofaguitas”, premiado en su tiempo y hoy muy poco recordado. Gabriela Ponce no fue publicada en España, aunque su libro diera para la mejor editorial del mundo hispanoamericano. Sin embargo, la fiesta que monta Carrión se basa en notar la sincronía entre los “metoo” y el fichaje de un puñado de escritoras ecuatorianas por editoriales españolas.

Las mujeres no han tenido las mismas oportunidades que los hombres. Y no creo indebido que eso deba cambiarse, con cuotas, nuevos mercados u otros incentivos. Pero no se puede prescindir de un ejercicio crítico montando una guerra de género que celebra cualquier cosa publicada. Afortunadamente, Ponce no es Mónica Ojeda. Afortunadamente, Mónica Ojeda no es María Fernanda Ampuero, esta última con nulo brío literario y muchas ganas de subirse al tren de la moda de turno.

Lo que se observa en la mitad de estos resquemores es una calma chicha, llena de desconfianzas mutuas, recelos, falta de discusión y un miedo terrible de ser el siguiente al que, no pocas veces sin pruebas, se le acuse de machismo, heteropatriarcalismo, pacto con el poder, poligamia, misoginia o conservadurismo, y sea casi obligado a demostrar que no forma parte de los malditos, aun a costa de la exposición de su vida privada. Muchísimos de estos inconformes han callado por miedo de perder sus trabajos, sus clientes o por la comodidad de sumarse a la novedad de turno, aceitada con aseveraciones tan torpes e inexactas como la que afirma que el futuro de la literatura está en las mujeres.

Falso, compañerito. Tanto como la idea de que quien reside en el canon de las lecturas ocupa su lugar gracias a una supuesta virtud estética, pura en sí misma e incontaminada de coyunturas históricas, en que mecanismos de exclusión a mujeres, indígenas, negros y minorías sexuales están ausentes por gracia divina. Al contrario de la experiencia y sus modos de trabajarla, la característica sexual no da prerrogativa alguna para celebrar un futuro literario creativo. No lo es la de ser indígena, no la de ser agente marginal. La historia literaria no es inherentemente machista. Sí, en cambio, algunos modos de su escritura.

El razonamiento del puritanismo feminista, así como la herramienta de linchar públicamente a quien se ha atrevido a cuestionar los nuevos reglamentos y léxicos que se han consolidado en las letras y la academia, tiene sus orígenes en el modo como fue gestionada la lucha de género en los Estados Unidos desde los años setenta: silenciando vocablos, prescindiendo de cualquier aparato jurídico por ser él mismo supuestamente machista, prohibiendo la caricatura y el humor y dando paso a las luchas identitarias por encima de las de clase o las ideas universalistas. Callarse, criticar bestialmente “sotto voce” y fingir ser parte de luchas importadas es parte de las consecuencias de haber asimilado acríticamente estos preceptos. Se logró lo que siempre se criticó de la derecha, en la academia y la vida social: ese tufo a conventillo, donde la impunidad del rumor y el ansia por diferenciarse rompen la colectividad.

Tal vez lo mínimo a aspirar en la avalancha de ritos, costumbres y afectos que se absorben de Estados Unidos, sea una mirada crítica sobre lo que llega empaquetado como conocimiento. No siempre lo es. Tampoco ese selectivo olvido en un sector del feminismo y las humanidades, que se ha vuelto autocomplaciente, policial y sectario.