Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Ecos de la máquina de escribir de Cortázar en una pensión argentina

Buenos Aires, 24 ago (EFE).- Una habitación de una pensión, sin lujos, con paredes blancas, una máquina de escribir y llena de libros, fue la “casa” de Julio Cortázar entre 1939 y 1944, el tiempo que pasó en la pequeña localidad bonaerense de Chivilcoy trabajando como maestro.


Publicidad

La memoria del autor de “Rayuela”, que el próximo 26 de agosto habría cumplido cien años, se mantiene viva 150 kilómetros al oeste de Buenos Aires en los recuerdos de los que lo conocieron sin saber que un día el profesor de la pensión de la familia Varzilio se convertiría en un referente de la literatura mundial.

“Si bien él en Chivilcoy se sentía completamente achatado y aburrido, en lo que son lazos personales, ya sea con la familia de mi mamá y con algunos de sus alumnos, él tuvo lazos que valoró mucho y que duraron durante un tiempo”, explica a Efe Elisa Suárez, nieta de los fundadores de la pensión Varzilio, que cerró sus puertas en 1946.

“Existen algunas referencias a Chivilcoy y a mi abuela en la literatura de él. Hay un cuento, que se llama ‘Distante espejo’ que menciona específicamente a mi abuela y a la pensión”, añadió Suárez.

“En la misma pensión, los pensionistas se juntaban a comer todos en el comedor, como una gran familia. Mi abuela cocinaba con ayuda de sus hijos, mi mamá y todos sus hermanos colaboraban. Mi mamá tenía entonces 16 años”, detalló Suárez, acostumbrada a contar las historias sobre Cortázar que escuchó a su familia.

La madre de Elisa, Rosa Luisa Varzilio, era apenas una adolescente cuando Cortázar, con 25 años, llegó a Chivilcoy para enseñar en la Escuela Normal Mixta Domingo Faustino Sarmiento, Historia, Geografía e Instrucción Pública, pero nunca literatura.

Cortázar fue acogido como un hijo más por la familia Varzilio, que pronto se acostumbró al sonido constante de la máquina de escribir de su huésped, un argentino nacido en Bruselas en 1914 con un particular acento.

“Tenía una habitación sobria, la pensión de mi abuela no es de lujo. Era limpia y sencilla, con la máquina de escribir que sonaba todo el día”, relata Suárez.

“Mucho también lo escribía manuscrito. Incluso mi mamá le pasaba algunos cuentos a máquina cuando él no tenía tiempo. Pensamos, por deducción, que mi mamá le pasó ‘Bestiario’, que escribió estando acá en Chivilcoy, aunque ella ya no recuerda, es mayor”, continúa.

Lo que no ha podido borrar el tiempo son las cartas que Julio y Rosa continuaron intercambiando después de que él dejara Chivilcoy para marcharse a la provincia de Mendoza (oeste).

“Gracias por su carta, que aparte de su motivo inmediato me trajo la alegría de saber algo de ustedes y de Chivilcoy. Lástima que fuera tan breve. (Usted, tan locuaz, ¿por qué es tan lacónica cuando escribe? ¿No le gusta recibir una extensa e interesante carta? Pues a mí también.)”, escribió Cortázar a Rosa Varzilio en julio de 1944.

“Ayer pasé la tarde haciendo copias a máquina y extrañando a cierta joven y encantadora secretaria?). Cuando haya leído el párrafo anterior, usted hará un mohín de despecho y pensará “Extraña a la secretaria y no a la amiga. ¡Vaya un recuerdo!” Si lo hace, arrepiéntase, porque la secretaria lo fue sólo por su condición de buena amiga”, continúa.

“Siempre nos preguntamos en la familia qué habrán querido decir esas cartas, si no ocultaban alguna historia… alguna historia de amor incluso, aunque mi mamá siempre lo negó. Mi papá no lo quería para nada a Cortázar, sospechamos que mi mamá hablaba de él con demasiado entusiasmo…”, comenta divertida Elisa Suárez.

A su juicio, la de Chivilcoy fue una etapa prolífica para la literatura cortazariana porque “no tenía actividades interesantes para hacer”, lo que le obligaba a pasar mucho tiempo “recluido en su habitación” escribiendo o leyendo.

“Incluso él estaba estudiando, por su cuenta, alemán. Estudió él solo, con un diccionario en la pensión de mi mamá, para poder leer a los autores alemanes en su idioma original”, relata Suárez.

El profesor Julio Cortázar dictó su última clase en Chivilcoy el 4 de julio de 1944 y terminó regalando bombones a sus alumnos porque “los bombones son dulces como debe serlo la memoria de un amigo”, recuerda la escritora Silvia Santilli en su libro “Cortázar en Chivilcoy”.EFE