Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

Cuando Matisse cambió el pincel por la tijera

Nueva York, 7 oct (EFE).- La contradicción teórica que Henri Matisse veía entre línea y color se resolvió a golpe de tijera cuando exploró las posibilidades del recorte, género que inventó ya mayor y desde su silla de ruedas y al que el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) dedica su gran muestra de otoño.


Publicidad

Este género híbrido que tiene el cromatismo de la pintura, la precisión del dibujo y las tres dimensiones de la escultura centra “Henri Matisse: The Cut-Outs” que, desde el 12 de octubre hasta el 8 de febrero, ocupará la sexta planta del MoMA y llega con el aval de haber logrado récord de asistencia en la Tate de Londres.

Sin embargo, en aquella no pudo estar la obra del artista francés que fue el detonante de esta exposición: el espectacular recorte “La piscina”, propiedad del museo neoyorquino, que no pudo ser trasladado a la capital británica por su extrema fragilidad.

Esta obra, realizada en 1952 y 1953 y propiedad del MoMA desde 1975, resume el espíritu de Matisse (1869-1954) en una época en la que en vez de abocarse a lo crepuscular, dio un canto del cisne que fue un nuevo género en sí mismo y que le reafirmó como el artista más influyente del siglo XX junto a Pablo Picasso.

Al no poder pintar, se puso a recortar papeles previamente coloreados con gouache. Y al no poder nadar, creó en su salón una piscina llena de nadadores con esos mismos recortes en azul marino. Todo, eso sí, junto a un equipo de asistentes a los que imponía su mismo ritmo de trabajo de insomne obsesivo, 7 días a la semana.

Los comisarios de esta exposición, Jodi Hauptman y Karl Buchberg, reconocieron al presentar hoy la exposición que tuvieron que “zambullirse” en esa piscina primero para restaurarla (en un proceso que empezó en 2008) y segundo para encontrar el hilo narrativo de la muestra.

“La gran pregunta que afrontábamos era si los recortes fueron un cambio radical para Matisse o una continuación de su ilustre carrera”, expresó Hauptman, quien recordó que, en las postrimerías de su existencia, el artista confesó haberse dedicado “toda la vida a una sola cosa”.

El recorte no dejaba de ser, no en vano, culminación del mismo uso del color plano y aleatorio y la erradicación de la línea, por su carácter geométrico y artificial, que había perseguido ya en el género del que había sido adalid recién estrenado el siglo XX, el fauvismo.

Pero hasta llegar a esa culminación de “La piscina”, la exposición traza un espectacular recorrido sobre esa técnica “que empezó en una escala modesta pero pronto reveló su capacidad de expansión”.

De ilustraciones para publicaciones de jazz en los años 30 a la explosión cromática del mural “El periquito y la sirena” o de las vidrieras de la capilla de El Rosario en Vence, en el sur de Francia (para la que contó con monjas como asistentes), las posibilidades pasaron de mínimas a monumentales.

La exposición también reserva un espacio estelar a la serie de desnudos azules, con los que exploró las posibilidades volumétricas de solo dos colores (azul sobre blanco) y que nunca hasta ahora se habían visto en su totalidad en una misma muestra.

Los organizadores, además de enlazar obras de primera calidad, miraron al taller de Matisse para resumir el espíritu “flexible y cambiante” de este género, pues los trozos de papel podían ser recolocados en cualquier momento sin borrones, como sucedía en la pintura, aunque con la preocupación constante del pintor por la conservación de este arte con tendencia efímera.

Según Buchberg, Matisse “estaba preocupado por cómo trataría el tiempo a su obra, literalmente”, y, aunque tenía la certeza de que esta técnica llegaría a ser relevante en el futuro, no tenía tan claro que sus obras aguantaran bien el paso de los años.

Para el también conservador del MoMA, quizá el gran mérito de esta exposición y de su trabajo de años con tan delicadas obras es conseguir el espejismo de que los recortes recuperen el color y el estado originales.

“Para mí una de las revelaciones a la hora de preparar esta exposición ha sido el hecho de que Matisse usaba colores planos pero con una paleta infinita. Hay en sus recortes hasta 17 tipos distintos de naranja y ahora van a poder ser admirados en todo su esplendor”, concluyó. EFE